Lunes 6 de julio, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 17-06-2020 11:31

El posmacrismo lucha con su propia cuarentena

El alargamiento indefinido del aislamiento argentino ya desemboca en el escenario electoral de 2021.

Juntos por el Cambio está tratando de salir de su propia cuarentena. Tras la derrota electoral que dejó a Mauricio Macri sin reelección, y con un saldo económico y social decepcionante, la alianza se debía un proceso de autocrítica y depuración que nunca llegó a completarse, interrumpido por el chubasco del Coronavirus. Entre la emergencia que capturó a Horacio Rodríguez Larreta, el desconcierto de su base social ante la pandemia, y el despegue estratosférico de la imagen de Alberto Fernández como piloto de la tormenta viral, el posmascrismo quedó en estado de aislamiento político obligado. Pero el alargamiento de la cuarentena y los tropezones del oficialismo dieron vuelta el humor social, al punto de que ya el 2020 empieza a verse como un mal trago que hay que pasar, con la mira puesta en 2021, donde casi nada será mejor, pero tal vez sí mucho más interesante: hay elecciones.

 

Visto desde el punto de vista del Gobierno, nunca la oposición estuvo tan empoderada al arranque de un mandato peronista. Solo que ese empoderamiento parece enardecer más a su base ciudadana que a su dirigencia, que todavía no logra salir del aturdimiento, el derrotismo y los resentimientos internos que deja cualquier revés electoral de magnitud presidencial. Y la incomunicación: con solo ver en Youtube las sesiones de labor parlamentaria por teleconferencia alcanza para descubrir la deficiencia de diálogo y coordinación al interior de Juntos por el Cambio.

 

El kirchnerismo, lógicamente, trata de meter una cuña para abrir más las fisuras del posmacrismo. Lo hace mediante la seducción pasivo-agresiva sobre el larretismo porteño y, al mismo tiempo, activando su propio Lawfare nac&pop contra la “famiglia Macri”, un poco para bombardear al PRO y otro tanto para embarrar bien la cancha antes de que Cristina Kirchner termine de reordenar la Justicia a su favor. Pero esta jugada oficialista puede salir bien o no tan bien.

 

Solo hay que repasar la historia reciente del operativo antiCFK que alentó buena parte del macrismo durante su gestión. Al principio de la era Cambiemos, golpear a la expresidenta era un deporte nacional catártico que, supuestamente, empiojaba la reorganización peronista y protegía con el dique de la grieta nacional la delicada gobernabilidad PRO. Pero aquel experimento resultó contraproducente, al mantener viva la llama del cristinismo durante la larga travesía por el desierto del despoder.

 

Salvando las distancias, el turno de Macri en tribunales puede también tener efectos ambiguos. Es cierto que el expresidente resulta el chivo expiatorio (y “espía-torio”) perfecto para el desahogo mediático de un país en terapia intensiva. También genera incomodidad en las filas PRO la opción de pronunciarse a favor o en contra de las acusaciones que llueven y lloverán sobre su líder fundador, justo cuando late la cuestión del recambio o no de liderazgos en Juntos por el Cambio. Pero, aunque suene contraintuitivo para el común de los mortales, el asedio oficialista puede funcionar como el antídoto salvador para cualquier oposición recién derrotada, que lucha contra las fuerzas centrífugas de la dispersión y el desánimo: ladran Sancho, señal que cabalgamos. Como en la historia de Don Quijote, la aventura es de locos, pero solo requiere de aquello que a Cristina le sobró: ganas de creérsela.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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