Tuesday 6 de October, 2026

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Estafas amorosas online: Cuando las relaciones son una trampa

La autora de “Ciberfeminismo” revela cómo funcionan las organizaciones criminales que saquean a las mujeres.

Jackie Crenshaw llevaba cuarenta años trabajando en el área de servicios de salud. Estaba a cargo del servicio de imágenes mamarias en el Hospital Yale New Haven, en Connecticut, y participaba en organizaciones de mujeres sobrevivientes de cáncer de mama. En 2023, a los sesenta años, llevaba diez sin estar en pareja. En ese momento, decidió, por primera vez, introducirse en el mundo de las aplicaciones de citas. Ahí conoció a Brandon, quien se presentaba como viudo y con dos hijos. Establecieron una relación y hablaban varias veces al día. Cuando Jackie decía que tenía hambre, él le mandaba comida a su casa. Rezaban juntos antes de dormir. “Estas personas trabajaban meticulosamente en tus emociones para realmente llegar a vos”, recordó Jackie tiempo después.

Nunca se vieron en persona, porque Brandon siempre daba algún motivo para no concretar el encuentro. Pero la relación parecía auténtica porque había una comunicación continua y muestras de afecto y atención que parecían genuinas; no había duda de que habían construido una intimidad profunda. Pero el detalle es que Brandon no era real, no existía.

Luego de meses de iniciado el contacto, Brandon le dijo a Jackie que había incursionado en el negocio de las criptomonedas durante la pandemia y que le estaba yendo muy bien. Mientras alimentaba una relación de dependencia emocional, la empezó a alentar a ser parte de un proyecto conjunto en cripto. Jackie pidió prestados cuarenta mil dólares de su jubilación y los invirtió en lo que parecía una plataforma legítima. Pronto le llegó un cheque de cien mil dólares, supuestamente sus ganancias, a nombre de una mujer de Florida que no conocía. Jackie lo llevó a la policía porque algo no le cerraba. Allí le dijeron que, en apariencia, la cuenta era legítima y, de hecho, el cheque se acreditó.

 

Ciberfeminismo

 

A partir de ahí continuó invirtiendo. Pidió préstamos hipotecarios, retiró ahorros de jubilación e invirtió hasta perder casi un millón de dólares. La mujer cuyo cheque había llegado primero era otra víctima del mismo esquema, usada para hacer circular dinero entre víctimas de estafa. La policía de Connecticut rastreó los fondos hasta cuentas en Nigeria y China. Brandon no existía. Las fotos pertenecían a la cuenta de redes sociales de otra persona.

Jackie Crenshaw perdió todos sus ahorros y su casa entró en proceso de ejecución hipotecaria, y debe pagar setecientos dólares mensuales en impuestos durante seis años por el dinero de jubilación que retiró influenciada por este vínculo de amor inexistente. A diferencia de otras víctimas de este tipo de estafas, no se dejó ganar por la vergüenza y contó su historia con nombre y apellido, públicamente, en medios de comunicación y ante la legislatura de Connecticut. Desde allí, impulsó una ley para dar a la policía herramientas para recuperar criptoactivos. “Voy de víctima a sobreviviente”, dijo. Cuando le preguntaron si había abandonado la idea de encontrar el amor, respondió: “No, porque tengo mucho amor para dar”.

La historia de Jackie tiene todos los elementos que definen lo que hoy se llama “romance scam” o estafa amorosa digital. Y también desmiente muchos de los estereotipos con que se suele describir a las víctimas: no le faltaba educación formal, no era ajena al mundo tecnológico ni era una persona fácilmente engañable. Era exactamente lo opuesto. Lo que tenía, en ese momento de su vida, era simplemente la esperanza de encontrar un amor. Esa esperanza, en el mundo digital, fue identificada como anzuelo y fue aprovechada por organizaciones delictivas.

 

La industria del engaño afectivo

Hay una historia que se repite con variaciones mínimas en todo el mundo. Una persona recibe un mensaje en una red social, en una de citas o directamente en WhatsApp. El perfil que la contacta corresponde a alguien atractivo, con posición económica sólida en apariencia, que dice trabajar en ingeniería, medicina o en las fuerzas de seguridad, en general lejos de donde vive la persona contactada. La conversación fluye y parece haber un interés genuino, preguntas sobre su vida, mensajes de buenos días y buenas noches, pequeños gestos de atención que se acumulan. En pocas semanas, hay una promesa de encontrarse, un proyecto de futuro compartido. Y después, casi imperceptiblemente, aparece la primera solicitud de dinero o la primera invitación a invertir en una plataforma de criptomonedas que él o ella conoce bien. Cuando la trampa se cierra, la víctima no solo ha perdido dinero o ha sido introducida en el crimen organizado sin tener la más mínima idea de ello. Se pierden meses o años de vida emocional y de dedicación y esperanza afectiva.

