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Opinión, Política / 11 de marzo de 2019

La muerte de Franco Macri: sobre padres e hijos

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Franco Macri. Ilustración: Pablo Temes

Los hijos que se rebelan contra padres fuertes y muy exitosos lo hacen de distintas maneras. Algunos, como vimos en los años setenta del siglo pasado, llegan al extremo de atacar con furia asesina todo lo que para ellos representan: su clase social, sus valores éticos, sus convicciones religiosas. Otros lo hacen de forma más sutil pero mucho más eficaz. Deciden competir en una arena más amplia que aquella en que el padre se destacaba, de tal modo liberándose de su tutela y mostrándole que son capaces de superarlo.

Fue este el camino que eligió Mauricio Macri que, como él mismo admitió, tuvo que esperar hasta ser elegido presidente para recibir la aprobación de su padre, a quien le había herido su negativa rotunda a encargarse de las empresas que había creado. Puede entenderse el desconcierto que sintió Franco Macri ante la actitud de un hijo que no se conformó con ser el heredero del “capitán de la industria” más emblemático del país, un hombre que, a partir de la nada, había creado un imperio empresarial imponente y que, como buen italiano, esperaba mantenerlo en la familia.

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Aunque, a los 88 años, Franco Macri murió un día después de pronunciar su hijo, el Presidente, un discurso muy combativo y por lo tanto llamativamente atípico al abrir el 137° período de sesiones ordinarias del Congreso, la lucha entre los dos no ha terminado. Hubo mucho más en juego que una diferencia generacional. Lo que Mauricio Macri quiere hacer es desarticular el sistema económico corporativista que rige en el país por entender que es incompatible con el proyecto modernizador que se ha propuesto; de consolidarse los cambios estructurales que el gobierno que encabeza está impulsando, no habrá mucho lugar para los empresarios de la vieja escuela.

Lo mismo que tantos otros, Franco fue prohombre de la “patria contratista”, un “experto en mercados regulados” para usar el eufemismo acuñado por Repsol luego de permitir que el Grupo Eskenazi, estrechamente vinculado con el matrimonio Kirchner, entrara en el negocio petrolero sin tener que poner plata. Uno puede argüir que en un país de tradiciones anticuadas en materia económica, Franco no tuvo más opción que la de adaptarse a las circunstancias imperantes. Sea como fuere, Mauricio tiene como objetivo desmantelar un orden en que un empresario ambicioso se siente más obligado a congraciarse con el gobierno de turno que a producir bienes de calidad a precios accesibles que podrían venderse no sólo en el pequeño mercado nacional, que es menor que los de las grandes ciudades del mundo occidental y asiático, sino también en el exterior.

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Por motivos que son más prácticos que ideológicos, el hijo de Franco entiende que el corporativismo empresarial, cuyos lobbistas siempre están reclamando políticas proteccionistas y saben defender sus propios intereses con argumentos que a primera vista parecen persuasivos, ha frenado el desarrollo del país y por lo tanto sigue contribuyendo al empobrecimiento de una proporción cada vez mayor de sus habitantes. Para colmo, como nos recuerda la “causa de los cuadernos”, es intrínsecamente corrupto por basarse en la relación de los integrantes de “la patria contratista” con funcionarios gubernamentales que, con frecuencia, están más que dispuestos a aprovechar todas las oportunidades que se presenten para conseguir más dinero.

De más está decir que la patria contratista no es la única del género así calificada. También hay una patria financiera, una sindical, una judicial y otras, incluyendo a la política, cuyos miembros raramente vacilan en anteponer sus intereses corporativos a los del país en su conjunto, aferrándose a privilegios de diverso tipo. Así pues, aun cuando los senadores y diputados comprendan que los fueros parlamentarios no deberían servir para proteger a los acusados de conducta delictiva sino sólo para garantizar la libertad de expresión en el recinto legislativo, los políticos se resisten a verse privados de lo que toman por derechos adquiridos que, en una emergencia, podrían salvarlos de la cárcel.

Las “patrias” suelen colaborar las unas con las otras para desbaratar los esporádicos ataques de los que, como Macri, se resisten a dejarse manipular por lo que llama “el círculo rojo”, o sea, el poder permanente o “Estado profundo” conformado por los bloques corporativistas. A los dirigentes de las agrupaciones principales les encantan las reuniones sectoriales convocadas por presidentes en apuros en que, luego de charlar y regatear, pueden firmar aquellos pactos sociales que no sirven para nada a los cuales nos tienen acostumbrados. En su opinión, asistir a tales encuentros los hace partidarios fervientes de la unidad nacional.

