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Mundo, Opinión / 17 de noviembre de 2018

El fantasma de la gran guerra

Un análisis de Donald Trump y Xi Jinping, los líderes políticos de Estados Unidos y China, dos piezas del rompecabeza mundial.

Por

Ilustración: Pablo Temes.

Aunque los historiadores siguen polemizando en torno a las causas de la Primera Guerra Mundial, aquel cataclismo que hace un siglo hirió, tal vez de muerte, a la orgullosa civilización europea, el presidente francés Emmanuel Macron lo tiene claro: al recordar el armisticio del 11 de noviembre de 1918, afirmaba que fue una consecuencia del nacionalismo, de ahí la alarma que dice sentir al ver resurgir lo que llama “los demonios del pasado” no sólo en distintos partes de su propio continente sino también en Estados Unidos.

¿Acertaba Macron? Sólo en parte. La verdad es que los nacionalismos febriles que tanto lo asustan florecieron merced al impulso que les dio el mandatario norteamericano Woodrow Wilson que, al atribuir la guerra a las tensiones que habían desestabilizado el multiétnico Imperio Austrohúngaro, alentó a docenas de pueblos chicos a reclamar la independencia y a subrayar todo cuanto los separaba de sus vecinos. El nacionalismo moderno adquirió las características que lo distinguen al iniciarse el desmembramiento de los viejos imperios como resultado de la Primera Guerra Mundial.

Sea como fuere, se sienten obligados a compartir el punto de vista del francés ambicioso los partidarios de instituciones multilaterales. De estas, la más notable es la Unión Europea, cuya legitimidad descansa en la idea de que sería catastrófico que Bruselas cediera más poder a los gobiernos nacionales; insisten en que el Estado Nación es un anacronismo de naturaleza belicosa y que por lo tanto hay que desmantelarlo para bien del género humano, pero sus esfuerzos, a menudo agresivos, por eliminar tales reliquias de épocas supuestamente menos ilustradas que la nuestra han provocado reacciones que no están en condiciones de manejar.

Los británicos votaron a favor del Brexit por entender que la Unión Europea quería privarlos de sus derechos democráticos. Muchos ciudadanos de otros países, exasperados por la negativa de los eurócratas a prestar atención a sus quejas, quisieran emular a los isleños.

La rebelión contra las elites que en los años últimos ha modificado radicalmente el panorama político en los países desarrollados fue fogoneada por los intentos de quienes aún llevan la voz cantante a hacer pensar que las diferencias entre los distintos pueblos o credos religiosos carecen de importancia. A los muchos que siguen apegados a sus viejas identidades nacionales, no les gusta para nada sentirse despreciados por personas que se mofan de su afición por los símbolos patrios y están mucho más interesados en hablar pestes de las generaciones que los antecedieron que en rendirles homenaje. En Europa y América del Norte, se ha puesto de moda derribar las estatuas de próceres de tiempos idos so pretexto de que eran racistas o sexistas de opiniones inaceptables.

Cuando Macron, que aspira a suceder a Angela Merkel como jefe virtual de la Unión Europea, aludía a los peligros que a su entender plantea el fervor nacionalista, todos los ojos se dirigieron hacia Donald Trump, pero el norteamericano dista de ser el único nacionalista en el escenario mundial. Aún más resueltos a dar prioridad a los intereses de sus países respectivos sin preocuparse en absoluto por el impacto en los demás son el chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin y el turco Recep Erdogan. En sus propios países, reprimen a los pocos que tratan de practicar la autocrítica con el entusiasmo desbordante que es típico de los progresistas occidentales más combativos.
Para los tres, el internacionalismo, como el multiculturalismo, es un síntoma más del malestar de sociedades desmoralizadas que han perdido confianza en sí mismas. No procuran ocultar su convicción de que todos los países occidentales, incluyendo a Estados Unidos, son tan decadentes que les será fácil sacar ventaja de sus muchas debilidades internas. Hasta ahora, no les ha ido tan mal.

Los líderes chinos se creen capaces de superar económicamente al mundo occidental en su conjunto; siempre y cuando su país no experimente nuevas convulsiones sociales como las que lo han devastado en diversas ocasiones del pasado, lo lograrán gracias a su magnitud demográfica; les será más que suficiente que el producto per cápita chino alcance la mitad del estadounidense o europeo. Los estrategas norteamericanos quieren demorar el ascenso del “reino del medio” por suponer que aún tienen tiempo en que impedir que aproveche plenamente su inmenso capital humano, pero tendrán que apurarse ya que todo hace prever que dentro de un par de décadas China sea la superpotencia económica más influyente.

