En momentos de presión económica, cuando cada inversión se analiza con mayor cuidado, la seguridad suele quedar atrapada en una paradoja: todos sabemos que es importante, pero muchas veces recién se vuelve una prioridad después de que ocurre un incidente. Mi experiencia de más de dos décadas en el sector me llevó a entender que la seguridad de una empresa no debería pensarse como un gasto asociado exclusivamente a la prevención del delito. Es, antes que nada, una forma de gestionar riesgos y proteger la continuidad de una operación.
Los datos oficiales muestran que durante 2025 los robos a pymes registrados en Argentina descendieron respecto del año anterior y alcanzaron una de las tasas más bajas de la serie histórica reciente. Esto no significa que una empresa pueda desentenderse de sus vulnerabilidades. La estadística nacional describe una realidad general que no necesariamente representa lo que sucede en el perímetro de una planta, en un depósito, en un acceso secundario o frente a un tablero eléctrico sin protección. Y ahí aparece una diferencia que considero fundamental: la seguridad no es un commodity.
El riesgo se diagnostica
No todas las organizaciones tienen los mismos riesgos ni necesitan las mismas respuestas. Una planta industrial no funciona igual que una escuela. Un depósito tiene vulnerabilidades diferentes de las de un banco y un consorcio enfrenta otros desafíos. Incluso dos empresas del mismo rubro y con características similares pueden requerir protocolos diferentes.
Cuando una empresa analiza una inversión en seguridad, la primera pregunta suele ser bastante previsible: ¿cuánto cuesta? Yo creo que la consulta debería hacerse exactamente al revés: ¿cuál es el costo si aquello que querés proteger es vulnerado? Porque recién cuando uno entiende eso puede saber si una medida de seguridad es cara o barata. Estamos acostumbrados a pensar así en otros ámbitos. Pagamos seguros que esperamos no usar. Sin embargo, en seguridad muchas veces esperamos a que ocurra algo para preguntarnos qué podríamos haber hecho antes. Y después del incidente casi todas las medidas parecen baratas.
Uno de los desafíos de quienes trabajamos en seguridad es que, mientras la persona a cargo de la empresa conoce su negocio, nosotros identificamos situaciones de seguridad y riesgos que puede considerar improbables. Cuando advertimos una vulnerabilidad no estamos diciendo que necesariamente vaya a suceder algo. Estamos diciendo que el riesgo existe y conviene evaluarlo. Y no todos los riesgos tienen que eliminarse. Una empresa puede decidir asumir uno si entiende su probabilidad, su impacto y cuánto cuesta reducirlo. El problema aparece cuando ese riesgo se asume sin saber que existe.
Qué se quiere proteger
Antes de pensar en cámaras, vigiladores, alarmas o inteligencia artificial, hay una pregunta más importante: ¿qué es realmente lo que querés proteger? La respuesta no necesariamente es dinero o mercadería. Puede ser la continuidad operativa, la información, la reputación, las personas o, en un complejo residencial, la tranquilidad. Por eso no creo demasiado en las soluciones estándar. Decir que una empresa necesita ocho cámaras o dos vigiladores sin entender primero qué problema queremos resolver es empezar la conversación por el final.
Es clave identificar las vulnerabilidades y volcarlas en una matriz de riesgos. Después se priorizan según probabilidad, impacto y costo de corrección. Un riesgo de alto impacto y bajo costo de solución debería estar arriba en la lista. Muchas mejoras ni siquiera requieren grandes inversiones. A veces son procesos: definir quién puede ingresar a un sector, evitar que varias personas compartan una misma clave de alarma o proteger físicamente el equipo donde se almacenan las grabaciones.
He visto instalaciones con muchísimas cámaras donde el NVR que contiene todas las imágenes está al alcance de cualquiera. Se invirtió en registrar un eventual incidente, pero no se pensó qué pasaría si quien ingresa puede llevarse también el equipo. No es falta de tecnología. Es falta de diseño.
