LIBROS | 17-12-2019 12:23

"Los hombres son todos iguales": los barrios, el mundo, la muerte común

Los tonos elegidos difieren. Hay cuentos que son memorias, donde seguramente se mezclan hilos reales e inventados.

Es conocido sobre todo como novelista, con títulos como “El equipo de los sueños”, “Springfield”, “Oscura monótona sangre” (premio Tusquets 2009) y “1982”. A ellas hay que agregar la serie policial de Olguín, con Verónica Rosenthal como protagonista. Como cuentista, en cambio, hasta ahora había un solo libro, “Las griegas” (1998).

Eso vuelve aún más impactante el rendimiento expresivo de los once relatos de “Los hombres son todos iguales”. Podía esperarse la fluidez, el sentido preciso para definir lugares, o un oído atento para el diálogo. Pero hay un suplemento esquivo, hasta misterioso, que hace que varios de ellos tengan una estatura infrecuente en el cuento argentino, saturado de diestros ejecutores de la forma.

Los tonos elegidos difieren. Hay cuentos que son memorias, donde seguramente se mezclan hilos reales e inventados. Es el caso de “La chica que miraba a cámara”, que recuerda a una tía “piola”. Aunque cuando la mirada del cuento (y la memoria) se enfoca en ella, demuestra ser mucho más: formadora de adolescentes como el que cuenta, cuando lo fue.

“Ladrones de bicicleta” recuerda algo más que el barrio: la “zona”, según Saer. Alguien vuelve a ella para buscar un antiguo amigo con el que robaban en la adolescencia, ahora para conseguir un arma. Habrá una literal “prueba de fuego”, cruel y amarga.

“Fin de semana” ejerce un corte. Describe un personaje descoyuntado, liquidado por el estrés del trabajo digital, que da una serie de zigzagues difíciles de seguir pero fascinantes en su propio vacío.

“Una casa frente al mar” es una de las obras maestras del libro. Sigue a tres vidas difíciles, resbaladizas, que terminan unidas en un núcleo familiar peculiar, de vínculos fuertes. Los años pasan. La fuerza con que la aparición común, médica, repetida de la muerte cierra la garganta del que lee, hace que se vuelva una sensación inolvidable.

“El hijo de la adivina” regresa a la “serie negra” de la vida cotidiana, entre “bullyngs” y finales hiperviolentos y secos. El barrio suburbano suele ser así, duro e implacable, aunque después se lo recuerde con nostalgia.

 “Recetas” es otro gran relato, en una categoría poblada: la agonía del padre. Lento y matizado, dolido, gira alrededor de una parrilla y el arte de asar. Incluye en el pasado una historia común de abandono (y otra de regreso, también cotidiana), de desencuentros y rencores. Pero el estilo de Olguín logra que lo cotidiano y doloroso se vuelva experiencia propia en el lenguaje.

Calificación: ****
“Los hombres son todos iguales”, de Sergio Olguín. Tusquets, 180 págs. $ 605.

 

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Elvio E. Gandolfo

Elvio E. Gandolfo

Crítico de Libros.

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