COSTUMBRES | 07-01-2020 11:53

Verano adolescente: la moda recargada de tatuajes y piercings

El verano es el momento en que los chicos quieren experimentar con su apariencia. ¿Prohibir o consensuar? Esa es la cuestión.

Pelos pintados, piercings, tatuajes, chicas con vello, varones con uñas largas y pintadas. En verano, con las hormonas en ebullición, más ganas de mostrarse y sin clases en la escuela, el fenómeno avanza a sus anchas y cada vez de un modo más precoz. Las vacaciones del 2019 fueron una puesta a prueba para Verónica, a quien le costó acostumbrarse a que su hija de 16 no se depilara. “Después entendí que, para ella, dejar al natural el vello de las axilas o de las piernas era una bandera feminista. Fue bravo, pero ahora ya me relajé”, explica.

El psicólogo Silvio Gutman encuadra la cuestión: la adolescencia es un momento de búsqueda de identidad y el cuerpo forma parte de esa aventura. “Si no hubiera patriarcado, confrontarían con otra cosa, porque en realidad los adolescentes van contra lo establecido y hegemónico”, dice. Spoiler para adultos: la misión (que por momentos parece imposible) es lograr el equilibrio para dejarlos ser sin soltarles la mano.

Mi cuerpo. La psicóloga Betina Lubochiner señala que no siempre hubo adolescentes –porque hasta mediados del siglo XX, “ponerse los pantalones largos” implicaba asumirse adulto- y que cada época que sí los tuvo, los miró con lupa. “Es que los grandes tenemos miedo al descontrol y nos olvidamos que pasamos por los mismos cambios corporales, por pensar que no íbamos a ser aceptados o tratar de identificarnos con una tribu para sentir seguridad. Porque, sobre todo si tuviste una buena familia, es muy difícil soltar a esos papás y ese es el trabajo que se da en esta etapa de la vida”, explica. Lubochiner y Gutman escribieron el libro “Peleamos o negociamos. Una propuesta diferente para vincularnos con nuestros hijos adolescentes”, donde grafican al cuerpo adolescente como un puente entre lo que fue (el infantil) y lo que será (el adulto). 

Ailín siempre había tenido el pelo castaño hasta la cintura. Por eso, en su fiesta de 15, el comentario generalizado era qué distinta se la veía con la melena sobre los hombros. Había comenzado su transformación: a fin de año, se tiñó de fucsia, después pasó por el verde y luego por el azul. También se tatuó una palabra con la primera sílaba de su nombre y el de sus hermanos, se puso un piercing en el ombligo y volvió a tatuarse, esta vez junto a su madre y eligiendo la misma marca para ambas en un costado del cuello.

Piercings

La psicóloga Elisa Pedersen del centro ADOS (Atención Integral de la Salud del Adolescente) explica que uno de los trabajos psíquicos fundamentales de la adolescencia es apropiarse del cuerpo e ir testeando experiencias que no son parte de las costumbres familiares. Además, se juega el pertenecer a un grupo con ciertos rasgos identificatorios y ser parte de una época social y cultural. “El debate actual gira en torno a derechos, géneros e inclusión y muchas de sus elecciones tienen que ver con la defensa de estas ideas que cobran fuerza y se hacen cuerpo”, afirma la pediatra Maitén Seillant. 

Corre, Lola, corre. Abril llegó del viaje de egresada de séptimo grado con la idea de ponerse un piercing en la oreja, en el ombligo y en la nariz. Su madre negoció: le dijo que sí al de la oreja pero que para los otros debía esperar y estar segura de lo que quería decidir. A la chica la acompañó su papá, quien tuvo que firmar una autorización, y pagó ella con la plata que le habían regalado al cumplir 13. 

Los tiempos actuales tienen una velocidad que apabulla. “Lo que antes se planteaba a los 14, hoy se hace a los 11 o menos, y eso incomoda mucho a los que educan. La bibliografía con la que nos formamos los profesionales queda superada por la rapidez de los cambios”, asume el psicólogo y counselor Andrés Sánchez Bodas. “Lo importante es poder plantearnos quién tiene el deseo de ese pelo, ese piercing, tatuaje, de depilarse o no. Si es un niño o una niña, necesitará de un adulto que primero no le transfiera sus deseos propios”, reflexiona Seillant. Elisa Pedersen marca que la crianza no sólo es cuestión de la familia, sino del contexto en el que está inserta. Y hoy, a los 13 o 14, los chicos tienen voz propia, potente y empoderada. “Entonces, si quieren hacerse un piercing o un tatuaje, se lo van a hacer igual, pero con gente que no sigue la norma y no les pide la autorización de un adulto si son menores de 18 años, como corresponde”, advierte Lubochiner.

