Política / 27 de agosto de 2015

Daniel Scioli, el candidato vigilado

Se quejó ante el Gobierno porque la ex SIDE lo espía. El rol de Granados y la Bonaerense. Los otros blancos: su hermano y Karina.

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scioli espiado
RODEADO. Scioli junto a la Presidenta y Carlos Zannini, su compañero de fórmula ultra K. Exigió que dejen de vigilarlo.

Ocurrió hace un mes, pero nadie lo hizo público hasta ahora. Ni Daniel Scioli, el damnificado, ni los funcionarios del Gobierno que impulsaron el espionaje en su contra, incluida la propia Presidenta.
La cuestión es que Scioli, por primera vez, tuvo evidencias concretas de ese seguimiento ilegal en los últimos días de julio, e hizo lo que nunca antes: se quejó ante la jefa. Lo hizo por dos vías. Él mismo le planteó el serio problema a su compañero de fórmula, el ultrakirchnerista secretario legal y técnico Carlos Zannini. Y en paralelo, el hermano del candidato, José “Pepe” Scioli, habló con el influyente camporista Eduardo “Wado” De Pedro. Tanto Zannini como De Pedro son hombres de consulta permanente de Cristina Fernández, así que la queja llegó a destino, pero el candidato aún está a la espera de una respuesta convincente que a cuatro semanas del desagradable episodio sigue sin aparecer.
¿Qué llevó a Scioli a tensar la relación con el mismo Gobierno que hoy apoya su candidatura, pero que siempre le desconfió? ¿Qué buscan los agentes de la ex SIDE encargados de vigilarlo?
La trama. Quienes relataron a NOTICIAS los pormenores del entredicho entre la jefa y su delfín son cinco calificadas fuentes de uno y otro lado: un empresario amigo de Scioli, dos allegados a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) –la ex Secretaría de Inteligencia–, un agente en actividad y un funcionario de la gobernación bonaerense. La gravedad del caso los llevó a hablar con la condición de que no se revelen sus identidades. Todos los consultados coinciden en cuál fue la génesis del escándalo, una alerta que Scioli recibió de su ministro de Seguridad, Alejandro “El Sheriff” Granados. Al parecer, el funcionario había sido notificado por la Policía Bonaerense –a su cargo– de que los espías del Gobierno vigilan al gobernador, y de inmediato transmitió la novedad.
La Bonaerense, que cuenta con expertos en contrainteligencia, habría llegado a la conclusión de que fueron intervenidos en forma ilegal los teléfonos y las computadoras de Scioli, y que el espionaje se aplicó también sobre su pareja, Karina Rabolini, y su hermano “Pepe”, el mismo que habló con “Wado” De Pedro.
Por primera vez, coinciden en su entorno, Scioli dio una muestra de carácter ante el Gobierno al elevar su queja a Cristina. Pero la primera respuesta que obtuvieron de parte de Zannini y De Pedro no los conformó. La califican irónicamente de “Gran Bonete”, aquel viejo juego infantil que inmortalizó la frase: “¿Yo, señor? No, señor”. Dice un empresario cercano a Scioli: “Esto al menos sirvió para marcarle la cancha al kirchnerismo, que sepan que Daniel sabe. Hacer seguir al candidato de tu propio espacio es un poco demasiado, ¿no?”. De parte de la Presidenta, coinciden las fuentes, el delfín por ahora no obtuvo ninguna explicación.
Al contrario, ella se encargó de hacerle sentir una corriente de frío después de que Scioli exteriorizara su disgusto por el espionaje al que lo someten. Tras la victoria del candidato en las PASO, Cristina dejó pasar once días hasta recibirlo. También aprovechó su inoportuno viaje a Roma para criticarlo por las inundaciones en su provincia, y para ningunear al delfín le dio espacio de sobra en cuanto acto hubo a Aníbal Fernández, el candidato a gobernador del kirchnerismo. Por esas casualidades, Aníbal acusa al otro bigotudo de esta trama, Granados, de haber jugado en su contra en la interna K al apoyar a Julián Domínguez.
Ahora que se saben descubiertos, los espías K se hacen preguntas conspirativas sobre el reciente viaje de Scioli a Italia. El candidato explicó que se iba por razones médicas –los dolores de su muñón– y para recuperarse del estrés de la campaña, pero en la ex SIDE dicen ver otro motivo: en voz baja hablan de cuentas desprolijas y de supuestos arreglos de último momento en Roma por unos campos en Tandil y Balcarce que no figuran a su nombre, sino que en los papeles pertenecían a un fallecido empresario italiano, amigo de Scioli. Rastrean en la contabilidad del candidato. Y buscan material para poder presionarlo en caso de que, una vez convertido en presidente, decida despegarse del kirchnerismo.
