Lunes 30 de marzo, 2020

COSTUMBRES | 11-02-2020 11:02

Aviones bajo la lupa: Famosos e influencers proponen no volar

Preocupados por el calentamiento global, cada vez son más los que reducen o cancelan sus vuelos. Los vehículos de moda. Cómo reparar la culpa por la huella de carbono.

Cada vez que subimos a un avión, nos embarcamos en el medio de transporte más contaminante del mundo. Si hacemos un viaje ida y vuelta a Nueva York, por ejemplo, emitimos 921 kilos de CO2 (dióxido de carbono). Que además de ser mucho, está computando un único pasajero en un vuelo que seguramente lleve a cientos. Se estima que los aviones son causantes de entre un 2 y 3% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, generadores del cambio climático. Y que cada vez el número es mayor, dado que vuela más gente. Así, en este 2020 las emisiones de la aviación serán 70% mayores que en 2005, y para 2050 esto podría aumentar entre un 300 y 700%.

Aunque a algunos estos datos recién comienzan a alertarlos, otros ya tomaron nota hace rato. En Suecia, de hecho, existe un movimiento llamado “flight shame” o “vergüenza de volar”, impulsado sobre todo por jóvenes que eligen medios de transporte alternativos. Y claro, la travesía de la joven activista Greta Thunberg de Europa a Estados Unidos en velero para asistir a la Cumbre Climática de la ONU fue el clímax de esta iniciativa. Una que hace que nos preguntemos si estaremos acercándonos a un futuro “inmóvil”, que se replantee por completo nuestro modo (y necesidad) de trasladarnos.

Exponentes y razones. Si bien la cara más visible de este movimiento es Greta, otras voces reconocidas comienzan a oírse. Recientemente, la banda Massive Attack anunció que se trasladará en tren durante su próxima gira europea, mientras Coldplay puso en suspenso sus giras hasta tanto no averigüen “la mejor versión posible en cuanto al aspecto medioambiental”, y la banda The 1975 se comprometió a plantar un árbol por cada entrada que venda, para compensar el daño que supone el traslado de tanta gente a sus shows. En tanto, el bailarín y coreógrafo francés Jérôme Bel dirigió su última presentación en el Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) vía streaming, porque hace años decidió dejar de tomar aviones.

La enorme y preocupante contaminación de los aviones se debe a que utilizan y queman combustibles fósiles. “La cantidad de combustible que se usa se reparte por el número de pasajeros, pero no es lo mismo viajar en clase turista que hacerlo en ejecutiva o en primera; se calcula que las emisiones que producís en un vuelo de larga distancia en clase ejecutiva son tres veces más de las que producís en turista. Y si es en primera, cuatro”, ilustra Patricia Himschoot, gerenta de Cambio Climático del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y directora de Asuntos Científicos de la fundación R21. Además, la especialista explica que un vuelo de larga distancia toma más altura, liberando gases de efecto invernadero en una capa superior de la atmósfera en la que es más difícil su disipación.

Algunas alternativas. Ahora bien, ¿cuáles son las opciones si no se pueden destinar 21 días de ida y 21 de vuelta a un viaje en velero? “El tren es uno de los medios de locomoción menos contaminantes, pero siempre y cuando funcione con electricidad, dado que produce menos emisiones que la quema directa de combustibles fósiles, sobre todo en países que tienen una matriz limpia”, explica Himschoot. Este, por desgracia, no es nuestro caso, donde la matriz es sucia y poco renovable. Aquí, de alguna forma, estamos volviendo a los orígenes: “la movilidad más sustentable es paradójicamente la menos tecnológica, como andar a pie o en bicicleta, que tienen bajísimo impacto”, apunta Leonardo Valente, economista y socio de Exponencial Motors e Innobattery, empresas dedicadas a la innovación sustentable.

