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Opinión / 12 de abril de 2018

La pelea del siglo

A diferencia de sus antecesores en la Casa Blanca, Barack Obama y George W. Bush, Donald Trump no está dispuesto a asumir una postura pasiva frente a China.

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Nunca les es fácil a los guardianes del statu quo internacional de turno encontrar un lugar para una nueva potencia, sobre todo si se trata de una que podría estar en condiciones de asumir un papel protagónico. Los preocupados por la irrupción de China recuerdan lo que sucedió cuando, después de casi un siglo de supremacía, los británicos tuvieron que hacer frente al desafío cultural, económico y, desde luego, militar, planteado por el Imperio alemán guiado por Bismarck. Aunque lograron derrotar al rival, perdió para siempre su propia supremacía.

Puede que los norteamericanos, herederos ellos de la hegemonía antes ejercida por sus “primos” británicos, resulten ser incapaces de manejar los cambios provocados por la transformación rapidísima de China en una gran potencia comercial con aspiraciones estratégicas que son incompatibles con el orden que ha regido desde 1945. Por lo demás, no sorprendería que los chinos mismos se impacientaran, ya que, por motivos demográficos, el tiempo no corre a su favor, lo que entrañaría el riesgo de enfrentamientos tan brutales como los ocasionados por los intentos de los alemanes de apoderarse de “un lugar al sol”.

A diferencia de sus antecesores en la Casa Blanca, Barack Obama y George W. Bush, Donald Trump no está dispuesto a asumir una postura pasiva frente a China. Insiste en que Pekín está detrás de casi todos los perjuicios económicos y sociales sufridos por el “cinturón oxidado” estadounidense, las zonas antes industriales que fueron devastadas por el cierre de fábricas que habían suministrado centenares de miles de empleos bien remunerados a trabajadores que no conseguirían adaptarse a las exigencias de una economía moderna.

Fue en buena medida gracias a los votos de los descolocados de por vida por la competencia de China que Trump obtuvo los votos que le permitieron vencer a Hillary Clinton en las elecciones de noviembre de 2016. En campaña, prometió una y otra vez eliminar las ventajas a su entender escandalosas que habían disfrutado los chinos, culpables, según él, de mofarse de las reglas de comercio internacionales y de robar un sinfín de secretos tecnológicos.

Para alarma de los muchos que prevén que la guerra comercial que acaba de desatar tenga consecuencias nefastas para la economía mundial, Trump parece resuelto a honrar sus palabras, de ahí los aranceles sobre una multitud de bienes de todo tipo. Como no pudo ser de otra manera, los chinos han reaccionado del mismo modo, concentrándose por ahora en los productos agrícolas que importan desde Estados Unidos con la esperanza de privar así a Trump de votos en los estados del medio oeste en las elecciones venideras.

El norteamericano confía en que, por ser tan grande y tan avanzado en términos tecnológicos su propio país, ganaría con facilidad cualquier guerra comercial, pero, como le han advertido muchos republicanos, las cosas no son tan sencillas como parece creer. Hoy en día, las distintas economías están tan entrelazadas que a menudo las medidas punitorias resultan ser contraproducentes. Aunque es innegable que los chinos han contribuido a las penurias de una franja de la clase obrera norteamericana, también la han beneficiado al ayudar a frenar al aumento del costo de vida inundando los almacenes de bienes baratos. A Trump, cuyas acciones personales han subido en las semanas últimas, no le convendría en absoluto que los consumidores de su país pronto se vieran constreñidos a pagar mucho más por los bienes que compren en el supermercado local.

Huelga decir que para el resto del mundo, incluyendo a la Argentina, el riesgo de que nos aguarde una etapa tal vez prolongada de inestabilidad comercial y financiera dista de ser una buena noticia. Con todo, aunque pocos mandatarios nacionales se han animado a manifestar su aprobación de lo hecho y por hacer de Trump, muchos comparten la convicción del extravagante presidente norteamericano de que, tarde o temprano, será necesario forzar a los chinos a abandonar un modelo económico que se basa en la exportación de cantidades cada vez mayores de bienes manufacturados.

Tanto aquí como en otros países de América latina, además de África y Europa, el que sea casi imposible competir con China en este ámbito tan importante amenaza con hacer intransitable el camino tradicional hacia el desarrollo. Por razones evidentes, no les gustaría para nada a los gobiernos de tales países que China se encargara de una actividad económica fundamental, una que esperaban aprovechar para dejar atrás la pobreza generalizada.

