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Mundo, Opinión / 26 de enero de 2019

Tambores de guerra en Venezuela

Guaidó y Maduro dejaron a su país en la cornisa de la guerra civil. El malestar de muchos militares como factor crucial.

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Se supone que la predicción del futuro de un líder izquierdista debe basarse en la aplicación de la dialéctica hegeliana al análisis de la evolución de los medios de producción desde la perspectiva del materialismo histórico. El marxismo afirmó que el futuro es del proletariado porque la lucha de clases conduce a la abolición de la propiedad privada. Pero Nicolás Maduro no recurre al dogma ideológico que usaban las “vanguardias esclarecidas” para guiar a las masas hacia el porvenir que les describían.

Sobre lo que vendrá, al jefe chavista no lo esclarece el materialismo dialéctico sino el espíritu de Chávez reencarnado en un pájaro, o su proclamada capacidad de viajar al futuro y ver con sus propios ojos el desenlace de las encrucijadas presentes.

Un éxodo de dimensiones bíblicas, la bancarrota de PDVSA y del Estado, la pobreza generalizada y el malestar de muchos militares, parecen un callejón sin salida para el régimen. Al peligro de que el poder militar se parta y un sector intente derrocarlo, se suma el peligro de una guerra contra Colombia (apoyada por Brasil) acrecentado por la masacre que cometió el ELN en la academia policial de Bogotá. Esa guerrilla nacida en 1964 que tuvo en el liderazgo a sacerdotes como Camilo Torres y Manuel Pérez, cuenta con santuarios y fuentes de financiación en Venezuela, por lo que su último acto sanguinario podría ser la gota que colme el vaso colombiano. Pero Maduro fue al futuro y vio que su régimen sobrevivió a todas las encrucijadas. Incluido el relanzamiento de la ofensiva opositora que encabezó Juan Guaidó, al proclamarse “presidente encargado” ante el océano humano que inundó el centro de Caracas, contrastando con la laguna chavista en la que, a la misma hora, Maduro debía chapotear en su fracasado intento de mostrarse dándose un baño de masas.

Tan fuerte y visible era el contraste con la multitud que acompañó a Guaidó, que Maduro canceló su participación en el acto oficialista y el PSUV se abocó de inmediato a organizar una escena más presentable en el Palacio de Miraflores.

Horas después, Maduro apareció en un balcón del palacio presidencial y disparó una velada declaración de guerra al desafío disidente. Comparó la proclamación presidencial que hizo Guaidó con la que había hecho Pedro Carmona durante el golpe contra Hugo Chávez en el 2002. Una comparación que habla por sí misma y que acompañó el ultimátum de 72 horas para abandonar territorio venezolano que lanzó el jefe del régimen contra todos los miembros de la delegación diplomática de Estados Unidos.

El 23 de enero, día en que se cumplió un nuevo aniversario de la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, parece haber marcado un punto de inflexión en la pulseada entre el régimen chavista y la disidencia. Hace exactamente sesenta años caía el teniente coronel que, tras haber participado en el derrocamiento de Rómulo Gallegos, encabezó una dictadura que marcó la década del 50 con las grandes obras que le permitió realizar el alto precio del petróleo, pero también con la proscripción de Acción Democrática y otros partidos de centro y de izquierda, con una ola de represión que abarrotó las cárceles de presos políticos y con un crecimiento descomunal de la corrupción.

Sesenta años más tarde, un joven de 35 años parecía unificar a toda la oposición bajo su liderazgo y, proclamándose “presidente encargado” asumía el riesgo de que el régimen se lance a la cacería para encarcelarlo bajo cargos de sedición.

Minutos después de su discurso de autoproclamación, el gobierno norteamericano lo reconocía como legítimo presidente de Venezuela. De inmediato se sumó al reconocimiento el gobierno de Canadá y, a renglón seguido, hicieron lo mismo los gobiernos de Brasil, Colombia y Perú, además del titular de la OEA, en lo que se perfilaba como una ola destinada a crecer aún más.

Cuando las avenidas de la capital empezaban a llenarse de gente, la Corte Suprema de Justicia había dado los primeros pasos para que Guaidó y la Asamblea Nacional sean declarados en sedición. Y al concluir ese sísmico 23 de enero, reinaba la sensación de que el país caminaba por la cornisa de la guerra civil.

