viernes, febrero 21, 2020

CULTURA | 18-01-2020 19:05

Mar del Plata. Por qué no fue una invención de Perón

La verdadera historia del balneario más popular de la Argentina. Pasado de riqueza, ascenso social y cómo se volvió una playa para todos, antes del peronismo.

Consultando los diarios de enero de 1888 nos enteramos de que estaba por abrir sus puertas el primer gran hotel de Mar del Plata, el Bristol Hotel. Construido con materiales espléndidos y detalles de confort en gran parte importados de Europa, habría de hacer posible que la elegancia y el lujo se volvieran compatibles con pasar los meses de verano en las playas del Atlántico. Según anotó un cronista años más tarde “el veraneo en Mar del Plata se ha convertido en un rito obligado y complemento indispensable de la vida aristocrática de Buenos Aires”.

Confortable y selecto, el Bristol Hotel ofreció a la alta sociedad un servicio de primer orden: la iniciación a los usos y costumbres del ocio distinguido de acuerdo a los dictados de los grandes referentes socio culturales de la época, las aristocracias de Inglaterra y Francia. Embarcadas en un acelerado curso de auto-educación, las familias de la elite porteña se inclinaron sin reservas ante la dictadura de los convencionalismos de moda que pautaban la hora del baño, las comidas, los entretenimientos e imponían un atuendo elegante estándar para cada actividad. En 1922, Francisco Granmontagne, un periodista español, al echar una mirada retrospectiva sobre Mar del Plata sostuvo: “No existe en el país un centro que haya tenido mayor influencia que el Bristol en la transformación de los hábitos argentinos. En su comedor, semejante a la nave de una catedral, se iniciaron las formas de la convivencia elegante . Fue apenas inaugurado como una cátedra de refinamiento de las costumbres. Los toscos salían de allí, al mes, transformados, como trogloditas pasados por Versalles”.

Al cabo de unos años, tener una residencia en Mar del Plata se convirtió en una obligación mundana para los ricos de Buenos Aires. En forma simultánea procuraron acondicionar las orillas del mar en sintonía con su estilo de vida ostentoso. Con el aporte de fondos públicos y privados financiaron la construcción de la Rambla Bristol, una obra que, en la época, sobresalió por sus grandes dimensiones y su esplendor arquitectónico entre los balnearios del mundo.  Inaugurada en 1913,  pronto fue conocida como la rambla francesa, era un edificio de 400 metros de largo y 45 metros de ancho, con cabinas de baños y negocios, en el que sobresalía el paseo al aire libre, con vista al mar, que ofrecía la plataforma para un verdadero desfile ceremonial. A las doce de la mañana y a las seis de la tarde la rambla era un ir y venir de gente orquestado por un estricto protocolo. Estos gestos y actitudes estaban pautados  por lo que los círculos encumbrados entendían que debían ser los comportamientos distinguidos en lugares públicos. La sobreactuación de esta puesta en escena tenía un propósito: diferenciarse del talante más festivo y menos acartonado, tan característico de los nuevos veraneantes que al poco tiempo comenzaron a llegar al balneario.

A 400 kilómetros de Buenos Aires, Mar del Plata irradiaba una atracción irresistible como símbolo de la consagración social en la Argentina de entonces. Era esperable que los miembros más afortunados de las clases medias dirigieran su atención a ella. A partir dela primera década del siglo la demanda de vacaciones junto al mar se filtró desde la cima hasta la zona media de la pirámide social alimentada por una aspiración: la persona o la familia que veraneaba en Mar del Plata adquiría con ello un aire de distinción entre sus parientes y amistades Como consecuencia, no hubo esfuerzo o sacrificio al que se negaran para viajar al balneario  y conquistar ese trofeo social.