El mecanismo de engaño está estandarizado. Hay guiones módulos de conversación. Hay equipos enteros cuya tarea es mantener en simultáneo decenas de “relaciones” en diferentes idiomas. Lo que parece una historia de amor única e irrepetible es, del otro lado, un proceso de explotación criminal con etapas, métricas y supervisores.

Las víctimas de las estafas románticas pueden terminar perdiendo todo su dinero, endeudadas, además de toda la carga emocional y de impacto en su salud mental cuando se dan cuenta de que se enamoraron de alguien que no existía. Como si esto fuera poco, también pueden terminar presas. En 2022, eso le pasó a una mujer estadounidense que fue detenida en la Argentina y a la que aquí llamaremos Lena.

Lena mantuvo durante siete años una relación afectiva a distancia con un hombre llamado Marcus, a quien había conocido en una aplicación de citas. Entre ellos se fue construyendo un vínculo profundo en el que, por primera vez en mucho tiempo, Lena sintió que alguien realmente se interesaba por ella: estaba atento a su salud, recordaba su cumpleaños y se preocupaba genuinamente por cómo se sentía. Llegó el momento en el que Marcus le dijo que, finalmente, iban a poder estar juntos. Pero le pidió que antes de reunirse con él en Escocia, pasara por Argentina a retirar unos papeles de su jubilación y unos medicamentos, además de su dulce de leche preferido. Cuando Lena llegó a la Buenos Aires, Interpol ya había detectado que alguien iba a recibir y trasladar un cargamento de cocaína. Esperaron a que Lena recibiera unos frascos de dulce de leche y envases de shampoo, que pensaba eran para su amor, y la detuvieron en Ezeiza al querer sacar drogas ilegales del país. La detuvieron con casi ocho kilos de cocaína ocultos en sus valijas. La trataron como a una traficante de drogas. A ella jamás se le pasó por la cabeza que estaba siendo utilizada por una red de crimen organizado; ella, simplemente, se había enamorado. Afortunadamente, en la Argentina existe una institución de Defensa Pública que funciona también para migrantes.

 

Celulares

 

Un defensor penal económico asumió su defensa, y con ayuda de la perito psicóloga y la intervención de la Comisión sobre Temáticas de Género de la Defensoría General de la Nación se presentaron los informes que reconstruyeron la trama completa de la vida de Lena: una historia marcada por años de haber sufrido violencia de género, en un contexto de vulnerabilidad psicosocial acreditado con informes psicológicos, sociales y antropológicos. Los mensajes de chat que fueron parte de las pruebas, mostraban cómo Marcus – o quienes se hacían pasar por él- le iba ordenando a Lena cómo guardar los envases con droga. El informe pericial concluyó que Lena se encontraba atrapada en un mecanismo en el que se sentía obligada a retribuir todo lo que Marcus había hecho por ella, “no solo desde el plano material, sino fundamentalmente desde el plano emocional”.

El juzgado la sobreseyó en 2023 porque consideró veraces los argumentos que decían que Lena había pasado a ser el instrumento en el plan de una organización criminal sin estar al tanto de eso. Marcus no era una persona real. Era una identidad digital construida y sostenida durante años por una red cuyo propósito era, entre otras cosas, convertir a mujeres vulnerables en correos humanos de droga.

El caso de Lena es un precedente especialmente relevante en la Argentina y posiblemente uno de los primeros en la región porque permitió leer una relación virtual sostenida mediante manipulación afectiva como parte del mecanismo de captación de una organización criminal. La intervención de la defensa pública con un informe de género permitió no analizar a la imputada solo como una mujer que estaba a punto de cometer un contrabando de drogas: había una historia previa de control emocional, instrucciones progresivas, vulnerabilidad psicosocial y una identidad digital falsa construida para convertirla en instrumento de un delito que no comprendía.

Lo que ocurre con casos como el de Lena es que el sistema de justicia penal, sin perspectiva de género, tiende a concentrarse en el dato material sin reconstruir la dinámica de relaciones digitales que precedió al hecho. La manipulación afectiva digital no siempre elimina por completo la voluntad, pero puede reducir de manera profunda la autonomía real de una persona. La víctima sigue actuando, pero lo hace dentro de un vínculo cuidadosamente diseñado para condicionar sus decisiones, explotar su necesidad de afecto y desplazar su percepción del riesgo. Eso genera, al menos, tres efectos: invisibiliza la captación como forma de explotación, reproduce el estereotipo de la “mula voluntaria” y reduce el análisis al elemento tangible sin examinar el contexto de vulnerabilidad que lo hizo posible. Sin herramientas conceptuales de género incorporadas al marco normativo internacional, los operadores judiciales carecen de los elementos jurídicos y conceptuales necesarios para identificar estos patrones de explotación tecnológica. Hay vulnerabilidades históricas e indefensiones aprendidas que los estudios de género se han ocupado de identificar. Sin esta visión, es imposible entender y mucho menos desarmar las ingenierías de este tipo de estafas y crímenes.