Otro viaje de diciembre pasado ya sirvió de botón de muestra de cómo operan los agentes. Fue un vuelo en un avión privado a Miami, compartido por Scioli, Karina Rabolini y un amigo del gobernador, el empresario Lautaro Mauro, también cercano a Marcelo Tinelli. Cuando los viajeros aterrizaron, una cámara captó cómo los tres descendían de la nave, otra filmó cómo ingresaban al aeropuerto y pasaban por Migraciones –donde las cámaras están prohibidas– y una tercera reprodujo el momento en que salían a abordar un lujoso auto. La cara de Scioli cuando divisó al último de los anónimos que lo filmaban era de genuino desconcierto. Rabolini también se dio cuenta de que algo andaba mal. Y lo confirmaron horas después, cuando un video de casi dos minutos que registraba el extraño momento fue subido a las redes sociales por un usuario ficticio, un tal José González, y llegó a los noticieros. El daño estaba hecho.
Scioli debió dar explicaciones por ese video. El avión privado no era suyo, sino del empresario Gustavo Carmona, anteriormente implicado en la causa de las dádivas que recibió el ex secretario de Transporte kirchnerista, Ricardo Jaime. El auto que abordaron tampoco estaba a su nombre, sino que se explicó que era de “un fotógrafo amigo”. Y el vuelo, que cuesta entre 75.000 y 150.000 dólares según los valores del mercado, él lo pagó 400.000 pesos, una cifra ostensiblemente menor. Carmona, el dueño de la aeronave, por su parte dijo que le cobró 38.000 dólares al gobernador, luego se corrigió y elevó la suma a 40.000 y finalmente, un día después, redondeó en 47.000. Su versión se iba actualizando para coincidir con la de Scioli.
El candidato enfureció por tener que dar explicaciones por ese episodio en vez de reclamarlas a quienes habían ordenado el escrache. Estaba convencido de que detrás de todo estaba la ex SIDE, pero aún no tenía las certezas con las que cuenta hoy.
Bajo vigilancia. Dentro de la ex Secretaría de Inteligencia señalan a uno de los directores del organismo, Fernando Pocino, como el encargado del seguimiento a Scioli. Tras la partida del satanizado “Jaime” Stiuso y la renuncia forzada del general César Milani, Pocino –de línea directa con la Presidenta– es el gran sobreviviente en el submundo de la Inteligencia kirchnerista. Su jefe formal es Oscar Parrilli, apodado “Larry” por los agentes debido a su parecido con el personaje de “Los tres chiflados”. Pero Cristina ya no confía tanto en él, sobre todo desde que “Larry” comentó que pretendía seguir en un futuro gobierno de Scioli. El mismo problema tuvo Milani, que pasó de preferido a despedido cuando la jefa tuvo la confirmación de que también el militar se había acercado a Scioli, y que hasta lo asesoraba en cuestiones de seguridad. Quien le entregó esas evidencias a Cristina fue Pocino, el mismo que hoy sigue vigilando al gobernador.
Aparte de lo que habla, escribe, gasta o compra Scioli, los espías K también se interesan en Rabolini y en “Pepe”, su hermano. El ex presidente Néstor Kirchner fue el primero en poner la mira en el hermano cuando comprobó que su mano estaba detrás de varios de los principales presupuestos de la provincia. Su reputación de presunto recaudador del gobernador se la debe, en buena medida, a los malintencionados comentarios de los Kirchner y su círculo de confianza, abastecidos por los datos de la ex SIDE.
Para peor, cuando “Pepe” Scioli se alejó de la gobernación para acompañar a Francisco de Narváez en su a veces exitosa aventura antikirchnerista, el ex presidente estalló. No creyó en la versión de una supuesta pelea entre hermanos, sino que vio en ese salto un “plan B” del propio Scioli: si el kirchnerismo no lo cobijaba, el gobernador exploraría otras alternativas para ser candidato, y “Pepe” sería su punta de lanza para eso. El periodista Horacio Verbitsky, el preferido del Gobierno, decía tener comprobado que “Pepe” operaba para las ambiciones de su hermano aun cuando formalmente trabajaba para un opositor furioso como De Narváez. Ahora “Pepe” volvió al sciolismo, lo cual le da sustento a la hipótesis.