Volver al futuro. Saber el futuro es la carta política más antigua. Los mesías predecían el apocalipsis y se ofrecían como guías para conducir a sus pueblos hacia la salvación. Con el iluminismo, el mesianismo salió del individuo iluminado para habitar dogmas ideológicos que esclarecían a “la vanguardia”. La debacle del comunismo generó utopías regresivas y reciclajes ideológicos de distinta especie. En el nuevo escenario, la vieja demagogia autoritaria embistió contra la democracia liberal desde el populismo izquierdista, desde el populismo nacionalista de derechas y desde el ultra-conservadurismo religioso. El populismo izquierdista de Chávez terminó representado por Maduro y su mezcla de ficción religiosa con realismo mágico para revitalizar su descascarada autoridad.

La pulseada con la oposición se dio primero en las instituciones, después en las calles y ahora apoya los codos sobre las estructuras militares. A la pulseada institucional la oposición la perdió cuando el régimen bloqueó a la legislatura. Y como la rebelión popular fue aplastada por una represión feroz, los opositores llevaron la pulseada a los cuarteles.

Desde que comenzó el nuevo mandato de Maduro, la Asamblea Nacional se proclamó el único poder legítimo porque surgió de elecciones limpias, mientras que la elección presidencial estuvo marcada por las proscripciones, la abstención y el fraude.
Con una importante cantidad de países desconociendo la autoridad de Maduro y con los estragos sociales causados por la crisis, crece la posibilidad de que los cuadros bajos de las fuerzas militares, que no reciben ni migajas de la repartija de lo que produce la asociación con el narcotráfico, las mafias de la depredación minera y el robo a PDVSA, se levanten en armas contra la casta político-militar.

Las fuerzas militares son los únicos pilares que sostienen al régimen. La disidencia interna y la presión externa buscan resquebrajarlos. Si lo logra, Venezuela quedará al borde de la guerra civil. Por eso Maduro dirigió a los militares su discurso para conjurar rebeliones y conspiraciones.

La afirmación de que viajó al futuro y vio que todo saldrá bien, es descabellada, pero no “traída de los pelos”. Lo demostró la asonada de oficiales de la Guardia Nacional, que el régimen logró sofocar en el barrio caraqueño de Cotiza.

Los relatos desopilantes de Maduro siempre buscaron blindar su liderazgo y se inspiraron en los capítulos místicos de la doctrina Juche con la que Kim Il Sung estableció que él y su descendencia tienen poderes divinos. Por caso, el retorno de Chávez convertido en pajaro tuvo dos mensajes: Chávez está presente y ha vuelto a bendecir el liderazgo que le confirió, antes de morir. Pero esta vez no recurrió al blindaje espectral de Chávez. La afirmación de haber viajado “al futuro” y comprobado que su régimen se impuso, parece inspirada en Ray Bradbury.

Probablemente el dictador jamás leyó al genial creador de ficciones literarias, pero uno de sus cuentos habla de un hombre que dice haber creado una máquina con la que viajó al futuro y pudo ver que es un tiempo que merece ser vivido, porque la especie humana pudo superar graves riesgos y creó tecnologías que plagaron la vida de placeres y alegrías.

Otra locura. El derrape delirante de Maduro no sólo parece inspirado en la trama de ese relato llamado “El convector Toynbee”. También parece inspirarse en lo que quiso señalar Bradbury con esa historia: el poder de disuasión que puede tener la mentira.
Sucede que la sociedad a la que pertenecía Bennett Style, el hombre que dijo haber viajado al futuro, estaba abrumada por el desánimo y se había entregado a una abulia angustiada. La descripción del futuro como un tiempo amable que vale la pena vivir la rescató de la angustia paralizante.

Maduro busca un efecto semejante al obtenido por la mentira del personaje de Bradbury. Con su patraña futurista quiere advertir a los militares que quienes, desalentados por la calamitosa realidad venezolana, apuesten a la debacle del régimen y se sumen a conspiraciones para destituirlo, quedarán en el bando de los perdedores, ya que en su visita al porvenir él mismo pudo comprobar que su dictadura subsistirá triunfal.

Como si Trump le dijera al fiscal Mueller y a los demócratas: “más vale que desistan de someterme a juicio político por el Rusia-gate. He viajado al futuro y pude ver que ganaré la reelección y completaré un segundo mandato exitoso y colmado de prestigio”.
La estratagema sería genial de no resultar tan absurda. Maduro puede retener la lealtad militar por muchas razones oscuras, pero difícilmente lo consiga logrando el efecto disuasivo que tuvo la mentira del personaje de Bradbury.