 

Los números de una epidemia silenciosa

Los “romance scams” son una industria global con estructura de empresa, división de tareas, tecnología propia y cifras que deberían espantar a cualquier institución que se tome en serio la protección de derechos.

En 2023, la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC) recibió 64.003 denuncias por estafas románticas, con pérdidas reportadas de 1.140 millones de dólares —la categoría con mayor pérdida media por víctima (dos mil dólares) de cualquier tipo de fraude de impostor—. En 2024, el FBI registró más de 17.900 casos con pérdidas de al menos 672 millones de dólares. Pero estas cifras capturan apenas una fracción del problema: la AARP (American Association of Retired Persons) estima que solo alrededor del 3,6% de los casos se denuncia formalmente. Extrapolando esos números, el daño acumulado podría ser muy superior a las cifras reportadas.

En la variante del “romance scam”, el agresor construye una relación afectiva durante semanas o meses, genera confianza, y luego introduce a la víctima en una plataforma de inversión en criptomonedas que parece funcionar. Las ganancias iniciales son reales o simuladas. La víctima invierte cada vez más, hasta que la plataforma desaparece junto con todo el dinero. El FBI registró un aumento del 600% en las denuncias por esta modalidad entre 2021 y 2023. En algún momento se lo llamó “pig butchering” (alimentar al cerdo para después matarlo) porque no terminaban hasta que los estafadores dejaban a sus víctimas sin un centavo. Interpol formalmente pidió en 2024 que se abandone ese término porque revictimiza: centra la imagen en la víctima siendo “engordada” antes de ser “sacrificada”, en lugar de visibilizar a los agresores y sus métodos. Propuso, en cambio, hablar de estafa romántica o fraude de confianza digital. No es una discusión menor: el nombre que se le da a un delito determina en parte cómo lo ve la sociedad y cómo lo investiga la Justicia. Coincido absolutamente con este criterio de Interpol y elijo hablar de fraudes afectivos o estafas románticas.

 

Citas

 

 

Erin West y el Operativo Shamrock: cuando la ley tuvo que reinventarse

Erin West pasó veintiséis años como fiscal en el condado de Santa Clara, California. Era conocida por perseguir a criminales de alta tecnología en el corazón de Silicon Valley. A fines de la década de 2010 empezó a ver casos en que las víctimas eran personas comunes que habían perdido sus ahorros de toda la vida en algo que parecía una relación amorosa. El punto de inflexión en la carrera de Erin West llegó cuando se encontró con el caso de un ingeniero de software de treinta años que había perdido todo en una estafa romántica de inversión. Allí encontró la oportunidad de investigar a fondo estos temas y trabajar en la recuperación de fondos de las víctimas y alertar sobre las formas de explotación vinculadas a esta metodología de engaño.

West se convirtió en una de las primeras fiscales del mundo en especializarse en la recuperación de criptoactivos para víctimas de este tipo de estafas. Fundó la Crypto Coalition, una red de más de ochocientos agentes de fuerzas de seguridad de todo el mundo, y luego impulsó el Operativo Shamrock -el trébol, por sus tres ejes fundacionales: educar, movilizar, desarticular- para construir una respuesta que ninguna institución podía dar sola. West viajó a Asia para ver los centros de estafa en persona y su conclusión fue contundente: nadie se esconde. Son empresas de escala industrial que operan a plena luz del día.

Muchos de los trabajadores de esos centros son ellos mismos víctimas de trata laboral: llegaron atraídos por ofertas de trabajo bien pagas, les confiscaron los pasaportes al aterrizar y los pusieron a trabajar en jornadas de quince horas ejecutando estafas bajo amenaza de violencia. Small Q, un joven ugandés que West conoció en Entebbe, había llegado atraído por una promesa de trabajo en Tailandia. Lo llevaron a Myanmar. Trabajaba dieciocho horas por día, posando como una mujer joven para construir relaciones online con hombres en los Estados Unidos y Canadá. Le daban cuatrocientos números de teléfono por día y una cuota mínima de sesenta conversaciones activas.

La inteligencia artificial aceleró este fenómeno de manera exponencial. Las redes criminales tomaron modelos de IA y los integraron en softwares diseñados con un solo propósito: ejecutar fraudes a escala masiva. Un trabajador que solo habla chino puede ejecutar un “romance scam” sobre alguien en Brasil porque la IA traduce cada mensaje en tiempo real en más de cien idiomas. Un adolescente sin estudios secundarios puede hacerse pasar por un asesor financiero de Wall Street porque un chatbot lo guía en cada conversación.