¿Y el espionaje a Karina? La primera dama bonaerense está en la mira porque, como explican los espías, las mujeres son menos cuidadosas cuando hablan por teléfono y suelen exteriorizar sus broncas. La propia Rabolini les ha dicho a periodistas de su confianza que la alarman los ruidos en la línea, y no sólo cuando habla con Scioli. Hay una razón adicional para seguirla: los agentes de Inteligencia son expertos en chantajear a sus víctimas con la divulgación de sus intimidades de pareja. Suponen que la vida privada del candidato podría proporcionarles material útil para mantenerlo alineado.
El gobernador ya no confía en nadie. Sus asesores en materia de seguridad le explican que ni sus custodios son una garantía, porque los generosos fondos reservados de la ex SIDE se especializan en “doblarlos”, como llaman los agentes al acto de comprar una voluntad. La muerte del fiscal Alberto Nisman, abandonado a su suerte por su equipo de guardaespaldas a sueldo del Estado, asoma como una prueba inquietante.
Los teléfonos del anterior gobernador bonaerense, Felipe Solá, estaban protegidos por el experto en informática y contrainteligencia Ariel Garbarz, gracias a un convenio de la provincia con la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Recuerda hoy Garbarz: “Cuando llegó Scioli desarmaron todo por recomendación de la Policía Bonaerense, porque el software nuestro no sólo protegía las líneas telefónicas, sino que mostraba en cuatro computadoras la ubicación geográfica de cada comisario y agente de rango superior las 24 horas. Eso a la Bonaerense le pareció una intromisión, y el ministro de Seguridad de Scioli, Carlos Stornelli, cedió a la presión. Desde entonces no están protegidos, al menos no por la UTN. El que nos comunicó la decisión fue ‘Pepe’ Scioli”. Garbarz no se explica que el gobernador y su hermano hayan seguido la interesada sugerencia de la Bonaerense.
Hay un antecedente del espionaje a Scioli, revelado por esta revista en enero del 2006, cuando él aún era vicepresidente de Kirchner. Por entonces, Cristina acusó al ex motonauta de armar “operaciones de prensa” en su contra en el Senado, el espacio en el que ambos forzosamente convivían. Lo que se descubrió es que, para llegar a esa conclusión, la primera dama había leído la desgrabación de conversaciones telefónicas de Scioli que fueron efectuadas por la Secretaría de Inteligencia. En ese momento, como ahora, él intentó minimizar el asunto en público. Su candoroso mensaje on the record siempre fue el mismo: “A mí no tiene sentido espiarme porque digo lo mismo en privado que en público”. Tampoco esta vez hablará del trabajo de la ex SIDE ante un grabador, aunque en privado le haya manifestado su queja al Gobierno. Su ministro Granados, consultado para esta nota, tampoco reconoció en público el espionaje.
La convivencia. Si las fricciones entre el candidato y la Presidenta ya se colaron en la campaña, lo cierto es que sólo pueden recrudecer si él asume el poder. Sciolistas y kirchneristas velan armas para después de las elecciones de octubre y el eventual ballottage de noviembre. En diciembre, si Scioli gana, el enfrentamiento aumentará de temperatura. Al lado del gobernador imaginan este escenario ideal: para marzo, avisan, cuando inaugure sus sesiones el Congreso, el eventual nuevo jefe pedirá que todos, propios y kirchneristas, se disciplinen y sigan su agenda legislativa. Si hay resistencia, aprovechará la oportunidad para profundizar el conflicto y desembarazarse del yugo K.
Suena extraña tanta valentía en boca de los operadores de Scioli, quien sufrió humillación tras humillación a lo largo de toda la era K. Sin embargo, algo avala esa apuesta. Por primera vez, dicen los sciolistas, tendrán la Caja nacional en sus manos, la misma con la que el kirchnerismo los obligó a postrarse tantas veces en los últimos años.
Y no sólo la Caja, sino también los “fierros”, como llaman en la jerga de los agentes a la maquinaria de fuerzas de seguridad y tecnología que incluye, por supuesto, a la ex SIDE. En enero, cuando el organismo de los espías estaba en la mira por la muerte de Nisman, Scioli ya avisó: “Hay que repensar las estructuras, el funcionamiento, como se viene haciendo en muchas áreas del Estado”.
Scioli tiene planes para la ex Secretaría de Inteligencia. Para empezar, que no lo sigan espiando.

*Editor de Política de NOTICIAS.