Martes 7 de abril, 2020

MUNDO | 28-02-2020 16:39

Coronavirus: Xi Jinping busca salir fortalecido

China muestra su potencia mientras el mundo tiembla ante la posibilidad de la pandemia.

Nunca habían sido tan grandes las aspiraciones de poder de China. Aun cuestionado por el manejo de la crisis del coronavirus, Xi Jinping no se deja amedrentar:
”Ninguna fuerza podrá detener el progreso del pueblo y la nación china”. El mandatario confía en una salida airosa de su máximo test política desde que asumió como presidente en 2013. Prueba de fuego para la potencia del Estado chino que espera salir reivindicado.

Relato. “Veo un renacimiento de los tiempos de Mao Zedong”, afirma un embajador europeo sobre la nueva ideologización basada en las virtudes “rojas”. Así se pone fin a la máxima del pragmático reformador Deng Xiaoping, según la cual China debía mantener un perfil bajo en política exterior y esperar el momento adecuado. Xi Jinping está convencido de que el momento es ahora.

En el “sueño chino” se enmarca también el gran proyecto de la nueva ”Ruta de la Seda”, conocida bajo la iniciativa “One Belt, One Road”, que tiene como objetivo extender la influencia económica y política de China hasta las regiones del Ártico. Para sus inversiones, China exige la fidelidad –o al menos la aprobación tácita– de los países que se benefician del proyecto.

El historiador chino Zhang Lifan opina que, en la época de Mao, China exportó la revolución, y que la situación actual es muy similar. “Se trata de transformar el ejemplo chino en un modelo global de gobierno”, señala. “El objetivo final es probablemente un imperio rojo global”. Lifan advierte que los valores del Partido Comunista Chino no son compatibles con los de Occidente, y “tarde o temprano, esto llevará a un conflicto”.

Revolución. Muchas de las características de la Revolución Cultural (1966-1976), iniciada por el líder chino Mao, pueden relacionarse con la situación actual, como las  purgas políticas y persecuciones a todos aquellos que no son “buenos” comunistas.

Al igual que entonces, los representantes del partido citan hoy a los directivos de las empresas en sus oficinas para poner a prueba sus conocimientos sobre el pensamiento y la visión del “gran presidente”. Lo mismo se aplica a los periodistas chinos, cuyo carné de prensa está condicionado a la realización de un examen que acredita su lealtad al partido. Un elemento de apriete en tiempos de crisis infectológica. 

Desde que los legisladores chinos aprobaran en 2018 una reforma constitucional que permite a Xi Jinping gobernar de por vida su poder se acrecentó. En el marco de las reformas, se decretó también una nueva ley de supervisión que permite meses de detención e investigación de todos los empleados estatales pasando por alto el poder judicial.

Desde entonces, cada vez son más las personas que no se atreven a hablar abiertamente. 

Ya no son el primer ministro y los miembros de su gabinete quienes gobiernan el país, sino grupos de liderazgo y comisiones del partido en torno a Xi Jinping.

Gigante. Napoleón describió una vez a China como un “gigante dormido”: “Cuando despierte, sacudirá al mundo”. El país en desarrollo se ha convertido en la segunda potencia económica mundial. China no sólo está explotando su creciente fuerza económica y tecnológica, sino que también está llenando el vacío dejado por Estados Unidos con la retirada de su presidente, Donald Trump, de la responsabilidad global. 

“Bajo el liderazgo de Xi Jinping, China se ha convertido en un interlocutor cada vez más duro, especialmente en el transcurso del año pasado”, expresó Kristin Shi-Kupfer, experta de MERICS, instituto alemán con sede en Berlín especializado en el ascenso de la nación asiática en el sistema mundial.

Shi-Kupfer explica que la “dureza política”, especialmente en la persecución de la minoría musulmana uigur y frente al movimiento de protesta en Hong Kong, fue “impactante”. La experta añade que China también utiliza “sin reparos” mercados abiertos, medios de comunicación e instituciones de todo el mundo para sus propios fines: “el régimen chino apenas se ha abierto sustancialmente en el plano económico. En cambio, oprime y lucha contra valores universales, a los que considera occidentales y perjudiciales”.

Rival. Occidente todavía sufre las consecuencias de la crisis financiera de 2008, la pérdida de confianza en la economía de mercado y la democracia, así como por el aumento del populismo, el nacionalismo y la autocracia en muchos países.

En ese marco, Estados Unidos recibe mal parado la pandemia: el gobierno de Donald Trump advirtió sobre la inevitabilidad en la llegada del virus, mientras la enfermedad se extendía por Europa, y Brasil confirmaba la primera infección en América Latina. Y Chad Wolf, secretario de Homeland Security fue vapuleado en el Senado estadounidense al no poder mostrar un plan sólido en el umbral de una crisis de proporciones.

Europa por su parte se encuentra atrapada: seis países anunciaron el martes que detectaron infectados de coronavirus que viajaron recientemente a la región de Lombardía, en el norte de Italia, donde se registró un brote la semana pasada. Entre dos frentes, el Viejo Continente  se balancea entre pedir ayuda a la debilitada superpotencia Estados Unidos, o confiar en la receta de la emergente China para controlar la enfermedad. 

El gobierno de Xi Jinping muestra a su favor un descenso en el porcentaje de casos graves (7.2% del total), tras tocar techo el 27 de enero con un 15.9%, según el portavoz de la Comisión, Mi Feng. El porcentaje era más alto en Wuhan, la ciudad de Hubei donde comenzó el brote, aunque cayó a un 21.6% respecto del máximo de 32.4% el 28 de enero.

“Los esfuerzos nacionales contra la epidemia han mostrado resultados”, insistió Xi, que se mostró en un segundo plano al comienzo de la crisis que se ha convertido en uno de los mayores desafíos políticos en sus siete años al mando del país.

El aumento del apoyo médico y las medidas preventivas en Hubei han evitado más casos graves. Y los casos leves están siendo tratados más rápidamente, evitando que se convirtieran en críticos. El gobierno lo vende como aciertos del régimen: las draconianas medidas y los cerrojos a las 18 ciudades infectadas solo podían llevarse a cabo en un estado con una disciplina comunista.

por Andreas Landwehr

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