Política / 19 de octubre de 2017

Traición en el conurbano: Cristina a punto de estallar

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“Ya saben que soy una cinéfila”, afirmó Cristina Kirchner el martes 10 en el Instituto Patria cuando, después de mucho tiempo, volvió a brindar una conferencia de prensa.

Esa frase y esa estrategia reflejan el presente de la nueva CFK. Desde su entorno confiesan a NOTICIAS que cada vez está más fanática de Netflix y que ya no lee los diarios como antes. Mucho menos ve televisión. En todos lados ve una operación, una conspiración. Lee entre líneas e identifica intereses. Enfureció con los intendentes, con políticos aliados que hacen la plancha y con los números que la dan abajo en las encuestas.

Poco importa que los radicales que integran su círculo, entre los que se destaca Leopoldo Moreau, vocero inesperado de Unidad Ciudadana, la convenzan de que su caso es una reversión trágica de los últimos años del ex Presidente Hipólito Yrigoyen, que fue hostigado por una parte del establishment local hasta que dejó el poder e incluso después. Aunque ella acepta, y hasta fantasea, con las semejanzas con el difunto radical, sus problemas están en el presente. Y no son pocos.

Rekalculando. En el cristinismo se viven momentos de incertidumbre. “Cambió su situación institucional, antes era presidenta. Ahora, como jefa de la oposición, es lógico que se muestre de otra manera y que adopte una línea distinta para los últimos días de su campaña”, explican en el comando de Unidad Ciudadana en referencia a los giros en su estrategia electoral. Desde que dejó el poder, la figura de CFK apareció de formas oscilantes: de la líder omnipotente que mostró ser en sus ocho años en la cúpula del Ejecutivo pasó a casi un año entero en el ostracismo en el Sur. Cuando los tiempos electorales –y las críticas hacia ella– empezaban a apremiar volvió, pero casi como burla. Desde que comenzó su campaña, a principios de junio, hasta los días posteriores a las PASO, las escenas del nuevo kirchnerismo fueron muy originales, e incluyeron un novedoso armado con un círculo como escenario en el acto de Arsenal, el énfasis en la gente de a pie, y de clase media, y un discurso light y con poco contenido político. O sea, nada de lo que había hecho CFK en el pasado.

Pero el magro quinto de punto que le sacó a Esteban Bullrich, el candidato PRO en Buenos Aires, obligó a replantear la situación. Aunque ante periodistas definen la victoria en las PASO como “una gran hazaña”, desde el Instituto Patria –donde se maneja la campaña a mano de hierro– admiten en privado que había que cambiar la estrategia antes de que se hiciera demasiado tarde. Por eso, de agosto a esta parte, CFK pateó como nunca la Provincia –para el final de la campaña habrá recorrido todas las localidades de la primera y la tercera sección electoral, su bastión de votos–, dio, hasta el cierre de esta edición, seis entrevistas, algo que jamás había hecho antes, y recuperó parte de su discurso contestatario y provocador. Sus laderos afirman que la intención del giro es buscar el voto joven, de entre 16 y 18 años, y captar a los que eligieron a Randazzo, a Pino Solanas, a Víctor de Gennaro e incluso al FIT. En la búsqueda de los puntos hasta apareció, sin avisar y para sorpresa de los organizadores, en la misa que Fernando Maletti, el obispo de Merlo, dio al mes de la desaparición de Santiago Maldonado. Nada sobra.

En la desesperación también apostó a dar una conferencia de prensa, donde tildó al Presidente de “éste”. Esta herramienta inesperada para CFK tiene una doble estrategia: por un lado se codea más con los medios, con la idea de tener una mejor relación con la prensa que la que tuvo durante su gobierno. Por otro, busca mostrarse más abierta y así sumar algunos votos de los electores menos convencidos. “Si no funciona, va a quedar demostrado que teníamos razón y que los medios no mueven el amperímetro”, afirma un dirigente K que visita con frecuencia el Instituto Patria.

“Llegamos a 34% sin aparecer en ningún lado”, remata. La consultora filo K Analogías, antes propiedad de Analía Del Franco y hoy en manos del experto en informática Pablo Mandía, le envió un informe a la ex presidenta en el que afirma que para ganar necesita sumar 4% con relación a la elección pasada. Sin embargo, esos números no estarían reflejándose en las encuestas que recibe ella y mucho menos en las que se van haciendo públicas a dos semanas de los comicios. Poliarquía le da 35 puntos, mientras que Management & Fit dice que cayó hasta 29. Opina Argentina le da 36 puntos y la medidora online Opinaia llega hasta los 38, pero este tipo de encuestas no contempla el voto en blanco que puede variar entre 3 y 5 puntos. Este tipo de mediciones son letales para Cristina Kirchner, quien tiene el discurso más apocalíptico de la oposición, y denuncia fraude en cada ocasión que se le presenta, quizás adelantando lo que piensa que puede ser un mal resultado electoral.

