Opinión / 1 de marzo de 2017

Macri mostró los dientes en el Congreso (y sin caries)

El eje del mensaje presidencial en el Congreso fue la necesidad de mantener viva la grieta cultural con el kirchnerismo, en el arranque del año electoral.

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El Presidente Mauricio Macri inaugura las sesiones del Congreso
El Presidente Mauricio Macri inaugura las sesiones del Congreso

Aunque el periodismo macrista había anticipado que el Presidente no apelaría al recurso retórico de “la herencia recibida” para justificar las deudas de su gestión, el segundo discurso de apertura de sesiones parlamentarias estuvo más enfocado en La Grieta que el mensaje inaugural del año pasado. A eso se le agrega el cachetazo verbal al gremialista docente Baradel, y hasta el chiste fastidiado de Mauricio Macri a los fotógrafos que -según bromeó- le buscaban caries en su estudiada sonrisa. El chiste presidencial resultó bien Freudiano: el ánimo macrista era el de mostrar los dientes, en un año electoral tan clave como incierto.
La sorpresa temática no es tal. Por un lado, siempre aparece el mantra oficialista de un estilo de conducción relajado, no confrontativo, de diálogo zen. Pero al mismo tiempo, se nota más que nunca la necesidad de mantener viva la pulseada cultural con el kirchnerismo, para ganar tiempo hasta que se concrete la tan repetida promesa de la recuperación económica del país. Las encuestas le marcan a los gurúes del marketing PRO que el fantasma de Cristina sigue siendo el mejor blindaje contra la decepción social con la gestión de Macri. Y los autores del discurso que leyó el Presidente tomaron nota.
Hasta ahí todo cierra en la estrategia gubernamental. La turbulencia aparece cuando el relato oficial entra en la zona de denunciar la corrupción kirchnerista: es cierto que señalar a los chorros de la década robada sigue midiendo bien en la audiencia de Cambiemos, pero también es claro que el capítulo transparencia empieza a volverse peligroso para la imagen PRO. Hay que recordar que, durante la campaña presidencial, el macrismo había logrado instalar con éxito la ingenua noción de que con un presidente rico las arcas públicas no corrían tanto peligro como con una clase política menos acaudalada. Sin embargo, con el correr de los meses de gestión, quedó expuesto el gran conflicto de intereses que implica el desembarco de un clan millonario en la Casa Rosada. Por eso el discurso presidencial de apertura de sesiones parlamentarias tuvo que detenerse en este delicado punto para prometer nuevos modales de transparencia que, en un país ideal, debieron haberse discutido durante la campaña electoral del 2015, y no ahora, con el cáncer del conflicto de intereses haciendo su primera metástasis.
Ahora ya es tarde para tanta prolijidad estratégica. En pleno año electoral, el Gobierno ya está lanzado al golpe por golpe con el kirchnerismo, el enemigo con el que al parecer le conviene polarizar, para neutralizar cualquier otra alternativa peronista que pretenda disputar el terreno electoral bonaerense. Y la corrupción -con el respectivo desfile de funcionarios y ex funcionarios por Comodoro Py- es el cuadrilátero de combate inevitable: al macrismo le conviene acusar a los K, y al kirchnerismo le sirve denunciar al macrismo para embarrar a todos en el mismo charco. Para más enchastre, el propio Presidente en su discurso metió en la bolsa de la sospecha a los empresarios -la otra cara de la coima-, en una jugada copiada de Cristina, lo cual confirma una vez más la paradójica convergencia entre los relatos K y M.
¿Traerá esta coyuntura más transparencia institucional? ¿O sellará aún más la “omertá”, el pacto de silencio entre culpables de todos los bandos? Todo depende de si el tan esperado “segundo semestre” económico finalmente sucede en 2017, o si la reactivación se demora al infinito y más allá, hacia el lejano largo plazo donde, como ironizaba Keynes, estaremos todos muertos.

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