Nuevos veraneantes. Una nota en la revista PBT de 1907, bajo el título “A la costa a toda costa” describía las vicisitudes de un funcionario público en su esfuerzo por llevar a su familia a Mar del Plata: contrajo hipotecas, soportó peleas con su esposa. La razón: que ella pudiera lucir sus nuevos vestidos en el balneario. Estos tormentosos preparativos en las vísperas del verano –destacaba la revista- eran comunes en la periferia de la alta sociedad donde “el qué dirán tiene más fuerza que una carga de caballería”. Para atender al flujo de estos nuevos veraneantes proliferaron los alojamientos más modestos. Esta metamorfosis del paisaje social y físico trastocó la escenografía del veraneo marplatense. Durante los primeros años su centro de gravedad estuvo ocupado por la figura dominante de los sectores encumbrados; por detrás de ella, en el fondo, se podía vislumbrar un mundo más popular. Ahora ese mundo estaba dando año tras año un paso al frente y ganaba mayor visibilidad.

Esta creciente visibilidad de los nuevos veraneantes introdujo un motivo de preocupación: que Mar del Plata se democratizara. Las voces de alarma se hicieron oír bien pronto. El corresponsal del diario La Razón escribió en 1911: “Hay una perspectiva que no escapa a la observación del cronista y es que, siguiendo su actual desarrollo, Mar del Plata se democratice”.  Hacia 1916 ya no hay dudas: para el corresponsal de Caras y Caretas el vaticinio hecho cinco años antes por su colega se ha cumplido: “Si bien es cierto que a la rambla la frecuentan algunas eminencias sociales, la mayoría de éstas la abandona a la inmensa marea de veraneantes que afluye desde todos los ámbitos. Las elegantes porteñas se refugian en sus lujosas residencias porque temen el arenal movedizo y traidor que forma la superficie social de Mar del Plata”.

Los cambios que estaba experimentando Mar del Plata proyectaron sus efectos más allá de la esfera de la sociabilidad. Gracias a las garantías al ejercicio del sufragio introducidas por la Ley Saenz Peña  se produjo un sorpresivo viraje en el control político del municipio: los comicios de 1920 pusieron a un socialista, Teodoro Bronzini, en su  conducción. Desmintiendo los temores de los antiguos veraneantes ante el surgimiento de la comuna roja, los socialistas no descuidaron la industria del veraneo. Pero le agregaron un nuevo componente. En 1925 formaron una comisión de propaganda y le asignaron la tarea de desvirtuar “el viejo prejuicio que alienta todavía mucha gente según el cual no puede llegar a estas playas sino la parte más rica y afortunada del país”. Para ello lanzaron una campaña en favor de trenes de segunda clase, exhortaron a los hoteles y pensiones a que redujeran los precios e imprimieron miles de folletos distribuidos en todo el país exaltando las ventajas del balneario. Si hasta allí la afluencia de veraneantes había sido el resultado de múltiples decisiones individuales ahora era el objetivo de una política pública, que comportó toda una innovación en la época: hacer que fuese accesible a las aspiraciones de las personas de condición más modesta.

LA CIUDAD BALNEARIA. Los socialistas estuvieron en la intendencia de Mar del Plata unos diez años, hasta  1929 cuando con un pretexto ocasional el municipio fue intervenido. La terminación abrupta de esa experiencia no interrumpió el proceso de apertura del antiguo balneario aristocrático. En 1928 las asociaciones empresarias, comerciales y políticas de la ciudad  fundaron una Comisión de Fomento de  gran gravitación en los años por venir. Su consigna fue cabal expresión de los nuevos tiempos: “Por la Democratización del Balneario”.

