Viernes 14 de agosto, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 17-07-2020 13:18

Fin de ciclo para Alberto Fernández

El anuncio presidencial cierra la primera etapa de respuesta a la pandemia. Se impone un balance más allá de la grieta sanitaria.

No sabemos si a partir de hoy la cuarentena se irá relajando lentamente hasta desaparecer, o si tendremos que volver a aislarnos estrictamente en un par de semanas para frenar nuevos brotes virales, como sucede en el hemisferio norte. Lo que sí sabemos es que el primer ciclo largo de la respuesta argentina a la pandemia está llegando a su fin, y que, con más o menos distancia social, se abre necesariamente una nueva etapa política y económica, que todavía no es pospandémica, pero que ya tiene como prioridad pensar el día después. Y para planificar lo que viene, desde la perspectiva de Alberto Fernández y de sus representados, se impone un balance de lo que fue, aunque no resulte fácil.

Más allá de los fanatismos de la grieta nacional, parece que la estrategia sanitaria oficial no resultó ni tan buena ni tan mala. Mirando al resto del planeta, casi no hay modelos óptimos de respuesta al Coronavirus. Pero tampoco hay casos con encierros prolongados y herméticos que hayan resultado sustentables. La lección global es que minimizar el virus fue un error costoso, como también lo fue relativizar por caprichosa la intolerancia social al aislamiento. Tanto los contagios letales como los límites de la sociedad moderna ante un plan repentino de parálisis colectiva son datos duros de la realidad, no traumas ideológicos ni de oficialistas ni de opositores a ninguna supuesta “infectadura” local o internacional. Somos humanos, y nos enfermamos más fácilmente de lo que nos hicieron creer las expectativas de longevidad que nos vendió la propaganda cientificista. Somos humanos, y necesitamos de los paseos, el trabajo y los abrazos más de lo que la planificación epidemiológica registra como supuestos fuertes en las planillas de Excel.

La prueba de que el abordaje ideologizante de la Covid-19 es falaz e inconducente está en el propio diario argentino de la pandemia. Nadie quiere recordar hoy la paradoja de que, apenas unos meses atrás, la grieta del relato sanitario era exactamente al revés de hoy. El ministro Ginés González García y la tribuna K desestimaban -en público y en privado- el riesgo del Coronavirus en la Argentina, comparándolo con el flagelo del dengue, que sonaba más popular que esa cepa que traían algunos chetos de sus vuelos internacionales. Pero cuando el Gobierno empezó a tomarse en serio la pandemia, en el bando opositor empezaron a dudar de la gravedad del virus, mezclando teorías conspirativas y diagnósticos aislados de expertos anticuarentena que inundan las redes sociales. En ese giro copernicano que afectó tanto a oficialistas como a opositores, se perdió tiempo, atención y recursos que hubieran sido muy útiles para llegar a esta fase con menos costos humanos a futuro.

Pero no fuimos los únicos atontados que confundimos la grieta ideológica con la necesaria reacción social que demandaba la emergencia sanitaria. Demasiados países siguen todavía discutiendo en estos términos binarios, sin ponerse de acuerdo sobre cómo seguir. Mal de muchos, consuelo de tontos. Lo que no parece seguir tan en boga en el mundo es el relato de que el Coronavirus cambiaría mágicamente el capitalismo, desatando una revolución automática que traería justicia social al planeta. Incluso en la Argentina, donde esa idea prendió bastante en la intelectualidad oficialista, empieza a perder fuerza esa convicción, a juzgar por el realismo decepcionado que confiesan los principales columnistas K. Pero no se trata de festejar esa derrota imaginaria, ni de llorarla. Es hora de juntar humildemente los pedazos de un país roto y ponerse a rearmar el rompecabezas.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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