Martes 2 de junio, 2020

LIBROS | 22-05-2020 15:00

Culpables demasiado evidentes

El asesino de policías, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, RBA, 3400 págs. $ 582.

*** y ½. La “serie Martin Beck” es una justamente célebre decena de novelas policiales escritas entre 1965 y 1975 por una pareja sueca de escritores, con rigor nórdico, a razón de un título por año. Cuando ya estaban listas las pruebas de la última, “Los terroristas”, la parte masculina, Per Wahlöö, enfermó y murió, en 1975. Maj Sjöwall, en cambio, vivió hasta abril de 2020, cuando falleció a los 84 años, aunque “no de coronavirus”, según aclaró la familia.

En “El asesino de policías” se insiste en el recurso, ya empleado en el título anterior, “La habitación cerrada”, de entrelazar dos también dos casos. En el primero, una mujer desaparece en Escania, cerca de la ciudad de Malmo. Parece algo fácil, porque cerca de su casa vive el culpable de otra desaparición (contada en la primera novela de todas, “Roseanna”), ahora libre, personaje entre siniestro y “freak”, abusador. Puede llamar la atención que más de la mitad del libro transcurra sin que aparezca el asesino de policías del título.

Cuando lo hace, tiene un sesgo irónico. La evolución de la socialdemocracia, según los autores, ha aumentado las injusticias de la sociedad sueca, y el carácter cada vez más ineficaz y violento de su policía. Eso hace que crezcan la cantidad de armas, y el “circo” mediático. El famoso “asesino de policías” de los diarios es un ladrón menor, sin armas.

En el primer caso, Beck sospecha que el abusador obvio tal vez no sea el culpable. En el segundo, se entera de un caso de enfrentamiento entre jóvenes ladrones y policías que termina en desastre, con saldo final de un muerto y heridos. Él y su eterno compañero Kollberg (que está aún más harto) deducen, porque comparten con los autores la desconfianza por la excesiva facilidad para pegar etiquetas del nuevo jefe nacional, y de los medios, que la tragedia provino más bien de la falta de sentido cruzada de policías demasiado armados y de ladrones.

En ese sentido, por momentos el lector tiene la sensación de que se cargan demasiado las tintas, descuidando en parte la tensión narrativa para dedicarse más bien a la bajada de línea. Por suerte las páginas dedicadas claramente a esa actividad son menos numerosas que las entregadas a narrar cómo es la policía “del interior” en Escania. Envidiable en su todavía relativa pureza ante el modo en que el liberalismo salvaje corroe a la policía capitalina, un buen ejemplo es quien la dirige, el comisario Nöjd, jovial, soltero, aun dispuesto a emplear cierta dosis de sentido común. Admirado, por lo tanto, por su colega Martin Beck, que lo ve actuar de cerca, ya que reside en su casa.

 

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Elvio E. Gandolfo

Elvio E. Gandolfo

Crítico de Libros.

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