La nominación de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal por parte de Donald Trump, anunciada a fines de enero de 2026, cayó en un momento sensible: inflación todavía por encima del objetivo, tasas elevadas después de varios recortes, y una discusión sobre el costo de politizar instituciones.
En ese contexto, la reacción más llamativa fue el derrumbe de los metales preciosos. A primera vista parece contraintuitivo, si el mercado teme que Trump domine a la Fed, uno imaginaría más demanda de activos considerados refugio. Sin embargo, el movimiento sugiere que, al menos por ahora, los inversores asignan una probabilidad mayor a una Fed más creíble y menos propensa a una baja agresiva de tasas dictada desde la Casa Blanca.
Nominación y corrección del mercado. Trump nominó formalmente a Warsh para reemplazar a Powell, cuyo mandato vence en mayo, y el proceso debe tener confirmación del Senado. La noticia se interpretó como un giro hacia una figura con trayectoria institucional en lugar de un candidato percibido como más “político”. Ese matiz importó más de lo que suele importar un nombre: el mercado venía con posicionamientos muy cargados en oro y plata, alimentados por incertidumbre macro y por el riesgo de interferencia sobre la política monetaria.
El ajuste fue brusco. Medios financieros reportaron caídas cercanas a doble dígito en oro y del orden del 30% en plata el día del anuncio, acompañadas por un fortalecimiento del dólar.
Quién es Warsh. Warsh llega con un currículo que da tranquilidad a algunos y despierta sospechas en otros. Para una parte del establishment financiero, es una figura conocida y técnicamente sólida.
La clave es que Warsh tiene historial de “halcón” (priorizar inflación y credibilidad) durante la era post-2008, pero en años recientes se lo escuchó crítico de la Fed, más favorable a recortes y adaptable al viento político. Esa ambivalencia hace que el mercado esté menos evaluando qué piensa Warsh y más qué margen tendrá para actuar de manera independiente una vez este sentado en el cargo.
La guerra de Trump con la Fed. La nominación no puede entenderse sin el trasfondo de la escalada política alrededor de la Fed. Dos frentes recientes fueron especialmente corrosivos para la percepción de independencia. Primero, el caso de la gobernadora de la Fed Lisa Cook; Trump intentó removerla del cargo y el conflicto terminó en la Corte Suprema. Segundo, el frente Powell: se lanzó una investigación desde el Departamento de Justicia vinculada a los costos de renovación de edificios de la Fed y fue interpretado como presión política. En ese clima, incluso dentro del Partido Republicano aparecieron señales de incomodidad dado que algunos senadores afirmaron que bloquearían la confirmación de Warsh hasta que se resuelva la investigación sobre Powell.
Que exista “ruido político” no es novedad. Lo novedoso es la institucionalización del conflicto con investigaciones, amenazas y condicionamientos legislativos alrededor del organismo. Para el mercado global, la independencia de la Fed es la parte fundamental del contrato que sostiene la credibilidad del dólar.
El problema de prometer lo imposible. Recientemente Trump elevó la presión sobre el futuro chair de la Fed afirmando que “deberíamos estar en 15%” de crecimiento, sugiriendo que Warsh podría lograrlo. El número es útil como señal política, presionando públicamente por tasas más bajas, pero es problemático como guía económica. Crecimientos de ese orden solo aparecen en episodios sumamente excepcionales como guerra, rebote postcrisis profunda, y fuertes aperturas. Prometerlos puede empujar a políticas procíclicas o inflacionarias si se intenta forzar el dato.
Si el mercado creyera que la nueva conducción perseguirá ese objetivo sin restricciones, oro y plata deberían haber subido por expectativa de inflación y de pérdida de ancla nominal. El hecho de que cayeran sugiere que la lectura dominante fue la contraria, o bien el mercado no cree en el objetivo, o cree que Warsh no lo perseguirá de manera irrestricta.
El crash en metales como señal de confianza. Oro y plata suelen capturar una mezcla de tres cosas: temor inflacionario, tasas reales negativas, y desconfianza institucional. Cuando se reduce cualquiera de esas primas, el precio puede corregir fuerte, especialmente si el mercado venía estirado y apalancado.
La caída posterior a la nominación encaja con la hipótesis de que los inversores ajustaron la probabilidad de una Fed más dura con la inflación o, al menos, más cuidadosa de su reputación. La consecuencia es un dólar más fuerte y la pérdida de impulso del “debasement trade” (la apuesta a degradación de la moneda). Dicho simple, el mercado compró menos el escenario de “impresión y recorte de tasas sin límite” y más el escenario de “continuidad institucional con límites”.
Gobernabilidad y el riesgo de choque. A pesar de que el mercado muestre cierta confianza, no significa que el riesgo político desapareció. La confirmación en el Senado puede convertirse en un campo de batalla, especialmente si se mantiene el clima de presión sobre Powell y si los senadores condicionan los tiempos. Además, incluso si Warsh entra, queda la prueba más importante que es qué pasa cuando la Casa Blanca quiera una cosa y los datos sugieran otra.
En síntesis, el mercado no celebró a Warsh como “paloma” ni como “halcón”. Lo que parece haber celebrado es la posibilidad de que la institución conserve un piso de independencia y que el próximo chair no sea un ejecutor automático de deseos políticos.
*El autor es economista, director de Ingeco Argentina y agente de Bolsa en EE.UU.
por Sergio Rodríguez Glowinski















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