EN LA MIRA DE NOTICIAS | 04-07-2021 00:20

La oposición cachivache

La interna de Juntos por el Cambio le da nuevo aire al Gobierno. El error de discutir el 2023 antes de ganar el 2021.

"¿Y vos para qué querés ser presidente con este quilombo?”, le preguntó Cristina Fernández, en septiembre de 2018, a Felipe Solá, uno de los tantos aspirantes de entonces a llegar a la Casa Rosada como prenda de unidad entre las piezas del rompecabezas peronista. La escena, a la que también asistió Alberto Fernández, fue revelada por el periodista Diego Genoud en su inquietante libro “El peronismo de Cristina".

Con esa pregunta, la ex presidenta hacía su test rápido de candidatos a retomar las riendas del país quebrado que dejaba Mauricio Macri. Pasada aquella decisiva elección presidencial, y a la luz de los errores forzados y no forzados de la gestión albertista, aquella pregunta vuelve a tener vigencia, aunque ahora interpela a la oposición que encabeza, con demasiadas dudas, la coalición macrista derrotada en las urnas. Tantas dudas aquejan a Juntos por el Cambio, que el propio Jorge Macri calificó con crudeza el espectáculo que está dando el espacio que él mismo integra: “Es un cachivache de cara a la sociedad”, dijo el intendente de Vicente López.

Más allá de que las palabras del primo del ex presidente juegan fuerte hacia la interna cambiemita, el término utilizado calza perfecto para etiquetar qué se juega realmente el elenco opositor en esta elección. Según los diccionarios, “cachivache” -una palabra con varios siglos de antigüedad- designa un cacharro viejo, roto y ya inservible; por extensión, se aplica peyorativamente a personajes patéticos, ineptos y, por lo tanto, inútiles. Tanto autodesprecio opositor se refleja en el simple detalle de que, en una de las últimas deliberaciones de Juntos por el Cambio, se debatió la conveniencia o no de cambiarle el nombre a la coalición. Esa idea por ahora fue descartada, para no confundir más a su electorado, que no alcanza a entender cuántos tropiezos más tiene que dar el gobierno de les Fernández para que el liderazgo opositor recupere su autoestima y se concentre en castigar en las urnas al kirchnerismo y no a sí mismo.

¿O será que sienten tan servida la posibilidad de derrotar al Gobierno en las legislativas, que se distraen en la pelea interna por lugares en las listas? Eso podría tildarse como descuido táctico en medio de una elección normal, pero en plena catástrofe sanitaria y económica, no. Es de esperar que la atomización conventillera que desgrana al posmacrismo sea vista por sus viejos y fieles votantes como una especie de abandono de personas, muchas de ellas desesperadas por ser oportunamente vacunadas, o por poder volver a su país luego de vacunarse en el exterior, o por reabrir sus fuentes de ingreso, o por devolverle a sus hijos algo parecido a la normalidad escolar.

Es inevitable y hasta lógico que un frente opositor con tantas figuras candidateables confunda este turno electoral legislativo con la gran votación presidencial de 2023. Y para eso está el mecanismo de las PASO, que teóricamente fue creado para darle cauce a la pulseada entre candidaturas alternativas dentro de un mismo partido. El problema para Juntos por el Cambio es que esa clase de discusión a cielo abierto lleva al gran dilema de la coalición para 2023, que no es tanto resolver si Macri tiene futuro o si debería jubilarse, sino más bien definir qué modelo económico y social de crecimiento planea implementar en caso de regresar al poder. ¿O no planea nada en particular, salvo replicar el “vamos viendo” de Alberto Fernández, pero en versión cheta? Por eso Patricia Bullrich insiste con picardía en que esta elección es para discutir en qué marco institucional vamos a transitar la segunda parte del mandato K: si con cómoda mayoría parlamentaria oficialista, o con un Congreso equilibrado por una oposición potente y unida. Su apuesta es no discutir liderazgos ni planes económicos porque, aunque ella no lo diga, sabe que el posmacrismo tiene poco para ofrecer en ese sentido, al menos por ahora.

Bullrich tiene claro, y deberían tenerlo en cuenta los Randazzo y los Manes de esta campaña, pero también los Larreta, las Vidal y los Lousteau, que hoy conviene esquivar la lúcida pregunta de Cristina, como si se tratara de una trampa mortal para candidatos ansiosos: ¿para qué quieren ser presidentes? Y no vale contestar con obviedades hipócritas. Como dicen los tuiteros: solo respuestas incorrectas.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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