En comparación con Xi Jinping, Putin es un peso liviano; Rusia tiene una economía del mismo tamaño que la de Italia. Así y todo, el dueño actual del Kremlin ha adquirido la costumbre de amagar con restaurar –por medios militares si las circunstancias lo permiten–, el imperio soviético a costa no sólo de Ucrania sino también de los estados bálticos que pertenecen a la Unión Europea y la OTAN, sin que sus pretensiones en tal sentido ocasionen risas. Por el contrario, Putin se las ha ingeniado para erigirse en una especie de ogro cuyas actividades, potenciadas por ejércitos de trolls cibernéticos, obsesionan a políticos norteamericanos que lo creen capaz de manipular el electorado de su país, lo que según algunos posibilitó la llegada al poder de Trump.

Por su parte, el turco Erdogan da por descontado que el Islam no tardará en imponerse en el Occidente y, haciendo gala de un grado de arrogancia realmente excepcional, chantajea a sus vecinos europeos con la amenaza de inundarlos de refugiados e inmigrantes económicos procedentes de Siria, Irak, Afganistán, Pakistán y Bangladesh a menos que la alemana Merkel siga entregándole mucho dinero. Aunque es limitado el poder de Turquía que, como la Argentina, está luchando por mantenerse a flote en medio de una tormenta financiera, no cabe duda de que Erdogan se ha visto beneficiado por la pasividad de los países occidentales.

Como no pudo ser de otra manera, los desafíos planteados por nacionalistas de otras latitudes, además de los que gobiernan a Polonia, Hungría, Italia y Austria, han contribuido al clima de nerviosismo que se ha difundido por Europa. En la Francia de Macron, ya no llama la atención que políticos oficialistas hablen de conflictos feroces por venir; hace algunos meses, Gérard Collomb, al dejar para sorpresa de su jefe el Ministerio del Interior, advirtió que “Podemos estarnos aproximando a una secesión o una guerra civil étnica entre franceses de origen e inmigrantes”. En el norte de Europa, el temor a un hipotético zarpazo ruso mantiene en estado de alerta a los mandos de la OTAN y a unidades de expertos cibernéticos. En el sur del Viejo Continente, la llegada bien publicitada de embarcaciones precarias colmadas de africanos y asiáticos hace creer que el continente está sufriendo una invasión.

Las perspectivas, sobre todo las demográficas, ante China, Rusia, Turquía e Irán, son aún más sombrías que las que perturban a europeos y norteamericanos, pero los líderes actuales de dichos países han reaccionado de forma muy diferente. Se creen en condiciones de aprovechar la depresión anímica de amplios sectores occidentales en que se ha hecho habitual afirmarse resignado al fin de casi medio milenio de supremacía económica, militar y cultural. Tanto el pesimismo occidental como el optimismo miope de quienes en otras partes del mudo fantasean vengativamente con un futuro de esplendor están alimentándose mutuamente para crear una situación que es sumamente riesgosa.

Si bien es inconcebible que Europa ocupe nuevamente el lugar que había alcanzado antes de estallar la Primera Guerra Mundial, sería prematuro suponer que Estados Unidos sea sólo un “tigre de papel”. Aun cuando Trump fracase en su intento de asegurar que “vuelva a ser grande” tal y como le gustaría, seguirá siendo una superpotencia económica, tecnológica y militar por mucho tiempo más. Así y todo, parece imposible que en Estados Unidos se recupere la sensación de unidad nacional que durante tanto tiempo impresionó a los visitantes. Las divisiones entre los habitantes de zonas costeras dominada por políticos demócratas que propenden a ser cada vez más progresistas, y los de localidades rurales del interior que son mucho más conservadores y que en su mayoría respaldan a Trump, se han ampliado tanto últimamente que apenas saben comunicarse. En las campañas que acaban de culminar con las elecciones legislativas de medio término, era evidente que los norteamericanos se sentían más motivados por la voluntad de asestar golpes al adversario que por los eventuales méritos de lo que los candidatos que apoyaban se proponían hacer.

La Primera Guerra Mundial se vio precedida por una larga etapa en que el triunfalismo de los conformes con el statu quo chocaba contra el derrotismo de quienes soñaban con cambios políticos, sociales y económicos drásticos. Fue entonces cuando cobraban forma ideas que, andando el tiempo, tendrían consecuencias horrendas en Rusia, Alemania y muchos otros países. Puede que en la actualidad algo parecido esté ocurriendo en los países considerados más avanzados. La historia no se repetirá, pero el que tantos europeos y norteamericanos sientan que una etapa ya ha llegado a su fin y que la próxima, cuyos contornos siguen siendo vagos, será peor, virtualmente garantiza que, como advertían los chinos, nos aguarden tiempos interesantes.

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