En este camino, lo más novedoso en el mundo viene por el lado de la movilidad compartida, optimizando trayectos con bicis, motos eléctricas, monopatines y también autos y camionetas (“la propiedad del auto empieza a ser algo cada vez menos valorado”). Y a la vez, asoman las prohibiciones parciales o totales de vehículos alimentados con combustibles fósiles dentro de 5 a 20 años, dependiendo el país.

“Definitivamente es un fenómeno global. China, por ejemplo, desarrolla su industria automotriz a partir de la movilidad eléctrica, con productos muy sofisticados pero también muy accesibles como las motos eléctricas o los microautos que llevan hasta cuatro personas con un consumo mínimo”, detalla Valente. En Estados Unidos se han logrado desarrollos de impacto global como el nacimiento de la marca Tesla, los monopatines compartidos y el universo de apps con Uber a la cabeza, en tanto Europa lleva la delantera en términos de sensibilización, prohibición de vehículos a combustión y normas ambientales.

¿Y qué hay de Argentina? Según Valente, no nos quedamos al margen. “Los sistemas de movilidad compartida son muy exitosos, e incluso de la mano de las motos hace más de 10 años que muchísima gente se moviliza de manera eléctrica. Una nueva generación de productos, más costosos pero también más potentes desde lo estético y las prestaciones, incluyendo motos, monopatines, bicicletas e incluso autos, tendrán un efecto multiplicador en el deseo de utilizarlos”, se entusiasma. La posibilidad de un transporte público más conectado, que con tecnología supere limitaciones económicas como la cantidad de unidades o el tiempo entre cada servicio será fundamental para el cambio de paradigma.

Cómo compensar. Y mientras la tecnología avanza, los consumidores se adaptan. La cantante, influencer y activista Connie Isla relata que cambió su forma de planear los viajes, volando solo cuando es estrictamente necesario y tratando de aunar propósitos.  “Creo que está buenísimo concientizar, seguir cuestionándonos y promover otras opciones que sean menos nocivas, pero la realidad es que todavía no vivimos ni en un mundo vegano ni sustentable ni ético a nivel social y animal. Por eso, pedir cosas tan extremas como dejar de volar en avión por completo es un poco ilógico, porque no hay alternativas para algunos casos”, razona. Con un viaje en carpeta a España en mayo, por estos días declinó una invitación para ir antes, en marzo, por considerar que no tenía sentido esa doble emisión de gases contaminantes. “Trato de medir mis opciones y viajar en avión lo menos posible, pero a veces no hay otra posibilidad. Lo que hizo Greta es solo porque es Greta y puede tomarse ese tiempo y tener acceso a esa variante”.

Marou Rivero, socióloga e influencer, considera los viajes una de las grandes pasiones de su vida, pero se encontró con un conflicto moral al medirse la huella de carbono y descubrir su enorme su grado de contaminación. Por eso, cuando un profesor le comentó sobre la iniciativa de Seamos Bosques, un emprendimiento que propone compensar esas emisiones plantando árboles en la yunga tucumana, le resultó ideal. “Mi huella son 17 toneladas de dióxido de carbono en el año, que significan seis árboles”, detalla. Pero no es cuestión de desentenderse de la responsabilidad una vez hecho el aporte: “hoy también trato de hacer que cada viaje sirva para más de una cosa, mezclando por ejemplo vacaciones con trabajo y formación”, relata.

Seamos Bosques también propone esta compensación para empresas o hasta la realización de eventos, midiendo su impacto ambiental. “Aprovechamos la concientización del cambio climático y cómo la lucha por el medio ambiente está en el centro de la escena, nos capacitamos en medir la huella de carbono con protocolos internacionales y proponemos renovar y enriquecer los bosques y restaurar el ecosistema”, describe Jorge Bellsolá, su creador. Mediante la plantación de 200 o 300 árboles por hectárea de especies nativas que luego cuidan individualmente por cinco años y monitorean por otros 20, aseguran un proceso que no es una acción puntual sino un compromiso a largo plazo. Tal como debería ser el cambio de hábitos en pos de un futuro más sustentable.

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Vicky Guazzone di Passalacqua

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