Que los tiempos eran nuevos lo certificó un artículo en la revista “El Hogar” de ese año.  En él leemos: “Hace algunos años, si a cualquiera se le hubiese ocurrido hablar del gran balneario argentino como lugar de fraternización democrática, donde se alternan y se confunden las clases sin molestarse, se le habría calificado de tonto… Entonces era idea admitida que Mar del Plata era como una perla ofrecida por el Atlántico a los aristócratas y magnates. Hoy semejante afirmación sería sencillamente absurda. Mar del Plata es el balneario de todos, del potentado y del burgués, del empleado y del obrero”.  Podría discutirse la justeza de este diagnóstico pero sería un ejercicio fútil porque sus efectos eran reales desde la perspectiva del alto mundo social. Así lo hizo saber el lamento de un antiguo veraneante en 1928: “En mis tiempos bastaba asomarse al gran comedor del Bristol para tener una sensación que halagaba nuestra vanidad social. Todos nos conocíamos, cada mesa era como un palco de la vieja Opera. Mar del Plata era nuestra. Hoy, en cambio, cuando arriesgo a pasear por la rambla se me ocurre que estoy en otra parte”.

Reiteremos: que nacía una nueva época lo sabemos al constatar que hacia el final de la década de 1920  varias familias de la alta sociedad abandonaron en favor de los nuevos veraneantes la otrora elegante Playa Bristol e iniciaron el éxodo hacia el sur, instalándose más allá del Cabo Corrientes. Quién encabezó esa forzada mudanza para “evitar”, según nos dice un cronista, “la pleamar de las multitudes que se vuelcan en los tramos centrales del balneario”, fue el presidente Marcelo Torcuato de Alvear, que hizo construir cerca de Playa Grande una residencia para su esposa y la transformó en la avanzada de la nueva zona selecta de Mar del Plata.

En 1932, la comisión que ya aludimos colocó este cambiante panorama en perspectiva y señaló: “Veinte o treinta familias componían la totalidad del mundo veraniego. Hoy por fortuna, los tiempos han cambiado. Mar del Plata se ha puesto a tono con las prácticas democráticas que deben ser la norma de nuestras costumbres. Si todavía subsiste un grupo selecto que se va batiendo en retirada ante el avance igualitario y añora los tiempos de antaño, hoy tenemos en cambio una Mar del Plata pletórica de vida. Hay que llevar al conocimiento de toda la república que Mar del Plata es finalmente accesible a las gentes modestas”.

Obras públicas. Este mensaje tuvo un efecto previsible: la fuerza de las aspiraciones no es independiente de que se las piense legítimas y se las considere viables. En el lapso de 10 años los turistas se multiplicaron por seis. Con este telón de fondo  a fines de la década de 1930 el balneario fue hecho  de nuevo. Quién dirigió esa transformación fue el gobernador conservador Manuel Fresco, admirador de Mussolini y cultor del fraude electoral, quién promovió  un vasto programa de obras públicas que tendría en el engrandecimiento de Mar del Plata su realización más ostensible. Tres fueron sus principales iniciativas. La primera, la pavimentación del tramo de la Ruta 2 entre Dolores y Mar del Plata en 1938; ello permitió que el viaje de los turistas, hasta entonces en tren, se hiciera también en automóviles y ómnibus. La segunda fue la construcción de modernas instalaciones en Playa Grande para ofrecer un lugar de recepción acorde al traslado de la élite veraneante. La tercera fue la más monumental de todas porque tuvo la audacia de borrar el mapa a la Rambla Bristol para levantar en su lugar dos macizos edificios gemelos, el Casino y el Hotel Provincial. Quedó delineada, así, rotunda y magnífica, la nueva postal de Mar del Plata.

 A primera vista pareció convalidar las mutaciones operadas en el paisaje social en los años previos. Sin embargo, a nuestro juicio, estuvo guiado por un proyecto más ambicioso: crear una ciudad balnearia donde todos los sectores sociales hallaran una puerta de entrada y pudiesen compartir el mismo mar y bajo el mismo cielo. El diario “La Prensa” fue bien expresivo al respecto: “El hecho de que puedan convivir cómodamente personas de las más variadas posibilidades económicas es uno de los elementos que le dan a Mar del Plata la categoría de gran ciudad balnearia”.

