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Opinión, Sociedad / 11 de marzo de 2019

Sobre Franco Macri y la muerte digna

Mauricio Macri y su padre padecieron la falta de una legislación que regule el derecho esencial a decidir el propio final.

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Quienes seguían de cerca el dramático estado de salud de Franco Macri, venían revelando el sufrimiento tanto de él como de toda su familia. En sus momentos de lucidez, el mismo padre del Presidente les habría reclamado a sus hijos poner fin a su padecimiento. Había vivido una vida larga y feliz –según él y los suyos– y creía que tenía el derecho último e intimísimo de despedirse y dejar de sufrir. Pero ni él ni sus hijos pudieron hacer nada al respecto.

Nadie en la Argentina tiene ese derecho.

En 2012 el país tuvo un avance significativo en lo que hace al derecho a morir dignamente. Desde entonces, se logró poner un límite al impulso médico por mantener una vida a cualquier precio. Aquellos que atraviesan situaciones terminales e irreversibles, ahora pueden rechazar procedimientos quirúrgicos o médicos “extraordinarios o desproporcionados en relación a las perspectivas de mejoría”.

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Hasta ese momento los pacientes sufrían lo que se denomina “ensañamiento médico” guiado por una ciencia con enormes recursos para que una persona siga respirando, sin medir el dolor ni las consecuencias que causan.

Hoy se puede evitar ese sufrimiento y cada vez avanza más la especialización de los cuidados paliativos. Aunque se debe estar atento a que este derecho se cumpla, ante profesionales o instituciones que cometen la mala praxis de tomar al paciente como caso de estudio para la “formación” de residentes o cuando se mezcla medicina y negocios.

Pero esa ley resultó incompleta. Los pacientes pueden permanecer meses o años en un estado de indefensión absoluta sin que haya cuidado paliativo suficiente para evitar la degradación física y psicológica de él y de sus seres queridos. Tienen el derecho de impedir que la medicina se ensañe con ellos, pero no de frenar el sufrimiento de terapias sin sentido y de una prolongación inhumana de la existencia.

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Además, cuando los pacientes están inconscientes no hay comprobación científica que pueda verificar fehacientemente que no estén sufriendo. Hay personas que permanecen años en esa situación, jóvenes o no tan jóvenes cuyo corazón les permitirá “durar” en el tiempo sin la menor posibilidad de recuperación. No basta con que los médicos no hagan esfuerzos “desproporcionados” para mantenerlos con vida. Estos pacientes viven igual, en un infierno doloroso y humillante.

Hay miles de personas que en estos momentos están atravesando ese padecimiento, un drama que cruza a todos los sectores sociales pero que sufren más quienes menos recursos económicos y culturales tienen para defenderse.

En países europeos como Holanda, Luxemburgo y Bélgica; en Colombia en América Latina; en Canadá o en algunos estados de los Estados Unidos; las personas ya tienen el derecho de disponer de sus propias vidas cuando la vida deja de ser una bendición y se transforma en un calvario.

Mauricio Macri y su padre vienen de padecer la falta de una legislación que regule el derecho esencial a decidir el propio final. Sería un gran avance en materia de derechos humanos que, una vez hecho su duelo, pueda impulsar este debate en el Congreso. Para que nadie más vuelva a sufrir lo que su padre y él sufrieron. Para que quienes hoy viven ese suplicio, encuentren paz.

*Presidente de Editorial Perfil S.A.