martes, octubre 22, 2019

OPINIóN | 04-02-2019 11:54

Crisis en Venezuela: la hipocresía global

Los posicionamientos respecto a Maduro y Guaidó responden a intereses políticos o económicos y no con la democracia y los DDHH.

"Es un bastardo, pero es nuestro bastardo”, bramó Franklin Roosevelt respondiendo a un reproche por apoyar al dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Esa respuesta quedó marcada en la historia porque su sinceridad brutal contrasta con las hipócritas argumentaciones que constituyen la regla a la hora de justificar posicionamientos frente a dictaduras.

Si Rusia apoya a Nicolás Maduro no es por consideraciones sobre la calidad democrática de su gobierno, sino por la importancia estratégica de poner otro pie (ya tiene uno en Cuba) en el vecindario caribeño de Estados Unidos, contrapesando el cerco geopolítico que las potencias occidentales le imponen desde que ingresaron a la OTAN países que integraron el Pacto de Varsovia. Y si China rechaza la proclamación de Guaidó no es por tener diferencias con su interpretación del artículo 233 de la Constitución bolivariana, sino porque fue Maduro quien firmó montañas de contratos y contrajo una deuda sideral con la potencia asiática.

Por cierto a Trump tampoco le molesta que a Venezuela la gobierne un déspota; lo que le molesta es que no sea “su” déspota, como lo es, entre otros, el príncipe con sangre en las manos que preside la monarquía absolutista saudí.

(Leer también: Crisis en Venezuela: una nueva geopolítica mundial)

El jefe de la Casa Blanca también es un enemigo de la democracia liberal; igual que su admirador brasileño. Es absurdo pensar que a Jair Bolsonaro le molesta que haya dictadura en Venezuela. Lleva 30 años de vida política elogiando al régimen que imperó en Brasil desde el golpe que derricó a Joao Goulart hasta la transición democrática que Tencredo Neves arrancó al general Figueiredo.

A Bolsonaro le gustan las dictaduras si son de derecha y rechaza la de Maduro por ser de izquierda. Si se ofrece para ayudar a tumbarlo, es para cortejar a su ídolo del momento: Donald Trump.

En rigor, la mayoría de los presidentes del Grupo de Lima sobreactúan para agradar a Washington. De no ser así, también se estarían pronunciando, por ejemplo, contra el gobierno hondureño por las caravanas de migrantes que caminan hacia Estados Unidos, huyendo de la violencia y el caos en Honduras. El presidente Juan Orlando Hernández retuvo el poder con una elección fraudulenta, tras perpetrar una manganeta reeleccionista para sortear el límite constitucional, similar a la que había intentado Manuel Zelaya y le costó la presidencia en el 2009.

A esta altura de la historia, nadie debiera dudar sobre las razones de los posicionamientos frente a las dictaduras. Las izquierdas de la región invalidan a Trump en su ofensiva contra Maduro porque apoya al príncipe criminal que manda en Arabia Saudita. Y tienen razón en repudiar ese apoyo. Lo hipócrita es que de Putin no digan nada, siendo tan evidente que el presidente ruso también apoya, sin disimulos ni rubores, a Mohamed bin Salman.

Los intereses geoestratégicos, políticos y económicos siempre guiaron los posicionamientos de los gobiernos frente a regímenes en conflicto. Si fuese por la ideología, China no habría atacado a Vietnam en 1979, ni los vietnamitas hubieran invadido Camboya para aplastar al Khemer Rouge.

Muchos liberales de Latinoamérica mancharon con sangre el pensamiento de John Locke al defender la dictadura de Pinochet, por el hecho de haber sido ultra-libremercadista.

(Leer también: Crisis institucional en Venezuela: dos bandos en combate)

Las argumentaciones de unos y otros para justificar sus acciones y posicionamientos, corresponden a la regla de la hipocresía que siempre imperó en las relaciones internacionales. Pero más allá de los camuflajes argumentales, está la realidad pura y dura. Y en el caso venezolano, esa realidad evidente es que la mayoría de la población se siente atrapada en una oscura pesadilla que ya lleva casi una década.

Sólo las financiaciones en blanco y en negro que hace el chavismo pueden explicar las defensas al régimen y los silencios cómplices con su calamitosa dictadura.

Así como Estados Unidos pasó el siglo XX financiando con becas, auspicios y negocios la adhesión de muchas elites políticas de Latinoamérica, Hugo Chávez usó petróleo y petrodólares venezolanos para financiar la construcción de su liderazgo a escala regional.

En muchos casos, hubo ayudas económicas valorables y, en otros muchos, la compra descarada de adhesiones pagando con la chequera nacional.

Esa práctica continuó con Maduro, a pesar de que la casta burócrata-militar terminó de hundir una economía que flota en petróleo y causar hambre y desolación a las mayorías. Pero a esta altura del desastre, ese hombretón con más talla de monigote que de líder sólo puede comprar, con la abarrotada caja negra del régimen, defensas y silencios cómplices. En modo alguno puede comprar liderazgo regional.

Muchos gobiernos callan en virtud del subsidio petrolero que reciben y muchos otros por los negocios suculentos que la dictadura les inventa en Venezuela, o por la financiación en negro que reciben del riquísimo régimen que empobreció el país por su corrupción monumental y su pavorosa ineptitud.

El Ché Guevara llamaba a crear “dos, tres, muchos Vietnam” pero el chavismo lo que multiplicó en América Latina son los Antonini Wilson. Seguramente, miles de valijas hinchadas de petrodólares venezolanos explican muchos apoyos a un régimen tan visiblemente esperpéntico. Que una intervención norteamericana sería trágica y condenable, no justifica abandonar a los venezolanos a la pesadilla que viven.

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Por eso dejó tanto gusto a poco el tardío pronunciamiento del Papa, en el que volvió a brillar por su ausencia la palabra democracia. Siempre es preferible no decir nada callándose la boca, que no decir nada pronunciando palabras.

La hipocresía de las relaciones internacionales seguirá camuflando los posicionamientos de unos y otros, pero en el mundo son muchos los que entienden algo que sólo el onanismo ideológico impide comprender: no hay dictaduras buenas y dictaduras malas. Lo que hay son dictaduras y democracias.

Las culturas autoritarias de izquierda y de derecha siguen defendiendo dictaduras. Y lo hacen sin la sinceridad brutal con que Roosevelt justificó su apoyo a Somoza.

por Claudio Fantini

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