Integrar personas y tecnología
La tecnología aplicada a la seguridad evolucionó enormemente y, sobre todo, bajó muchísimo de precio. Hoy se consiguen en plataformas de comercio electrónico soluciones que hace no tantos años eran muy costosas o estaban reservadas para aplicaciones mucho más específicas. Alarmas, cámaras con analíticas, controles de acceso biométricos, sensores y automatizaciones están cada vez más al alcance de una pyme. Por eso hoy es difícil pensar un servicio eficiente sin integrar personas y tecnología.
Eso no significa reemplazar personas por máquinas. Significa usar cada recurso para aquello que hace mejor. Si una tecnología puede detectar un movimiento, generar una alerta o automatizar un control, tiene sentido usarla para eso. El recurso humano debería concentrarse en lo que requiere criterio, intervención, relación con las personas o presencia física.
También es desacertado pensar que una empresa está más protegida simplemente porque tiene más vigiladores. Si alguien deja una puerta abierta, un procedimiento no se cumple o existe un punto vulnerable sin protección, el sistema puede fallar por allí.
La seguridad se corta por el eslabón más débil. Yo suelo explicarla como las capas de una cebolla: vigilancia, perímetro, iluminación, cámaras, alarmas, controles de acceso, procedimientos y medidas propias del usuario. Ninguna capa vuelve invulnerable al sistema; la superposición de todas va reduciendo el riesgo.
La seguridad nunca puede tercerizarse por completo
Cuando alguien contrata un servicio está delegando determinados componentes de su sistema: un acceso, un perímetro, el monitoreo de una alarma o la operación de cierta tecnología. Pero sigue siendo parte del sistema. Me gusta compararlo con un médico. Puede diagnosticar, indicar un tratamiento e incluso realizar una intervención, pero existe una parte del cuidado que depende del paciente. Si recibe una recomendación y decide no cumplirla, tiene que entender que está asumiendo un riesgo.
En seguridad ocurre lo mismo. Un complejo residencial puede tener un excelente esquema de protección, pero si un propietario se va de vacaciones y deja una puerta abierta o no activa su alarma, hay una capa que desapareció. Ni una empresa privada ni el Estado pueden garantizar que nunca ocurra un hecho. Lo que sí podemos hacer es identificar riesgos y reducirlos.
El valor humano
La tecnología también me hizo valorar más determinadas funciones humanas. En muchos lugares el vigilador termina siendo una especie de concierge: conoce el funcionamiento cotidiano, los movimientos habituales y a sus usuarios. Ese conocimiento no se construye en una semana. Por eso la baja rotación, la capacitación y las buenas condiciones laborales impactan directamente en la calidad del servicio. Quien conoce profundamente un lugar puede advertir que algo que para otro parecería normal, allí no lo es.
La seguridad no es un costo, es una inversión
Es importante incorporar la idea de que la seguridad de una organización no empieza cuando ocurre un robo; comienza mucho antes, cuando la pyme decide conocer sus vulnerabilidades, establecer prioridades y trabajar sobre ellas. La pregunta al empresario no es cuánto quiere invertir. La pregunta inicial correcta es qué quiere proteger, qué riesgos quiere reducir, qué impacto tendría si aquello que quiere proteger fuese vulnerado y cuánto riesgo está dispuesto a asumir.
En segunda instancia, es importante que gente idónea haga un diagnóstico profesional y serio sobre la seguridad de la pyme. La seguridad privada es una actividad regulada; cuando una propuesta es llamativamente más barata que las demás, vale la pena preguntarse qué hay detrás de esa diferencia y cómo puede impactar en la calidad. No hay que contratar lo más caro ni implementar todo de una vez. Pero sí tiene que existir coherencia entre el nivel de protección que se espera y la inversión que se está dispuesto a hacer.
Antes de descartar una medida de seguridad porque parece cara, evaluaría: ¿qué pasa si aquello que se quiere proteger mañana es vulnerado? ¿Cuánto vale lo que se puede perder? ¿Qué costo tiene que se detenga tu operación? ¿Qué impacto puede tener sobre tus clientes, tus empleados o tu tranquilidad?
Muchas veces vas a descubrir que la seguridad no era tan cara como parecía.
Gerente General y Socio de Starseg.
por Guido Bonvissuto
















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