 

redes

 

Esto es lo que se esconde detrás de la imagen del estafador solitario enviando mensajes desde su habitación: una estructura criminal transnacional con escala de industria, financiamiento del crimen organizado y la capacidad de victimizar simultáneamente a miles de personas en todos los continentes. El Operativo Shamrock describe con precisión la lógica que hace tan eficiente este tipo de delito: sus organizadores eligieron deliberadamente una modalidad de estafa sobre la que las víctimas sentirían demasiada vergüenza para denunciar. Porque ¿qué tendría

que admitir quien la denuncia? Que se enamoró de una relación que no era real. El temor a verse expuesta en todas sus vulnerabilidades es parte del diseño del crimen, dado que opera como escudo de impunidad.

Esta doble pérdida -el vínculo real con alguien que no existía― es una forma de daño muy difícil de procesar. No es solo una pérdida económica. Es el duelo por una relación que fue completamente real para una persona y completamente falsa la otra. Además de la situación traumática por el engaño y la pérdida, está la vergüenza social de admitir que ocurrió. Aquí vendría bien aplicar la frase que universalizó Gisèle Pelicot: la vergüenza debería cambiar de lado.

Una cuestión de género que el sistema no termina de ver. Los datos sobre “romance scams” muestran algo con consistencia que la narrativa pública tiende a pasar por alto: sus víctimas no son exclusivamente personas mayores, solitarias o con poca educación. Lo que une a las víctimas es estar atravesando un momento de vulnerabilidad emocional en sus vidas. Divorciadas, viudas, personas que acaban de salir de una relación larga, que se mudaron a una ciudad nueva, que atravesaron una pérdida. La vulnerabilidad es una circunstancia y el crimen organizado la explota con precisión quirúrgica.

La FTC (Federal Trade Commission) registró que más mujeres que hombres denuncian haber perdido dinero en “romance scams”. Un estudio sobre cincuenta casos procesados en Nigeria muestra que el 70% de las víctimas elegidas fueron mujeres. Los perfiles de fraude construidos para atrapar a mujeres se ajustan con exactitud a estereotipos de género: hombres con éxito económico, estabilidad, promesas de protección. Los perfiles diseñados para atrapar a hombres, en cambio, proyectan independencia económica femenina o, frecuentemente, elementos de seducción explícita. La ingeniería social de estas estafas es, en su núcleo, una ingeniería de género: explota los roles que la cultura asigna a hombres y mujeres en las relaciones afectivas.

Cuando la víctima es una mujer, el daño se amplifica, además, por el doble castigo social. No solo perdió dinero o tiempo, también se la juzga por haberse “dejado engañar”, por haber buscado afecto online, por no haber visto lo que “debería haber sido obvio”. La misma desconfianza que el sistema de justicia les aplica a las mujeres víctimas de violencia -el ¿y usted qué hizo para provocarlo?— aparece también aquí. El Operativo Shamrock trabaja activamente para desmantelar ese mecanismo: sin quitar la vergüenza de las víctimas, es imposible que denuncien, y sin denuncias no hay datos, sin datos no hay presupuesto, sin presupuesto no hay investigación.

El impacto en la salud mental de quienes sobreviven un “romance scam” es comparable, según múltiples investigaciones, al de otras formas de violencia. Son particularmente dañinos desde el punto de vista emocional porque las víctimas reportan sentimientos de marginación y cambios profundos que dificultan la autorregulación, y en algunos casos conducen a la ideación suicida. Sienten vergüenza, conmoción, rabia, ansiedad, estrés, miedo y depresión, y pueden presentar síntomas similares a los del trastorno depresivo mayor, procesos de duelo y trastorno de estrés postraumático. Es la respuesta a haber construido durante meses o años un vínculo real con alguien que no existía. Se procesan dos pérdidas al mismo tiempo: la parte real -los mensajes que sí existían, la atención que se recibía― y la conclusión de que esa atención nunca había existido porque la persona no era tal.

El daño tiene, además, una particularidad que lo hace más difícil de sanar. En 2024, la Operación Level Up del FBI notificó a 4323 víctimas activas de fraude en criptomonedas e identificó que el 76% de ellas no sabía que estaba siendo estafada. De esos casos, 42 víctimas fueron derivadas a un especialista del FBI por intervención ante la aparición de ideaciones suicidas. […]

 

Ana Correa

 

Ana Correa es abogada, comunicadora y activista por los derechos de las mujeres. Fue una de las fundadoras de Ni Una Menos. Es especialista en Cibercrimen y Evidencia Digital así como en Inteligencia Artificial y Derecho. Es autora del libro “Somos Belén” que fue adaptado al cine y dirigida por Dolores Fonzi. Su último libro publicado es “Ciberfeminismo. La hora de la acción” (Planeta) del cual este texto es un fragmento.

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