SOCIEDAD | 21-06-2019 16:13

Tener cáncer, no culpas

El riesgo de los discursos que prometen curas a partir de una actitud mental o de ciertos hábitos, sin evidencia científica alguna.

En la pantalla azul, azul cielo, azul mar, se alza la figura de Claudio María Domínguez, sonriente. “Elijo vivir, elijo actuar desde lo que soy", enfatiza. Y asevera: “Esa persona [la que elije] no tiene cáncer, no lo desarrolla, no lo genera. Y si lo desarrolla, o lo hubiese desarrollado, lo quita de su vida. Agarra el toro por las astas, se frena y dice tuve el cuerpo acidificado y lo alcalinizo en este momento”. La sorpresa afuera de la pantalla es total. ¿Depende de mí tener o no tener un cáncer? Domínguez continúa: ¿Cómo lo alcalinizo? Con mis sensaciones, con las cosas que yo merezco (…) Esa persona alcalinizada, oxigenada, no desarrolla una enfermedad tumoral, porque no hay un ambiente ácido que se lo permita, el ácido de la bilis del odio, el ácido de la bilis de la envidia”.

¿Es tan sencillo tener o no tener tumores? La polarización simplificadora, la de creer que la enfermedad es algo generado por la mente y que se fortalece o desaparece por la mera puesta en marcha de la voluntad. Sentirse culpable porque es el propio cuerpo el que daña al cuerpo.

Consultado por NOTICIAS al respecto, Domínguez asegura que su intención no pasa por ahí. “¿Cómo podría decirle a una persona que tiene cáncer que se enfermó por su propia culpa? Qué mal lo debo haber expresado yo si se entendió eso. Lo que digo es que cuando alguien está en la tristeza profunda, en el rencor permanente, lo que logran esas emociones es mellar el sistema inmunológico y eso puede abarcar desde una gripe hasta un herpes”. Y agrega: “Primero hay que ir al médico. No pienso de ninguna manera que una persona deba abandonar el tratamiento”.

(Te puede interesar: La nanotecnología argentina, contra el cáncer y una enfermedad de la pobreza)

El caso de Domínguez es apenas una mínima muestra. Abundan los discursos basados en la expiación de rencores “que se enquistan” y en la toma de aguas milagrosas, nunca verificadas, improbadas. “Hay que tener mucho cuidado con la narrativa hiperresponsable sobre el cáncer. Es esa que tiende a significar que las enfermedades dependen de la mente –describe el oncólogo Ernesto Gil Deza, director de investigación y docencia del Instituto Henry Moore-. No es cierto que las personas alegres no se enfermen, o que las depresivas o irascibles lo hagan inexorablemente”.

Lo que omiten los discursos de este tipo es que el cáncer ha estado siempre con los seres vivos pluricelulares. El cáncer no es una enfermedad contemporánea, ni siquiera es patrimonio exclusivo de los seres humanos: las plantas pueden tener tumores, los tiburones, las serpientes. Todos los cánceres nacen en una alteración genética que conduce a un descontrol del crecimiento celular. Las células desoyen las órdenes de reproducción del organismo, y también ignoran los mecanismos de autodestrucción. Consecuencia: adquieren una capacidad de reproducción casi ilimitada.

(Te puede interesar: Avances contra el cáncer de mama: tratamientos a medida)

Con el tiempo, incorporan capacidades para invadir y destruir tejidos, alimentarse, trasladarse hacia otras zonas del organismo, ocultarse del sistema inmunológico que las combate. A esta evolución se le suman, cual gatillos, una cantidad de agentes tumorogénicos, como los rayos ultravioletas, las radiaciones, ciertos virus, algunos componentes químicos, el tabaco. Cualquier agente capaz de producir mutaciones es cancerígeno, pero el cáncer ni siquiera es singular: se conocen al menos 250 enfermedades con esa denominación.

Transcurren ocho años antes de que un tumor sea aparente; las células malignas pasan las dos terceras partes de su vida sin ser detectadas. Los tumores de cinco milímetros tienen 500 millones de células y los de diez milímetros pesan un gramo. A lo largo de una vida de 70 años, por ejemplo, se producen diez tumores y solo aparece alguno en una de cada tres personas. Un puñado crece y se destruye, otro vuelve a mutar a células normales. En ciertos casos, son detectados por el mismo cuerpo, y destruidos.

¿Y las emociones? “Es cierto que el apoyo psicológico logra que la persona se sienta más equilibrada y con mayor confort. Pero es un riesgo atribuir la palabra cura a una mejoría", advierte Gil Deza. Enseguida admite que el efecto placebo es “exclusivamente humano y muy poderoso, debemos estudiar rigurosamente sus beneficios”. Y concluye: “A todos mis pacientes les pregunto qué quieren saber, les doy información de la situación y del contexto con honestidad pero respetando aquello que prefieran ignorar. Hay que respetar el autoengaño y la negación, si existieran. Y tener cuidado con las expectativas desmedidas”.

(Te puede interesar: La relación entre los lácteos y el cáncer de mama)

La búsqueda de terapias alternativas es un derecho. Pero el punto de no retorno es el de la trampa de quienes hablan solo a partir de creencias que no han sido estudiadas ni probadas, y el del abandono de tratamientos cuyos efectos positivos sí están avalados por la evidencia. Por eso, desde el punto de vida médico no se trata tanto de desestimar creencias ni de cerrar puertas, sino de cuidar que el paciente no corra riesgos o sufra daños por promesas sin sostén. Y, por si fuera poco, cargando con una culpa inventada.

Galería de imágenes

Comentarios

Música

Bambi: "Vuelve a casa"

Espacio Publicitario

Espacio Publicitario