domingo, diciembre 8, 2019

ECONOMíA | 02-12-2019 15:47

La Argentina, un país atrofiado

El ministro de Planeamiento e Industria de La Rioja reclama que el próximo gobierno planifique y ejecuta un desarrollo regional.

El gobierno que asumirá el próximo 10 de diciembre tendrá la misión inexcusable de generar políticas de desarrollo que no solo se orienten a dinamizar la demanda interna y promover las exportaciones para recuperar el crecimiento económico, la producción y el empleo, sino también tiendan a corregir las crecientes desigualdades y asimetrías regionales que impiden el desarrollo integral del país. Las desigualdades y asimetrías regionales constituyen un tópico de primer orden que no puede estar ausente en la agenda política e institucional, si verdaderamente se pretende achicar las enormes brechas de desarrollo que se abrieron, y se profundizan día a día desde los mismos albores de la organización nacional, entre las zonas más y menos favorecidas del país, pero sendas igualmente atrofiadas.

Son ampliamente conocidos los trabajos e investigaciones en diversos campos académicos que dan cuenta del acrecentamiento constante de las disparidades regionales en la Argentina. Ya en la segunda década del siglo XX el reconocido historiador Juan Álvarez, imbuido de un espíritu liberal crítico, cuestionaba en su obra "El problema de Buenos Aires en la República Argentina" (1918) la “macrocefalia porteña”. Años más tarde el economista y sociólogo Alejandro Bunge planteaba en "Una nueva Argentina" (1940) la agudización del desequilibrio económico interregional apelando a la figura de “país abanico”. Más aquí en el tiempo, el economista Juan Llach enfatizaba en "Otro Siglo, otra Argentina" (1997) el agravamiento de las asimetrías regionales que pone en tela de juicio el propio federalismo instituido como sistema de organización política en la misma Constitución Nacional.

A esta altura de los acontecimientos queda claro que en el decurso histórico de los gobiernos argentinos la cuestión regional no ocupó un lugar relevante en las políticas económicas de diversa orientación ni en las estrategias de desarrollo que se intentaron, la más de las veces infructuosamente. La implantación de un capitalismo industrial vernáculo chocó siempre con el condicionamiento de la restricción externa para financiar el proceso de crecimiento y acumulación económica, pero también se vio frenado –y sobre esto los public decision makers han tomado poca conciencia– por los desequilibrios regionales que tornaron ineficaz, precario, cuando no irrelevante el propósito teórico del equilibrio económico.

Pensar la Argentina en su integralidad requiere pensar en sus equilibrios territoriales, no solo para compensar sus asimetrías sino también para descomprimir los cuellos de botella de las zonas centrales que no podrán desarrollarse adecuadamente en tanto se mantenga el subdesarrollo de la periferia. El conurbano bonaerense, subsidiado de facto, con sus secuelas de marginación, hacinación y pobreza extrema, es un ejemplo elocuente de la carencia de políticas sustentables y federales de desarrollo.

El desarrollo de un país no sólo está ligado a resultados macroeconómicos, convergencias tecnológicas y agregados productivos, también está estrictamente vinculado a las oportunidades de realización del sujeto en el territorio y en el colectivo que le ha tocado nacer. Para ello es imprescindible vincular los planos de lo global y lo local en una estrategia de integración macro y microrregional que articule sinérgicamente los factores territoriales, sectoriales y científico-tecnológicos en una acción colectiva concertada con arreglo a fines.

Tal cometido supone la implementación de un conjunto de políticas activas que ponga en juego las ventajas absolutas de índole regional, las ventajas comparativas de carácter natural y las ventajas competitivas de orden técnico, al mismo tiempo que prepare las capacidades sociales, cognitivas, materiales y logísticas para incorporarlas en un vector de desarrollo sustentable. La economía globalizada navega en un mar de incertidumbres y riesgos propios de la sociedad líquida en la era digital, pero aun en esas condiciones se abre una ventana de oportunidad para insertar las economías regionales en las cadenas globales de valor, de producción y de conocimiento en la medida que haya una firme decisión política y una adecuada planificación estratégica.

Federalizar las políticas públicas ya no es una elección, es un mandato histórico, un precepto jurídico, un deber social y un imperativo ético. Pero además, es un acto de justicia, de reparación y de desagravio para las provincias del interior que, en su gran mayoría, antecedieron y fundaron la Nación.

Por Rubén Galleguillo  - El autor es ministro de Planeamiento e Industria de la provincia de La Rioja, doctor por la Universidad Complutense de Madrid y Magíster en Relaciones Internacionales.

por Rubén Galleguillo

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