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Mundo / 3 de abril de 2018

Gran Bretaña vs. Rusia: ¿Otra guerra fría?

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Rusia, sobre todo con Putin en estas dos décadas, ha reemergido como un Estado donde su comunidad de inteligencia (FSB, GRU, etc.) ocupa un rol central. Pero difícilmente pueda creerse en la posibilidad de un atentado como el denunciado por Gran Bretaña, a plena luz del día, contra el ex doble agente Skripal y su hija, en Salisbury. Pondría en evidencia no sólo una falta grave contra el propio profesionalismo del FSB o del GRU, como es de suponer, y sería políticamente inoportuno, dado el triunfo arrasador de Putin el pasado domingo 18, además de arriesgar de modo innecesario, un mayor aislamiento de Moscú, ya hostigado por las sanciones occidentales.

Tal como lo denunciara la Premier británica Theresa May, la presencia del gas letal Novichok, que se fabricaba en la ex URSS y cuyos laboratorios fueran desmantelados por la Rusia postsoviética de Yeltsin, con Gran Bretaña y Estados Unidos como garante, no es prueba suficiente para incriminar a Rusia, que por otra parte, ofreció colaboración inmediata en el esclarecimiento del envenamiento, a sabiendas que se le acusaría políticamente. Y resulta claro el interés de mucho sectores occidentales –y de inteligencia inglesa- en usar a la Rusia de Putin, como “chivo expiatorio” de la inestabilidad mundial.

El Novichok bien podría ser producido a esta altura en Medio Oriente pero también en la propia Gran Bretaña, incluso a cargo del mismo MI6. Este podría haber tramado todo, de tal manera de desarmar definitivamente ante los ojos de las sociedades occidentales, la -ya precaria- cooperación entre Putin y Trump, acusando y desprestigiando a Rusia, rememorando el caso Litvinenko.

Desde los noventa, se habla de “Londongrado”: barrios londinenses enteros con oligarcas rusos que hegemonizan la City, “lavan dinero” y juegan al espionaje con cierta sintonía con Downing Street. Tampoco puede obviarse el desprestigio del elenco británico responsable del Brexit: la dupla May-Johnson (rusofóbico por excelencia), está empeñada, con un discurso nacionalista que recuerda a “la pérfida Albión”, a reagitar las banderas proaliadas de la Guerra Fría, y de tal manera presionar a Washington –y Trump- a romper lazos con los soviéticos.

 

*Profesor de Política Internacional y especialista del CARI en Rusia.

 

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