Hasta cierto punto, los chinos mismos coinciden; el presidente Xi Jinping, que hace poco “reformó” la constitución para que pueda seguir en el poder hasta que la biología le diga basta, quisiera que en adelante el crecimiento dependiera más de la evolución del mercado interno, pero hasta ahora los esfuerzos en tal sentido aún no han brindado resultados positivos.

Sea como fuere, aun cuando la ofensiva emprendida por Trump sirva para que China adopte una estrategia comercial menos agresiva, es muy poco probable que impida que, dentro de poco, el producto bruto del rival se haga claramente superior al estadounidense. Con cuatro veces más habitantes –aproximadamente 1.400 millones frente a los 330 millones de Estados Unidos–, le sería suficiente alcanzar el 25% de la productividad norteamericana. Para más señas, si el ingreso per cápita, que en la actualidad es inferior al argentino, alcanzara el de otros países de la misma cultura como Taiwán, para no hablar de Hong Kong y Singapur, la economía china superaría por mucho a aquellas de Estados Unidos, Europa y el Japón en su conjunto.

La brecha sideral que aún separa China continental de los países de la diáspora china se debe por completo a los treinta años de maoísmo; dicho de otro modo, fue gracias a los comunistas que Estados Unidos pudo dominar el planeta en las décadas finales del siglo pasado. De haber logrado los norteamericanos desbaratar la revolución comunista que motivó el entusiasmo desbordante de buena parte de la intelectualidad progresista occidental, viviríamos en un mundo en que la influencia de dicha civilización –que, por desgracia, tiene características muy autoritarias–, sería por lo menos tan fuerte como aquella de Europa y su pariente transatlántico.

Felizmente para los norteamericanos, los chinos permanecieron atados al lecho de Procusto marxista hasta que en diciembre de 1978, Deng Xiaoping se las arregló para liberalizar la economía. Si bien a partir de entonces el crecimiento ha sido tan fenomenal como fue el del Japón en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, puede que ya sea demasiado tarde para que China enfrente con éxito los problemas inmensos que están causando el envejecimiento de la población, el superávit de varones que, merced a la política de hijo único que se mantuvo hasta 2015 y que llevó al aborto o infanticidio de centenares de millones de niñas, nunca tendrán esposas, y la persistencia de bolsones enormes de miseria rural.

Tendrán razón aquellos funcionarios chinos, economistas occidentales y otros que opinan que Trump está actuando conforme a principios decimonónicos que son radicalmente inapropiados para el mundo globalizado y computarizado que ha creado Estados Unidos, pero ello no quiere decir que todo lo moderno sea forzosamente bueno. Es que los éxitos conseguidos por los chinos pueden atribuirse a que tienen más en común con los bisabuelos de los norteamericanos y europeos que con los integrantes de las generaciones posteriores. Creen en el valor de la autodisciplina y el esfuerzo personal, mientras que hasta los más pobres están dispuestos a sacrificarse para que su hijo o, en el caso que tengan una, hija, reciba una educación tradicional rigurosa. Si a pesar de todas las muchas dificultades que enfrenta, China logra erigirse en la superpotencia principal del mundo, sería gracias a la calidad de su propio capital humano y las deficiencias del norteamericano.

Al atacar a China no sólo con medidas proteccionistas sino también con retórica furibunda, Trump está estimulando el nacionalismo ya feroz de los muchos que creen que, después de siglos de humillación a manos de los occidentales y japoneses, su país está por disponer del poder suficiente como para reocupar lo que suponen es su lugar natural al centro del orden planetario. El régimen nominalmente comunista, cuya fe en el evangelio marxista es meramente formal, no tendrá por qué negarse a aprovechar tales sentimientos que, lo mismo que en otros países, le permitirían atribuir todos los reveses a la malevolencia ajena.

Para vecinos como Vietnam, Filipinas, Taiwán y el Japón, que ya tienen motivos de sobra para oponerse a las pretensiones de Pekín de hacer del Mar de China meridional una zona de exclusión militarizada, la voluntad patente de Xi de atizar el nacionalismo acarrea el peligro de que, a pesar de los intentos de dirimir las disputas por medios diplomáticos, en cualquier momento puedan estallar conflictos armados. Para intensificar aún más el nerviosismo que sienten, sospechan que Trump sería capaz de alcanzar un acuerdo con su “amigo” Xi si cree que uno le serviría para privar al belicoso dictador norcoreano Kim Jong-un de su arsenal nuclear, lo que le permitiría anotarse un gran triunfo geopolítico. l