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Cultura, Opinión / 11 de septiembre de 2019

Sarmiento y la grieta original

En el día de su nacimiento, un análisis de su legado y vigencia en el paisaje repetido de la política argentina.

Por

Domingo F. Sarmiento.

Si por él hubiera sido modificaba el himno nacional y en vez de cantarse “Oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad, libertad”, diría civilizad, civilizad, civilizad. Me estoy refiriendo a Domingo Faustino Sarmiento y con este exagerado ejemplo a graficar su obsesión por alcanzar la civilización y el progreso. Su nombre está inscripto en el panteón de la patria como el “padre del aula” y su prolífica obra (52 volúmenes), ha marcado a fuego el pensamiento político y social de la argentina.

Uno de sus textos imprescindible a la hora de comprender el siglo XIX y su legado será: Facundo o Civilización y barbarie (1845). Lo escrito por Sarmiento es el resultado de tres meses de folletines publicados en el diario El Progreso, en Chile.

Desde el título estamos en presencia de dos conceptos propios de la vida política argentina: por una parte el caudillo Facundo Quiroga, asesinado en Barranca Yaco (1835), cuya sombra terrible Sarmiento evoca por considerarlo poseedor de un secreto: el que permite explicar “las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo”.

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Por la otra, Civilización y Barbarie, la conjunción de dos términos antagónicos unidos por la envoltura de un solo concepto: “el siglo XIX y el siglo XII viven juntos. El uno dentro de las ciudades, el otro en las campañas”.

Civilización y Barbarie será el armazón que Sarmiento elaborará a partir de una geografía, un suelo, un clima que dará lugar a un tipo de hombre, con características específicas, que tendrá un modo particular de acción, que reproducirá un determinado sistema de relaciones sociales y constituirá un tipo de orden social. De allí la dificultad de encorsetar a este texto: ¿ensayo, novela o la primera obra de una sociología argentina?

Su proposición fue mutando en el devenir histórico político: de la conjunción a la oposición. De Civilización y barbarie a Civilización o barbarie como fórmula de antagonismo que con el tiempo fue asumiendo diferentes expresiones: pueblo-oligarquía, peronismo- antiperonismo.

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Lo sugestivo es que al presentar ambos términos separados, Sarmiento no promovió la integración en un solo concepto. Sarmiento no se refirió a “la cultura” como expresión manifiesta de la totalidad. Esta dicotomía, se irá reproduciendo, resignificándose a lo largo de la historia argentina y tal vez si nos propusiéramos trazar una caprichosa genealogía, ésta podría ser una posible plataforma para reflexionar sobre nuestro presente.

Sarmiento
En El inmortal, Gustavo J. Nahmías imagina un Sarmiento que pretende en el futuro no pasar indiferente para nadie

El inmortal. Muchos debates que llegan a nuestros días motivaron una preocupación en el sanjuanino. ¿Quién puede privarse de leer Argirópolis, la utopía de los Estados Unidos del Rio de la Plata, en la que vinculaba a la Argentina, Uruguay y Paraguay como una introducción para repensar el Mercosur, o la recriminación de Alberdi en el intercambio de las “Cartas Quillotanas” y las “Ciento una” por el maltrato que le confiere a Urquiza con sus notas en la prensa, calificándolo de ser un “escritor de guerra”, ¿no nos resuena acaso la frase del fallecido periodista Julio Blanck: “hicimos periodismo de guerra”?

Tampoco se puede soslayar aquella sentencia que lanzó sobre el país y un siglo después motivó la reacción de Arturo Jauretche, quien definió Civilización y Barbarie como la madre de todas las “zonceras”, por su intento de crear Europa en América y en donde civilizar consistía en desnaturalizar. Estos fueron algunos nombres y disputas que estimularon la escritura de “El Inmortal”.

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En la novela Sarmiento está en Paraguay. Le queda poco tiempo de vida. Está muriendo en la misma tierra que maldijo y en la que murió su hijo Dominguito durante la guerra de la Triple Alianza. En el umbral de su muerte repasa algunas de sus muchas polémicas. Su voz es un yo que se pierde en los laberintos de sus pensamientos, como un fluir de la conciencia que emerge en sus diferentes posiciones: educador, militar o político.

Pero si hay un rasgo que consideré vital, que aspiré a que fuese captado por el lector y que Sarmiento mantuvo inalterable durante toda su vida, fue ese ímpetu arrollador, capaz de llegar hasta el exceso, en su cruzada por alcanzar la civilización y el progreso. En este punto la frase de Walter Benjamin en una de sus tesis de la historia irrumpe como un destello: “Todo documento de civilización es a la vez un documento de Barbarie”. Pero eso Sarmiento, no lo advertía.

Mirá el video:

*Gustavo J. Nahmías es autor del libro “El inmortal” (Edhasa).