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Editorial / 29 de octubre de 2012

El ocaso sin final

Uno tiene 86; el otro, 74. Esas edades indicarían que las letras de oro de sus respectivas historias se terminaron de fraguar en el siglo XX, que fue caracterizado por el historiador británico Eric Hobsbawm como el “siglo corto”, cuya duración política iría desde 1914 hasta 1991.

Si hubiera que inventariar los liderazgos en ese período, Fidel Castro y el rey Juan Carlos de España calificarían en la lista. Ninguno de los dos se apoyaron en la voz de las urnas para mantener su don de mando. Fidel se eternizó en nombre de la revolución; Juan Carlos, en nombre de la monarquía.

Ambos zafaron de intentos de atentados planificados por enemigos insistentes y fanáticos. Pero hoy, los grandes adversarios de los que escapan son la mala salud y el ocaso de la imagen de sus modelos de poder. Aunque el castrismo sigue aferrando con firmeza las riendas de Cuba, la isla está cada vez más poblada por voces disidentes como la de Yoani Sánchez, la bloguera y tuitera que suma “followers” reclamando más apertura, más libertad.

En tanto, Juan Carlos lucha con su instinto de monarca voraz –famoso y ahora criticado por sus “1.500 amantes”–, para asumir con hidalguía la retirada de la monarquía europea, en medio de una crisis financiera que ya no tolera los caprichos aristocráticos pagados con fondos públicos. Para ambos caudillos, tal como explican las notas de Internacionales y Costumbres de NOTICIAS, soplan los vientos del final.

Sin embargo, el turbulento capitalismo del siglo XXI puede darles una última chance de reivindicación. Luego del crack del neoliberalismo noventista, América latina coquetea con democracias donde las mayorías electorales sirven para justificar el desmantelamiento del resto de las “formalidades” del Estado de Derecho: el revisionismo bolivariano reivindica a Fidel sin matices. Y en España, el sistema bipartidista y autonómico tiembla ante la ira de “los indignados”: como sucedió en la transición española, el rey podría volver a ser la última carta de unidad de la península. Ironías de la Historia.