Domingo 5 de julio, 2020

LIBROS | 07-06-2020 00:39

Con las tropas del Imperio

“Fulgentius”, de César Aira. Literatura Random House, 167 págs. $ 799.

*****Traducido, el nombre en latín del protagonista sería Fabio Excelso Fulgente (o incluso Refulgente). Tiene 68 años. Es general del ejército romano (el antiguo). Está a cargo de 6.000 legionarios duros, entrenados, de élite. Emprende una campaña de represión en una zona clave del Imperio, arisca y rebelde. De paso, el Imperio lo saca de la ciudad central, donde podría molestar. Parece un libro clásico de Aira: tiene un ayudante llamado Lactarius, y un “esclavito” que va entre las patas de su enorme caballo blanco.

Pero el libro es un poco más largo que el promedio reciente de Aira. Y no afloja ni en una sola página. Un poco incómodo y fastidiado, Fulgentius está cansado del matrimonio, de las tareas de su cargo, de sí mismo. Pero hace mucho, a los 12 años nada menos, se vacunó sin saberlo: escribió una tragedia de cuño peculiar. Por eso aprovecha el trayecto entre poblaciones para representarla con elencos del lugar. Ese planteo figura en las primeras veinte páginas, digamos.

Después, la novela levanta vuelo. Primero como novela histórica. Las ideas de Aira sobre las crueldades del Imperio, la corrupción generalizada y aceptada, la moneda (tanto su emisión como su falsificación), el sexo como consumo de la soldadesca, no son juguetonas sino serias, ensayísticas. Pero están expresadas sintéticamente, con frases citables, tan duras y bellas como camafeos. A su vez, Fulgentius es un auténtico personaje que, como le gusta hacer al propio Aira, va y viene, decide y duda, él, no el autor. Con sorpresivos momentos en que el lector ríe a carcajadas o se entristece, sin saber bien por qué, como en los muy buenos libros. Una línea le ha tocado una veta de su interior, y estalla.

Hay momentos memorables. Algunos de varios capítulos, como esa especie de larga vacación quieta a que los obliga el invierno. O la presencia real de lobos junto a una legión Lupina que, sin embargo, se devora uno a la parrilla. Otro momento inolvidable es la carta que le escribe a la esposa, cargada de implacable angustia existencial. Al regreso le tocará llevarse a un falsificador demasiado importante como para eliminarlo en público, y “perderlo”. Con él, recobra el placer de la charla. Tanto que le reenciende la necesidad de seguir aprendiendo, en un plan enciclopédico.

Con la misma magia con que sostiene el todo, sin embargo, al borde de la ilusión y el ridículo, reacciona y reconoce el tiempo, la edad, y el sentido común. El cierre brusco y justo de una obra maestra.

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Elvio E. Gandolfo

Elvio E. Gandolfo

Crítico de Libros.

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