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En la mira de NOTICIAS / 28 de agosto de 2019

La “albertización” de Vidal

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En lugar de enojarse con los vaivenes disruptivos del discurso de Alberto Fernández, hay una figura oficialista que debería aprender del candidato del Frente de Todos. Se trata de María Eugenia Vidal.

Por estas horas, la gobernadora está tironeada entre su alineamiento incondicional eterno con la Casa Rosada y la tentación bonaerense de apostar fuerte a un nuevo macrismo sin Macri.

Ayer se reunió con el Presidente y con su exministro de Economía provincial, Hernán Lacunza, para ver si el Ejecutivo nacional le habilitaba algunos millones para repartir rápido en suelo bonaerense, un viejo reclamo postergado del vidalismo, que desde el año pasado venía alertando sobre el malhumor creciente del Conurbano contra Cambiemos. En esa misma reunión de ayer, María Eugenia se comprometió con Mauricio a invitarlo a recorrer juntos la Provincia durante el tramo final de la campaña para las elecciones de octubre.

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Pero esta mañana, Vidal volvió a pisar la dura realidad bonaerense, reunida con su gabinete ampliado para pensar maneras de remontar lo irremontable, tras el devastador escrutinio de las PASO. Luego de esa reunión, programó otra, todavía más áspera, que le demandará una dosis fuerte de pragmatismo electoral: Vidal almorzará hoy rodeada por casi 70 candidatos a intendente de Juntos por el Cambio que compiten desde el llano en distritos dominados por el peronismo. Y que ya sienten el frío del despoder en los huesos. A todos ellos tiene que definirles si la estrategia real del vidalismo será atarse a Macri a cualquier precio, o si el corte de boleta será un pecado permitido en la feligresía PRO de la Provincia.

En este dilema se juega no solo el futuro político de Vidal sino acaso el de toda la coalición, que si quiere sobrevivir al destino de su fundador, ya mismo debe ir poniendo en marcha un plan B (larga o corta), que la deje bien parada como la mejor alternativa opositora al probable gobierno K que arranque en 2020.

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Y para manejar exitosamente esa ambigüedad, María Eugenia tiene a mano el ejemplo de Alberto Fernández, que día tras día sostiene la tensión de distanciarse del legado más irritante de Cristina y al mismo tiempo reivindicar todo aquello que la masa de votantes cristinistas adoran de ella. Se trata de esconder y mostrar al jefe, según resulte más o menos piantavotos en cada ocasión: es un juego desgastante, ingrato y embarazoso, pero parece que, en las urnas de la Argentina, funciona.

 

*Editor ejecutivo de NOTICIAS.