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Sociedad / 26 de septiembre de 2018

Ciudades globales: entre la utopía del poder y la desigualdad

Los grandes centros urbanos se debaten entre el crecimiento económico y el incremento de su autonomía y una mayor brecha social.

Por

Agustino Fontevecchia / Foto: Juan Ferrari.

Estamos construyendo una serie de nuevos paradigmas donde ya no son los actores nacionales los únicos que tienen la capacidad de formar las políticas publicas y tomar decisiones sobre como deben vivir los ciudadanos. Hoy, cada vez más, las ciudades y otros actores subnacionales le pueden marcar la cancha a los Estados. El caso arquetípico es el de California oponiéndose a las políticas del Presidente Donald Trump. California es la quinta economía mundial, el estado de EE.UU con la mayor población y el mayor crecimiento económico. Están comprometidos con el cambio climático mientras que Trump desmantela la EPA  (Environmental Protection Agency), limita la capacidad de los agentes de seguridad de imponer las nuevas reglas en contra de la inmigración, y termina poniendo más impuestos y regulaciones a las empresas y a las personas del Estado.
Está claro que hoy el concepto de Estado Nacional es cada vez más borroso, mientras que las identidades de las ciudades están cada vez más marcadas. El impacto directo en el bienestar de las personas se puede ejecutar mucho más rápidamente a nivel ciudad.

Hoy enfrentamos una serie de desafíos, todos creados por el hombre y también en base a nuestra cosmovisión durante los siglos XIX y XX. El crecimiento población que hemos tenido,
en el cual la población humana creció siete veces en 200 años, duplicándose solamente en los últimos 50, nos demuestra que es imposible anticipar el futuro. Cuando imaginábamos a la
ciudad perfecta con grandes avenidas y centros residenciales alejados del centro laboral, no nos dimos cuenta que generaríamos una sobrepoblación de autos que no sólo traba nuestras
ciudades con un trafico infernal, sino que también genera una polución tremenda.

No nos olvidemos de que todo evento socioeconómico conlleva efectos secundarios inesperados. En los años 90, la socióloga holandesa Saskia Sassen desarrolló el término “ciudad global” para analizar críticamente la evolución de la globalizan y la tecnología. Sassen nos obliga a cuestionar por qué en un contexto de libre flujo de personas y de capital se concentran en las grandes metrópolis los focos de poder, capital y personas. Las grandes ciudades concentran a los profesionales y expertos que pueden interpretar la complejidad del mundo interconectado financieramente, pero también concentran a los trabajadores de servicios que cobran monedas por
hacer tareas como limpiar y cocinar.

Esta concentración de poder ha logrado innovaciones increíbles en materia de tecnología y finanzas, pero también ha exacerbado la desigualdad económica, generando la marginalidad. Hoy en el conturbado bonaerense uno de cada dos chicos es pobre, varios ya trabajan y por eso dejan la escuela, y varios terminan en la droga o la delincuencia. Esto también es una consecuencia de la globalización y la concentración de recursos y por ende de la aparición de gente con gran poder adquisitivo y de gente que les ofrece servicios a ellos.
Creo que el gran tema es la concentración, cómo lidiar con ella de manera efectiva y de manera que se pueda generar externalidades positivas. Creo que también es importante cuestionarnos críticamente en todo momento, darnos cuenta de los sesgos ideológicos o de las “filter bubbles” que afectan nuestra forma de proyectar el futuro. La concentración no solo es un tema físico, también obviamente económico y es ahí donde también tenemos que pensar en la tecnología.

Hoy, empresas como Google y Facebook ejercen un dominio tecnológico sobre el funcionamiento de la web, lo cual repercute directamente en cómo vivimos y pensamos. Desde
el uso de Waze o de Google Maps a la búsqueda de información digital, estas empresas hoy controlan nuestras decisiones desde los teléfonos que todos llevamos en nuestros bolsillos. Fake news y campañas de desinformación repercuten directamente en nuestro nivel de vida como ciudadanos. Hay que asegurarnos de que regulemos a las plataformas tecnológicas para que funcionen para el bien de todos. Tenemos que lograr que la globalización y el desarrollo de las ciudades vuelva a ser esa utopía positiva, atractiva para todos y no sólo para unos pocos.

 

* DIRECTOR Digital de Editorial Perfil.
Discurso de cierre del ciclo “Camino al G20”.

 

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