Sin embargo, la mayor novedad dentro del armado K no vino por ahí. La performance agridulce de Cristina en las PASO la empujó a los brazos de quienes jamás reconoció cuando estaba en el Gobierno: los intendentes de la Provincia. Y, se sabe, las lealtades de los caciques bonaerenses duran tanto como lo que dura el poder de su líder. Ni un solo voto más… o menos.

¿Tu también, Bruto? “El intendente no es de nadie: es de sí mismo, y siempre va a cuidar su quinta, esté Macri o Néstor en la Rosada”, dice alguien del círculo K que desconfía de los mandatarios locales. La distancia con los caciques, a los que CFK les dio un lugar trascendental desde las PASO, parece justificada.

A Cristina, por ahora, le responden 11 de los 24 intendentes de la primera sección electoral y 10 de los 19 de la tercera. En la primera zona sacó 1.061.800 votos, y en la otra 1.287.375. Entre ambas consiguió 2.350.000 de los 3.229.000 votos que sacó, o sea, casi dos tercios del total de sus electores. El mantenimiento de este impresionante armado, del que se encarga en persona Máximo, es clave para CFK. Tanto, que hizo algo que nadie hubiera imaginado cuando era la mandamás del Ejecutivo: el domingo 8 de este mes se reunió en la quinta de Ariel Sujarchuk, el intendente de Escobar, junto a 15 caciques más. El infaltable asado estuvo acompañado de una bajada de línea de la líder de Unidad Ciudadana –“hay que fiscalizar y revisar cada voto”, les dijo, a tono con la preocupación que expresó su espacio en cada aparición pública–, donde se la vio de buen humor y hasta predispuesta para escuchar. Sin embargo, lo novedoso fue que no hubiera un reto público, algo que hubiera caracterizado a la CFK con poder del pasado, a Menéndez (Merlo), Nardini (Malvinas Argentinas) y Magiotti (Navarro), quienes habían tenido una reunión, días antes, con Pichetto, líder de la bancada del PJ en el Senado y enemigo público K. La foto de todos ellos juntos, a semanas de las elecciones, cayó pésimo en el círculo de CFK y el de los intendentes leales, sobre todo porque fueron los tres caciques quienes pidieron la reunión con quien no habían tenido ningún contacto formal en todo el año. La furia fue in crescendo cuando comenzó a circular la información de que en esa juntada se había hablado del futuro del peronismo, con el senador que mejor relación mantiene con los gobernadores de ese movimiento, quienes no toleran a CFK y añoran verla caer en octubre. No son los únicos: cerca de Pichetto todavía se mastica la bronca por la derrota que sufrió como candidato a gobernador de Río Negro en el 2015, en la que sienten que Cristina les soltó la mano. La historia, si el senador hubiese ganado y estuviera alejado en el Sur, sería distinta. Ahora el único mandatario provincial que promete ofrecerse como alternativa para el 2019 es el salteño Juan Manuel Urtubey. “Tiene interés en competir”, dicen los voceros del esposo de Isabel Macedo.
Los tres intendentes que se juntaron con Pichetto no son los únicos que despiertan suspicacias (ver recuadro), y tampoco representan el único problema. La veintena de mandatarios locales del interior profundo que se mantiene leal a CFK, y que tienen como referente a Francisco Durañona, de San Antonio de Areco, mastican bronca por la “conurbanización” de las elecciones, y se sienten relegados a un segundo plano en la campaña. Desde el Instituto Patria hay desconfianza para todos lados: muchos todavía recuerdan las elecciones del 2005 para senador por Buenos Aires, cuando se enfrentaron “Chiche” Duhalde con CFK, y los intendentes, leales en los papeles a la esposa de su patrón, repartían por debajo de la mesa la boleta de la futura presidenta, que ya se sabía ganadora. Aunque ahora el escenario es distinto, los intendentes menos alineados admiten en la intimidad que van a quedar abajo en las elecciones “por dos o tres puntos”. ¿Y si eso ocurre? “Todos pensamos que puede darse uno u otro resultado, y un intendente siempre tiene que estar preparado para el plan A o el B. Decir que no se habla de que Cristina pueda perder sería mentir”, dice en estricto off uno de los intendentes K. Son los sospechosos de siempre.

 

El que ríe último. Las desgracias en el otro frente son seguidas de cerca por el Gobierno. Los macristas se muestran confiados para octubre –los más optimistas hasta dicen que Bullrich ganará por cinco puntos, y que llegarán al 40% a nivel nacional–, sueñan con “el fin del kirchnerismo” el día 23, y auguran la instauración de un ciclo político PRO a largo plazo (ver página 36). Sin embargo, la mesa chica amarilla mira con cautela todo esto: saben que lo mejor para el 2019 es que CFK “pierda por poco” ahora para mantener al peronismo dividido. “No nos obsesiona Cristina: el país es mucho más que un pedazo de Buenos Aires”, dicen con tono de chicana.
El intrincado ajedrez entre CFK y el macrismo sigue su curso. Algo es seguro: la reina está en jaque.