Eso es lo que ve Diego Staropoli, de Mandinga Tattoo: “Algunos de 14 años se compran un equipo y se tatúan entre ellos, se hacen un desastre que después vienen a querer arreglarlo. Nosotros no hacemos nada antes de los 16, aunque vengan con autorización de los padres. Lo ideal es que sean mayores de 18”. Para él, el fenómeno se resume en mayor intensidad en menor tiempo: “Esta es una generación más extrema, se hacen mucho de golpe y en lugares más visibles. La cara, por ejemplo, que es una zona elegida por los trapperos. Algunos llegan a tatuarse marcas de ropa. Desde hace dos o tres años, vienen cada vez más jóvenes”, explica.

Tatuajes

Espejo. Ya no sorprenden las melenas o mechones con color fantasía en niños y niñas de 7 u 8 años. Oscar Fernández, director creativo de la peluquería Roho, se ríe al recordar que él “revolucionó” Pinamar en el verano de 1990 cuando, a los 20, se tiñó de violeta y la gente se codeaba al verlo. “Me llama poderosamente la atención que los chicos vengan a hacerse color incluso estando en la escuela primaria. Creo que sienten una atracción por la moda, por la novedad, por diferenciarse del resto”, dice. 

Majo Rivero, colorista de la peluquería Mala, cuenta que, sobre todo en vacaciones, se hacen decoloración en las puntas para poder cortárselas al inicio de las clases. “Suelen traer foto de referencia, habitualmente de algún influencer, y los colores más pedidos son el fucsia y el gris”, agrega.

Sánchez Bodas hace hincapié en que también los adultos están tomados por la imagen y el culto a la eterna juventud, lo que los hace más lábiles en la puesta de límites. Pero no es igual a los 15 que a los 8: “los padres tienen que revisar su posición porque en la infancia aún no está la posibilidad o intención de independencia. Creo que muchos, para evitar la confrontación, asienten en un momento en el que todavía no es necesario”, dice Gutman.  

Lubochiner hace un paralelo: lo que hoy se ve en el cuerpo de ellos, estaba antes (pero encerrado) en las cabezas de generaciones más reprimidas. “Cuando Ailín vino con que quería tatuarse, le dijimos que buscara algo que tuviera un significado fuerte porque iba a ser para toda la vida. Es difícil, hay que tratar de acompañarlos y saber cuándo ceder y cuándo poner un límite, porque si prohibís todo, hacen cosas peores; y si les dejás todo, se ponen piercings o tatuajes por todos lados”, explica su madre. “Si a un chico se lo reprime mucho, se hace un rebelde o un sometido sobreadaptado y si no se le ponen límites, un joven confuso y angustiado que no sabrá qué hacer con su libertad”, concuerda Sánchez Bodas.

Tatuajes y piercings

Si a los 8 años son mechas verdes, ¿cómo suben la apuesta a los 18? Y si a los 15 es un tatuaje, ¿cuánto pasará para que tengan varios más? Maitén Seillant apunta que los tatuajes y piercing merecen el diálogo y abrir un debate que permita considerar muchos aspectos antes de tomar la decisión. Pedersen propone que lo más inteligente no es poner (o imponer) un límite sino ir creando criterios junto con ellos y para eso, aunque conozca las respuestas, sirve más que el adulto haga preguntas desde un lugar de cuestionamiento inocente o ignorante. “La mejor garantía que tenemos para que formen criterios de autocuidado es construir límites claros desde la confianza, la seguridad y la ternura”, afirma. 

Los choques generacionales son parte de la historia de la humanidad pero en este clima social de lo "políticamente correcto", ¿hay en algunos un cuidado exagerado para no ser tildados de retrógrados y asumirse como emblemas de la "crianza en deconstrucción"? “Está de moda la igualación entre padres e hijos pero eso no es cumplir con el rol. Mi experiencia con adolescentes marca que ellos piden 'a gritos' que se los contenga, aunque no sean conscientes de eso”, dice Sánchez Bodas. Para Pedersen, los adultos están desorientados porque el salto fue muy intenso en poco tiempo: de niños como objeto de cuidado a niños como sujetos de derechos. “Hay que flexibilizar las ideas hasta donde uno sienta que puede negociar y que el hijo o hija está en condiciones de aceptar la responsabilidad de sus actos, porque el crecimiento y la libertad van acompañados de cierta responsabilidad”, opina la psicóloga Analía Mitar, directora de Family Hold.

Pedersen recuerda el concepto de “asimetrías recíprocas”, forjado por el psicoanalista Isidoro Berenstein, que sirve de salvavidas en medio del océano. “Se trata de un adulto que regula en una posición distinta, no a la par, y es transformado por ese vínculo. Implica respetar profundamente al niño o adolescente, transformarse con ellos y no abandonar el lugar de adultos cuidadores”. Ni modernosos ni dinosaurios, el desafío es crecer junto a ellos. 

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Valeria García Testa

Valeria García Testa

Periodista.

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