Opinión / 22 de mayo de 2016

La gran Kirchner: pelearse con Bergoglio

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Néstor y Cristina proyectaron sobre la figura de Jorge Bergoglio las sombras de la brutal represión setentista y lo usaron para engrosar el bando de “los malos”, tan redituable para su estrategia de poder. En lugar del entonces Arzobispo porteño podrían haber elegido a su par platense, Héctor Aguer, sin dudas mucho más representativo de la “derecha” eclesiástica. Pero Bergoglio parecía ser un “enemigo” más conveniente: “vivía” enfrente de la Casa Rosada, lo cual (acaso del mismo modo que el otro gran vecino de la Plaza de Mayo, Mauricio Macri) le otorgaba mayor visibilidad mediática para la pelea. Faltar a los Tedeums siempre es noticia.
Tampoco en este punto los K inventaron nada. Pelearse con la Iglesia ha sido un gran negocio político para los gobernantes civiles, desde Juan Domingo Perón a la fecha. Todos tuvieron sus momentos de tensión en dos frentes: el meneo de las cifras sociales por parte de los obispos y los reclamos presupuestarios de aquéllos al Estado.
Al kirchnerismo le surgió un problemón cuando Bergoglio pasó a ser Francisco. Primero se quejaron de la nominación y poco después, al ver el crecimiento internacional y nacional de su figura, quemaron los manuales y se le abalanzaron en un abrazo. La contradicción hizo que los opositores se mostraran, tantas veces, más papistas que el Papa, con Elisa Carrió a la cabeza.
Ahora es Macri quien choca con el pontífice argentino. Y Carrió, su sorpresiva escudera estrella también en ese flanco de combate. Al Presidente se le presenta un cuadro inquietante. Su política económica inicial golpeó fuerte en el sector más humilde de la sociedad, principal “clientela” de una institución que viene queriendo (de la mano de Francisco) recuperar predicamento a escala global. Es la misma base social clásica del peronismo, que maneja el Congreso y gran parte de los territorios provinciales, incluidas las intendencias bonaerenses más populares.
La austeridad doctrinaria católica tiene más que ver con el discurso justicialista que con el economicismo macrista. Pero la discusión en el poder jamás es económica. Es por los votos, los fieles y las audiencias.

*Jefe de redacción de  NOTICIAS