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Cultura / 16 de noviembre de 2018

Por qué leer a Miguel Vitagliano

La última novela del autor argentino recorre escenas clave de la historia nacional con la mirada excéntrica de la literatura.

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La imagen del comienzo es fuerte: un hombre ha sido sepultado bajo escombros. Sólo le queda una mano libre, y la cabeza, que le sirve para mirar las piedras cercanas o lejanas. Poco a poco les irá asignando rostros, textos. Para no perder la cabeza, en sentido figurado, pensará en Marco Aurelio. Es un hombre con lecturas abundantes. También lo es Miguel Vitagliano, profesor, académico, admirado difusor de la literatura argentina y mundial, editor de un blog sobre escritores.

Dividido en cuatro partes, la primera tiene una cita que parece un trabalenguas. Es de la traducción que hizo Bartolomé Mitre de “La Divina Comedia”. En las primeras páginas, se dice que dicha traducción quedó enterrada a su vez en “la historia de las traducciones”. El lector lo recordará mucho más adelante. Porque hay pocas listas más abundantes y abarcadoras que la de los temas y las épocas que el libro va trazando. Los principales se distinguen bastante bien: la vida de Bartolomé Mitre (y su mujer, Delfina), la vida de Elisa Lynch (y su hombre, el líder de Paraguay Francisco Solano López). Y la propia guerra.

Podría hablarse de una novela histórica, de no mediar relaciones de hechos del pasado con el presente cercano, a veces de manera declaradamente gratuita. O comparaciones numéricas: “Mitre nació el año que murió Napoleón, diez años antes de que Victor Hugo publicara Notre-Dame de París”. Quedan así establecidos personajes importantes más o menos fugaces: Flaubert, Borges, Victor Hugo. De todos modos están apoyados en la línea de lo literario. Otros son o maestros o guías del propio Vitagliano (Dardo Scavino, Burucúa) o compañeros de generación y actividades, como el excelente narrador y teórico Aníbal Jarkowski. En otros casos se trata de influyentes teóricos de la literatura, como René Girard. El lector sólo tendrá que dejar a un lado la exigencia de un relato cronológico, atenido a una época, u otros rasgos de otros libros, para disfrutar de éste.

El enterrado del principio reaparece una y otra vez, y la “lectura” de los cascotes que lo rodean multiplica el efecto relacionador. Aunque es el entusiasmo de la propia voz narrativa el que se comunica al que lee, que se asombra ante un antepasado irlandés de Ernesto Guevara, o percibe la importancia de una novela de George Sand, “Indiana”, modelo de la primera novela de Mitre, “Soledad”, y también lectura de la muy lectora Elisa Lynch. Tampoco se desperdician las resonancias. Así se subraya que el Pierre Menard de Borges oculta en el nombre de pila, otra vez, la palabra piedra.

Hay escenas memorables de la literatura clásica bien citadas, como el momento en que Madame Bovary lame el resto del licor de una copita. El hombre enterrado, si se manejara en una novela común, aparecería como un elemento contradictorio, porque tiene celular y una linterna de llavero que lo hace contemporáneo de los que leen. Pero poco a poco (entre otras cosas porque podría tratarse de una pesadilla del propio Mitre), uno acepta que sea un ancla en tanta deriva inspirada, aunque también se resigna a que, a la larga, se convierta en una metáfora o un símbolo.

Consciente de la propable necesidad de aclaraciones, Vitagliano agrega una quinta parte con “Referencias por capítulos”, trazando incluso relaciones entre ellas: libros, personas, personajes, sin que la importancia sea la base de la extensión. De nuevo saltan relaciones que asombran. Por ejemplo, Francisco Muñoz Azpiri figura porque escribió un ciclo de radioteatros protagonizados por Eva Perón cuando era Eva Duarte, en Radio Belgrano. No cuesta mucho imaginar la sonrisa de Vitagliano al apuntar que dicho producto popular abrió con “Madame Lynch, la amazona del destino”. Una de las fichas más extensas tiene que ver con “El milagro secreto”, relato de Borges, con nuevo despliegue de asociaciones. En otro momento se menciona una mansión al fin demolida y sobre la cual se construyó la hoy Biblioteca Nacional a lo largo de interminables años.

Si uno se zambulle en la última novela de Vitagliano, conviene que afloje el muñeco lógico, y no abandone. Le resultará fácil. Porque el texto provoca, excita, logra la curiosidad, una y otra vez. Una actitud muy demolida hoy por el derrumbe del periodismo escrito, la no-verdad, y otros oximorones que se pretenden reales. A su manera, el libro lucha exitosamente a favor de la literatura.