Noticias Uruguay / 13 de octubre de 2018

Más robots, menos crisis argentina

Estamos entrando en la cuarta revolución tecnológica y todo esto va a tener un impacto enorme en el empleo. El verdadero desafío es cómo prepararse, y no resistirse.

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INDUSTRIA 4.0. Las empresas deben mirar el futuro más allá de la renta asegurada que obtengan a través del poder de lobby. //Ilustración: Rodrigo Acevedo.

Uruguay está en una de las regiones más volátiles del mundo en materia macroeconómica: América Latina. Las fluctuaciones económicas en nuestro querido Río de la Plata, que en algunos casos han adoptado la forma de crisis, han sido una constante a lo largo de todo el siglo XX y lo que va del XXI.

Tanto Argentina como Uruguay a comienzos del siglo XX estaban en el selecto grupo de los países con mayor PBI per cápita del mundo. Sí, así como lo ha leído: el PBI per cápita de Argentina allá por el 1900 era similar al del promedio de Europa Occidental o al de Francia o Canadá. Uruguay tenía un PBI per cápita similar al de Suecia, y por encima del de España o Italia. Argentina tenía un PBI per cápita alrededor de 30% mayor que el de Uruguay. Hoy, tanto Argentina como Uruguay están en un entorno de la posición 60 del ranking de PBI per cápita en el mundo.

¿Qué factores explican este fracaso de largo plazo? Podríamos dedicar una nota completa a discutirlo, pero en corto, uno de los sospechosos más habituales son las instituciones. En el caso argentino esto incluye al sistema político y de partidos, en particular, aunque obviamente va bastante más allá. Argentina está posicionada en el lugar 85 (de 185 países) en el Índice de percepción de la corrupción que elabora Trasparencia Internacional (Uruguay en el 23; cuanto más cercano al 1 indica menor corrupción). El otro, en parte, pero no completamente explicado por las instituciones, es la volatilidad que no permite que focalicemos nuestros esfuerzos en lo que es importante en el largo plazo: el crecimiento de la productividad.

¿Es Uruguay diferente a Argentina? En varias dimensiones sí, tenemos un sistema institucional sólido, un sistema de partidos consolidado y una economía que ha ganado grados de libertad y solidez en los últimos tres lustros. ¿Esto implica que somos completamente inmunes a lo que ocurre en Argentina? Por supuesto que no. Pero la buena noticia de los últimos años es que cada vez depende más de nosotros que nos vaya bien y cada vez menos del barrio.

Quiero ser muy claro: también me preocupa que la crisis argentina nos agarre con un déficit fiscal no despreciable y que el Estado no sea todo lo eficiente que querría, o bastante menos eficiente de lo que querría; que tengamos una inflación más alta que la deseable, que no tengamos la infraestructura vial que necesitamos, que no seamos más arriesgados a la hora de considerar acuerdos comerciales, y fundamentalmente, que no pongamos a la productividad como un elemento clave de progreso económico y social en Uruguay.

Sin embargo, es justo reconocer que Uruguay ha cambiado sustancialmente para mejor en varias dimensiones. En la macroeconomía, tenemos un tipo de cambio flexible que permite acomodar “shocks” negativos externos, tenemos un manejo de la deuda pública muy profesional, tenemos un nivel de reservas internacionales elevado, es decir, el Estado uruguayo tiene muchos dólares, tenemos un nivel de depósitos de argentinos en nuestro sistema financiero muy bajo y nuestras ventas de bienes a Argentina son relativamente pequeñas. Es cierto, los turistas argentinos aún representan al 70% de quienes llegan al país y, no tenemos mercados alternativos claros en estos servicios.

Entonces, ¿qué deberíamos esperar de las turbulencias regionales actuales en el corto plazo? Presiones alcistas sobre el tipo de cambio, reducción del crecimiento previsto del PBI, caída del empleo y dificultades fiscales crecientes. Por supuesto, esto implica un contexto macroeconómico negativo para la economía uruguaya, pero estamos muy lejos de una situación de crisis. De hecho, ni siquiera es claro que vayamos a tener una recesión en el año 2018. Por ahora, las predicciones de los expertos que responden a las encuestas de expectativas del Banco Central del Uruguay, así como también las de CINVE (Centro de Investigaciones Económicas), son de crecimiento económico, tanto para 2018 como para 2019.

