Política / 15 de agosto de 2018

El psicólogo de Baratta: “Me cansé de atenderlo, era imposible”

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Foto: Eduardo Lerke.

En la mesa ratona hay cinco celulares. Cuando suena el primero, Roberto Baratta no lo duda y atiende. Se pone a hablar, como si no estuviera en el medio de una charla terapéutica. A los minutos corta y se disculpa. No pasa mucho tiempo hasta que llaman a otro de sus aparatos y el ex subsecretario de De Vido vuelve a contestar. Otra vez pide perdón. Durante el encuentro, de una hora, la situación se repite una y otra vez con cada uno de sus teléfonos. Es entendible: Baratta es una pieza clave en el reparto de bolsos K y, como tal, es un hombre ocupado. Pero la paciencia tiene un límite y la de Daniel Agostino, psicólogo y psiquiatra, se agotó. Antes de despedirlo de la última sesión, le avisa que todo esto no tiene sentido si él no puede abstraerse de su trabajo y concentrarse en la terapia. Baratta, que pasó años junto a Agostino, entiende el mensaje y se sube, resignado, a un Toyota Corolla, donde lo espera un curioso chofer que anota en sus cuadernos Gloria todo lo que ve. El resto de la historia es conocida.

Agostino recuerda que la última vez que atendió a Baratta fue entre el 2009 y el 2010, aunque en los cuadernos de Oscar Centeno se registran visitas a su psicólogo hasta el 2007. En esas anotaciones se adivina el estilo de vida del detenido ex funcionario, que a veces concurría dos o tres martes al hilo -siempre tenía sesión a las 14-, y luego se ausentaba por un mes de las sesiones. Ese ritmo es el que alteró a Agostino y lo terminó agotando. “Me cansé de atenderlo, era imposible”, le asegura el psicólogo a NOTICIAS, aunque es lo único que va a decir. Agostino prefiere no salir del pacto de confidencialidad que tienen los pacientes con sus analistas, aunque quizás él sabe, gracias a Baratta, los secretos más íntimos de la corrupción K. De hecho, la anécdota de los cinco celulares la cuenta un amigo y colega de Agostino, que prefiere mantener el anonimato.

El Doctor. El consultorio del licenciado es sencillo pero elegante: mide seis metros cuadrados, tiene pocos muebles y la única privacidad que ofrece es dentro de un baño pequeño. Su frente, color amarillo chillón, resalta del gris clásico de la avenida Mosconi, en los límites del barrio Villa Pueyrredón.  Es revelador que Baratta, el hombre que según Centeno movía millones y millones de dólares de coimas y sobornos, se hiciera atender en este lugar sin demasiados lujos. Cuando Agostino, de 61 años, ve venir a NOTICIAS, no se sorprende: lo primero que dice es que su esposa, apenas empezó el escándalo de los cuadernos, le había avisado que este momento iba a llegar. “Solo tenía miedo de que me llamen a declarar”, dice, aunque asegura que aún no se buscó a sí mismo en los Gloria.

Agostino trabajó durante los 90 en la obra social de Fiat y Sevel, en ese entonces bajo control de los Macri, y ahí atendió a un familiar de Baratta que, tiempo después, le pasó el contacto a Roberto. Al parecer, Baratta se habría atendido con el psicólogo muchos años antes de que comenzaran los apuntes de Centeno. Quizá si el psicólogo hablara podría provocar un escándalo mucho mayor que el de los cuadernos. Baratta, al menos, puede respirar aliviado gracias a la omertá de los psicólogos.