Esta mirada es del año 1944, esto es, en las vísperas de una nueva gran transformación del balneario, la que vendrá con los años peronistas. Vayamos al final de este período  y démosle la palabra a su creador, Juan Domingo Perón. En 1954, en ocasión de la inauguración del Primer Festival de Cine de Mar del Plata, Perón afirmó: “Hace 10 años visité Mar del Plata y en ese entonces era un lugar de privilegio, donde los pudientes del país venían a descansar los ocios de toda la vida. Han pasado 10 años. Durante ellos esta maravillosa síntesis de nuestra patria aglutina en sus playas al pueblo argentino y, en especial, a sus hombres de trabajo. Nuestro lema fue cumplir también acá. Nosotros no quisimos una Argentina disfrutada por un grupo de privilegiados sino una Argentina para el pueblo argentino.

Peronismo. En el momento en que Perón hablaba a la multitud adicta allí reunida ya había arraigado en ella un relato de la historia del país en el cual el período anterior a su llegada al poder era asociado al predominio de los más ricos y poderosos. Por lo tanto, es probable que pocos de los que lo escuchaban hayan reparado en cuán poco fidedigna era la visión que ofrecía de Mar del Plata a la época de su visita diez años antes. En efecto , para entonces, con la demolición de la Rambla Bristol y el cierre del Bristol Hotel unos años después, los tiempos de la villa balnearia habían sido simbólicamente clausurados , abriendo al  ciclo del balneario de masas.  Durante la década siguiente Perón extendió, por cierto, a través del largo brazo de su política social, el alcance de las vacaciones estivales a más sectores del mundo del trabajo. Pero si quienes aclamaban su discurso hubiesen extendido la mirada hasta los paseos y playas de Mar del Plata habrían comprobado que también exageraba a la hora de apreciar el grado de apertura social del balneario. Todavía habrían de faltar más años y más iniciativas para que los obreros llegaran a representar una proporción mayor entre los argentinos de vacaciones junto al mar. Al respecto es oportuno destacar que, contra una opinión muy extendida, durante los años peronistas hubo sólo cinco hoteles sindicales; estos se multiplicaron recién después de 1955, en particular, luego de la sanción de la Ley de Obras Sociales de 1970 bajo la dictadura del General Onganía, cuando pasaron de 8 a 62.

La principal iniciativa en el campo del turismo social fue la construcción de la Colonia de Vacaciones de Chapadmalal. Ahora bien, cuando se ponen en perspectiva los cambios producidos en esos años, una iniciativa sobresale: el impacto de la Ley de Propiedad Horizontal de 1948, que posibilitó la propiedad de unidades individuales de departamentos. La ley y los créditos del Banco Hipotecario generaron una nueva expectativa: ser propietario en Mar del Plata. Al compás de esa aspiración tuvo lugar un acelerado proceso de renovación urbana, que hizo familiar la presencia del obrero albañil demoliendo a golpes de piqueta. En un corto lapso el setenta por ciento del casco céntrico quedó convertido en escombros: desaparecieron las mansiones de alrededor de la Plaza y la Avenida Colon y en su lugar se levantaron miles de edificios de departamentos para alojar al vasto universo de clases medias. Con la mudanza de la élite veraneante al Barrio Los Troncos en las cercanías de Playa Grande habría de culminar la secuencia iniciada con los conservadores, el desplazamiento de la alta sociedad de sus dominios originales, consolidando el perfil de Mar del Plata como el balneario de todos.

Para terminar, por fin, la trayectoria que a vuelo de pájaro hemos procurado reconstruir nuestra síntesis es la siguiente: convertido en lugar de peregrinación de una mayoría de argentinos, el veraneo marplatense ocupó un lugar emblemático en nuestra historia: fue la confirmación anual de la aspiración a la igualdad social que durante muchas décadas vertebró el desenvolvimiento del país.

por Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre

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