Indudablemente la macroeconomía es importante para la prosperidad de los países. En particular, porque ésta es precondición para que se pueda pensar en políticas de largo plazo. Sin embargo, no es suficiente, es solo una parte de la historia. En nuestros países nos olvidamos frecuentemente de esto.

A mis alumnos de Crecimiento Económico siempre les muestro al inicio del curso una gráfica con el PBI per cápita de Francia desde el año 0 hasta el año 2000. En los primeros 1700 años, Francia solo logró duplicar su PBI per cápita. En los siguientes 200 años, es decir entre el 1700 y el 1900, lo multiplicó por 3 y en el siglo XX ¡lo multiplicó por 7! Esto es similar para otros países de Europa Occidental. A continuación les pregunto cuál es la primera conclusión que debemos sacar de esto. La respuesta correcta es: somos afortunados y no lo sabemos. En los últimos 300 años en el mundo pasamos de 96 cada 100 personas viviendo en extrema pobreza a 10, de 88 personas cada 100 que no sabían leer a 15, de 43 cada 100 niños que morían antes de completar 5 años a 4. Nacimos en un momento de la humanidad con una prosperidad nunca vista. A continuación les pregunto, qué puede estar por detrás de ese crecimiento tan acelerado en los últimos 250-300 años. Siempre alguno se acuerda de la revolución industrial y la identifica más o menos al comienzo de este periodo. Y, por supuesto, la respuesta luego es fácil: cambio tecnológico y aumento exponencial de la productividad laboral.

Ahora, este proceso de cambio tecnológico se está acelerando y no podemos quedar atrás. El único aumento posible de los salarios en el largo plazo es el que proviene del aumento de la productividad. La única forma en que las empresas pueden sobrevivir es a través de mejoras continuas de productividad. En esto, tanto trabajadores como empresarios deberían estar de acuerdo. Creo, por ejemplo, que este elemento está muy subvalorado en las discusiones de los Consejos de Salarios en Uruguay. Por supuesto que los trabajadores deben estar organizados en gremios que les permitan tener igualdad en la negociación salarial con las empresas, pero esto no implica desconocer que no puede haber aumentos salariales permanentes sin aumento de productividad. Por otra parte, las empresas tienen la obligación de mirar el futuro más allá de la renta asegurada que puedan obtener a través de su poder de lobby, como ha ocurrido en algunos momentos del país.

Estamos entrando en la cuarta revolución tecnológica. Esto implica computación en la nube (en este momento estoy guardando este archivo en Google Drive y utilizando otros archivos en Dropbox); Internet de las cosas (todo tipo de dispositivos inteligentes conectados a Internet); industria 4.0 que incorpora procesos de control avanzados que utilizan sensores, robots, etc.; comercio electrónico y consumidores digitales y, asociado a esto, enormes bases de datos y el manejo de redes sociales con propósitos comerciales; edificios y ciudades inteligentes (Songdo, en Corea del Sur está completamente digitalizada; todo está medido y automatizado); redes eléctricas inteligentes, etc.

Todo esto va a tener un impacto enorme en el empleo, va a destruir industrias enteras. Ahí nomás tenemos lo que ocurre con los taxis a partir de la introducción de Uber y similares, o lo que está pasando con la industria manufacturera, donde, como en Alemania y Japón, ya hay 3 robots por cada 100 operarios.

Por tanto, el verdadero desafío de largo plazo no está en lo que suceda en la coyuntura macroeconómica, y tampoco en la lucha entre empresas y trabajadores por un pedazo mayor de la torta, sino en cómo prepararse (¡y no resistirse!) para esta revolución. Por tanto, se necesitan políticas públicas que apoyen a las empresas para el cambio tecnológico y también que eduquen y formen mejor a las personas.

Según estudios recientes, la demanda de habilidades laborales está cambiando dramáticamente en el mundo. Pierden terreno las habilidades físicas y manuales (conductores, trabajadores de líneas de montaje, guardias de seguridad, etc.) y las cognitivas básicas (cajeros, empleados de contabilidad e ingreso de datos, servicios al cliente, etc.) y ganan terreno las habilidades socio-emocionales, como la empatía, capacidad de dirigir, etc. (desarrolladores de negocios, gerentes, maestros, instructores, terapeutas, trabajadores sociales, etc.) y las habilidades tecnológicas (desarrolladores de software, ingenieros, estadísticos, diseñadores, etc.)

Estos son los desafíos que importan para el futuro, no nos distraigamos con la coyuntura.

*DOCTOR EN ECONOMÍA. Director del Centro de Investigaciones Económicas (CINVE).