Monday 31 de August, 2026

SOCIEDAD | Hoy 03:25

Ola asiática: consumo en modo oriental

La fiebre por los productos japoneses, chinos y surcoreanos, de comida a series y música.

Oriente fue siempre un territorio remoto para los argentinos, asociado a una cultura antagónica, viajes extraordinarios y restaurantes especializados. Pero hoy esa distancia parece haberse evaporado. Japón, Corea del Sur y China dejaron de ser geografías lejanas para convertirse en una presencia cotidiana.

Su gastronomía forma parte del menú habitual, sus artistas son populares y generan fanatismo, se miran sus series, sus historietas ya moldean las infancias y adolescencias y hasta se incorporaron algunas de sus costumbres. Oriente ya no es solamente un destino, es una estética, un pensamiento, un entretenimiento y una forma de mirar el mundo.

El dato inmobiliario funciona como una primera radiografía del fenómeno. En Buenos Aires se multiplicaron los supermercados y tiendas de productos asiáticos. Hoy, en cualquier barrio, asoman productos con el packaging original y en gran variedad. Un ejemplo concreto es el multiespacio “Full Suerte”, en Avenida Corrientes 1615, pleno centro porteño, donde se ingresa a través de un bar que hace de recepción con máquinas de juegos electrónicos, para luego pasar al supermercado donde sus góndolas exponen la más variada cantidad de productos comestibles y de bazar. Allí se encuentran salsas, comidas precocidas envasadas, bebidas, golosinas, tortas, condimentos y hasta vajilla; todo lo que hasta hace poco era exclusividad del Barrio Chino. También hay productos que funcionan como souvenirs de diseño como las latas de soda Qdol con imágenes de Pokémon, que alcanzan los 6.000 pesos cada una.

Melodías encadenadas. En la música, el fenómeno adquirió una dimensión generacional. BTS, la banda pop integrada por siete adolescentes, dejó de ser un nombre extraño para convertirse en una referencia masiva. El K-pop rompió la barrera idiomática y compite en gusto con las argentinas Lali, María Becerra o los Miranda! Lo que antes eran los Menudo, Take That o Backstreet Boys, hoy son los grupos asiáticos Blackpink, Stray Kids, Seventeen y Twice.

El mismo fenómeno sucede con el cine. Los K-dramas se instalaron en Netflix como una usina narrativa capaz de convertir actores desconocidos para el público local en celebridades globales. Títulos como “Muertos de amor”, “Acaramelados”, “Así aprenderás”, “Sabuesos” y "Belleza verdadera" forman parte de una oferta que se consume con una intensidad que excede la curiosidad. El espectador argentino ya reconoce palabras, platos, códigos y estéticas.

La gastronomía completa este silencioso boom. Buenos Aires cuenta con una oferta cada vez más amplia de restaurantes chinos, japoneses y surcoreanos, desde los clásicos espacios de sushi hasta propuestas de ramen, barbecue coreano y street food. El kimchi, el udon, el bao y el bibimbap dejaron de buscarse en el diccionario y ya son referencias de gustos propios. La K-food incluso comenzó a ser incorporada por grandes marcas y campañas comerciales, una señal inequívoca de que dejó de ser un consumo de nicho. La marca Knorr publicitó en el primer programa de “Popstar” sus noodles coreanos (fideos instantáneos), como otrora hiciera con las sopas sintéticas.

Geishas y samuráis. Pero acaso ningún territorio exhiba mejor esta transformación que el de las historietas. Los antiguos locales de cómics, poblados por superhéroes norteamericanos y revistas argentinas, cambiaron su fisonomía. Hoy el manga y el animé ocupan gran parte de las estanterías y se pasó de colores oscuros, símbolos norteamericanos y remeras de Marvel al tono pastel y el diseño minimalista. Las editoriales amplían catálogos y las comiquerías mutan hacia el concepto “manguería”. Títulos como “One Piece”, “Blue Lock”, “Saint Seiya” o “Dandadan” conviven con reediciones y novedades que encuentran un público cada vez más amplio. Se archivó la furia de Hulk para darle lugar a las minifaldas de las Gyaru.

¿Por qué Asia se convirtió en un faro para la nueva generación de argentinos? Simple: porque ofrece la fantasía de una sociedad donde la tradición convive con el futuro. Templos milenarios junto a trenes de alta velocidad, ceremonias ancestrales atravesadas por videojuegos, y minimalismo estético con una cultura pop exuberante. Una potencia desmedida que transformó la música, televisión, gastronomía, cosmética, tecnología y moda en instrumentos de influencia global. La llamada ola asiática no vende únicamente una tendencia, sino una manera de vivir entre intrigante, sofisticada y exótica.

Oriente dejó de ser una postal para convertirse en experiencia. Y si bien la distancia geográfica nunca cambiará, la lejanía cultural desaparece poco a poco.

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Mariano Casas Di Nardo

Mariano Casas Di Nardo

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