Friday 22 de May, 2026

MUNDO | Ayer 22:50

El conquistador conquistado

Las señales de que Donald Trump habría encontrado en China un punto de inflexión que marcaría el final de sus caóticas derivas.

Uno habla lo mínimo indispensable y su rostro desprovisto de  gesticulación parece una máscara infranqueable para cualquier sentimiento o emoción. El otro tiene incontinencia verbal y ha convertido el gobierno de Estados Unidos en un reality show.

Xi Jinping se comunica con dosis ínfimas de frases desprovistas de énfasis y gestos. En cambio Trump habla todo el tiempo y se pronuncia como si fuera un oráculo desquiciado.

El resultado es muy poca información para lo que necesita conocer el mundo sobre los líderes de las dos superpotencias económicas. De uno porque dice poco y del otro porque dice cualquier cosa.

Aunque hizo correr ríos de tinta en la prensa internacional, es poco lo que se sabe sobre lo que se dijeron el anfitrión chino y el visitante norteamericano.

Sin información concreta, en todas las latitudes hubo medios y analistas que coincidieron en recurrir al instrumento conceptual creado por el politólogo norteamericano Graham Allison para explicar el peligro creciente de conflicto que se genera cuando una potencia dominante se desafiada por la irrupción de una potencia emergente.

Muchos analistas recurrieron a lo que Allison llamó “La Trampa de Tucídides”, parangonando el desafío al liderazgo de Estados Unidos que plantea el desarrollo arrollador de China, con las reflexiones del antiguo historiador griego que explicó la Guerra del Peloponeso como consecuencia del temor que generó en Esparta el crecimiento de la riqueza y el poderío ateniense.

En la versión actual del riesgo señalado por Tucídides, los protagonistas están en un sentido inverso al que ocupaban Esparta y Atenas en el razonamiento de quien es considerado el padre de la historiografía científica porque, a diferencia del apego a la mitología con que Homero describió la guerra de Troya, se ciñó estrictamente a la descripción de acontecimientos comprobables en su Historia de la Guerra del Peloponeso.

En la actual “trampa” que determina guerras inexorables, al lugar de la autoritaria Esparta lo ocupa Estados Unidos y al lugar de la democrática Atenas lo ocupa China. Los términos están invertidos porque, a pesar de Trump, el sistema norteamericano aún es una democracia mientras que, con Xi Jinping, China sigue siendo gobernada como lo ha sido a lo largo de su historia milenaria por un aparato de poder verticalista y autoritario.

Con emperadores y mandarines, con el republicanismo nacionalista del Kuomintang, con el totalitarismo maoísta, con el presidencialismo contenido y pro-capitalismo que impulsó Deng Xiaoping, y también con el híper-presidencialismo capitalista de Xi Jinping, China siempre fue gobernada sin Estado de Derecho, ni garantías y libertades individuales y públicas.

La paradoja de la cumbre es que reunió al líder impredecible y autoritario de un estado democrático con el jefe predecible de un poder casi ilimitado.

Quien trata con Xi Jinping trata con un hombre de Estado. Quien trata con Trump trata con un personaje impredecible y desopilante. Sin embargo, el encuentro en Beijing podría ser un punto de inflexión en la deriva trumpista.

El líder republicano puso el mundo en estado catatónico y es coautor de una guerra que generó una crisis energética dañando la economía global. Pero que haya pedido una reunión con Xi y haya viajado a Beijing para ese encuentro, es una señal importante. Una señal con rasgos de resignación: Trump estaría aceptando que no puede doblegar a China con sus aranceles y amenazas.

A falta de información concreta, lo que hubo fueron señales gestuales. Por caso los elogios de Trump a Xi y que, al estrechar su mano, como si hubiera leído en la mirada indescifrable del líder chino un terminante “don’t pull mi hand”, no intentó tironear su brazo como hace con los líderes a los que quiere mostrar más débiles.

Su visita a China podría significar que cayó en cuenta sobre su incapacidad como estadista y comenzó a dejarse guiar. Y no por quienes lo rodean, una pandilla de aduladores fanáticos que son parte del problema, no de la solución.

Posiblemente, una sumatoria de desventuras le abrió los ojos y lo hizo ver la magnitud de sus errores. Sobre todo descubrirse deambulando errático en la guerra con Irán, buscando una salida de emergencia. También que la Corte Suprema le haya arrebatado el uso arbitrario de los aranceles para imponer su voluntad, logrando sólo una situación caótica de la que nadie puede sacar provecho.

De banquina en banquina, es probable que los sacudones le hicieran ver que no es un césar infalible y que su política es un inmenso extravío. Entonces descubrió lo poco que sirve tener un coro de adulones y empezó a escuchar a profesionales conocedores del escenario mundial. El resultado de ese cambio fue recibir a Lula en Washington y buscar en el presidente brasileño el socio sensato y eficaz para enseriar las relaciones norte-sur americanas que no fue Jair Bolsonaro ni lo sería su hijo Flavio.

Algunos en el establishment norteamericano se ilusionan con que haya sido un cambio de percepción sobre sí mismo lo que lo llevó a solicitar una reunión con Xi y viajar a Beijing para resetear su vínculo con el gigante asiático.

Para el mundo sería bueno que deponga la “tentación espartana de someter a Atenas” que armoniza con su ego desorbitado. La contraindicación sería que, a cambio de obtener la luz verde occidental que reclama Xi para someter a Taiwán, Trump acepte dejar de lado el statu quo negociado en la primer mitad de los años ’70 por Chou En-lai y Henry Kissinger, que desembocó en el abrazo entre Mao Tse-tung y Nixon.

Aquel acuerdo que aisló a la URSS, hizo que la isla donde se atrincheró Chiang Kai-shek al ser derrotado por los comunistas deje de ser considerada “China nacionalista” para ser tratada como una “provincia china en rebeldía”, perdiendo su asiento en la ONU. Pero a cambio Nixon obtuvo el compromiso chino de no intentar por la fuerza la reunificación, aceptando que sólo puede ser lograda mediante un acuerdo negociado entre Taipei y Pekín.

Trump parece dispuesto a dejar inerme a Taiwán, cortando la venta de armas para su defensa, como ya hizo con Ucrania para favorecer a Rusia, a cambio de acceder a los yacimientos chinos de tierras raras y de que China lo ayude a salir del laberinto iraní y apoye sus aspiraciones sobre el Ártico canadiense y Groenlandia.

Xi no tendrá problema con eso. En la cumbre tampoco planteó nada sobre Gaza y Cisjordania, ni le importa lo que Trump haga con Cuba, a pesar de los acuerdos entre Beijing y La Habana.

Le importa que Trump deje de causar caos global, que vuelva a haber un orden mundial y que no obstruya la proyección geopolítica que inquieta a Taiwán y también a Filipinas, Japón, Corea del Sur y Vietnam.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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