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A muchos les gustaría creer que Macri nunca hubiera llegado tan lejos en el muy competitivo mundillo político sin la ayuda de un padre multimillonario, pero si bien el ser hijo de un magnate célebre puede haberlo habituado a codearse con personajes poderosos tanto en el país como en otras partes del mundo, en muchos sentidos portar un apellido tan conocido le ha sido una desventaja muy grande. Por cierto, a sus adversarios, les ha sido maravillosamente fácil pintarlo como un “presidente de los ricos” a quien no le importan un bledo los sufrimientos de los pobres, un hombre que nunca ha tenido que preocuparse por lo dura que suele ser la vida para quienes no cuentan con un ingreso asegurado.

Asimismo, abundan los intelectuales, que por lo común son de izquierda, que lo desprecian e incluso odian por su origen, no por sus presuntas ideas o por lo que efectivamente ha hecho como jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires primero y, desde diciembre de 2015, presidente de la República. Para tales personas, Macri es un oligarca irremediable, un ignorante que nunca ha leído los clásicos marxistas, un personaje gris que sencillamente no merece estar en la Casa Rosada.

Será en parte por tal motivo que Macri insiste tanto en que su prioridad es librar una guerra contra la pobreza y ha tomado muchas medidas en tal sentido, lo que –huelga decirlo– no lo han ayudado ni a estabilizar una economía en que el gasto social ha alcanzado dimensiones apenas soportables, ni a ganar el apoyo de los millones que viven en la miseria. Con todo, si bien a esta altura entenderá que, por tratarse en el fondo de una cuestión cultural, para atenuar el problema gravísimo planteado por la pobreza extrema en el país se necesitará mucho más que planes de subsidios a veces manejados por punteros, piqueteros y militantes políticos, aún no le ha sido dado hacer mucho más que concentrarse en programas de obras públicas para distritos largamente abandonados a su suerte.

Al abrir el nuevo período de sesiones legislativas ordinarias, Macri sorprendió a todos cuando reaccionó con enojo frente a la conducta nada respetuosa de los opositores más agresivos. Aunque su defensa apasionada de su gestión molestó a aquellos simpatizantes que prefieren el estilo tranquilo, “zen” que había caracterizado sus intentos de comunicarse con la gente, puede que habrá caído bien entre los muchos que quisieran que actuara con mucha más contundencia. Se ha difundido la impresión de que sea un tanto vago, que prefiere descansar en La Angostura con la realeza holandesa que a pasar horas interminables en la Casa Rosada procurando luchar contra las dificultades que siguen acumulándose, lo que a buen seguro le ha costado algunos puntos de rating.

Así y todo, el enojo de Macri no se habrá debido sólo a “los gritos e insultos” proferidos por quienes quieren destrozarlo. También lo habrán provocado los esfuerzos de la oposición “racional” por hacer pensar que la situación calamitosa en que se encuentra la economía es consecuencia de la ineptitud imperdonable del equipo gobernante actual, y que si se viera remplazado por uno peronista, el país no tardaría en recuperarse. Por desgracia, quienes hablan de tal modo no nos dicen lo que harían en el caso de que uno de los suyos triunfara en las elecciones presidenciales.

No es que quieren guardar sus eventuales recetas bajo llave por temor a que Macri las robara, es que no tienen la menor idea de lo que tendrían que hacer. Como debería serles evidente, poner fin a la inflación, que está detrás de buena parte de los desastres económicos a los que nos hemos acostumbrado, dista de ser tan fácil como insinúan. Aunque desde mediados del siglo pasado, docenas de gobiernos de diverso tipo se han comprometido a eliminarla, la Argentina no ha dejado de romper récords mundiales en la materia; otros países se han anotado índices más altos, pero ninguno ha logrado convivir con el flagelo durante tantos años, lo que puede atribuirse a la debilidad, cuando no a la irresponsabilidad de la clase política nacional más sus anexos.

Sucede que demasiados políticos están más interesados en sacar provecho de la turbulencia crónica resultante que en frenarla, acaso por entender que el electorado los castigaría sí le informaran que escasean las alternativas indoloras, si es que las hay, a la estrategia adoptada a regañadientes por el gobierno de Cambiemos después de fracasar el gradualismo que, para funcionar, hubiera tenido que recibir una inyección constante de fondos frescos equiparables con los que llegaron cuando soplaba con fuerza inusitada el viento de cola que, por un rato, permitió que los Kirchner se creyeran descubridores de una fórmula económica genial.ele