Tuesday 22 de September, 2026

SALUD | Hoy 13:26

La edad que elegimos: claves para vivir más y mejor

La Licenciada en Nutrición María Cecilia Ponce explica cómo la alimentación, el movimiento, el descanso y los vínculos pueden ayudar a construir una longevidad saludable.

Durante mucho tiempo, envejecer fue entendido como un proceso inevitable frente al cual poco podía hacerse. La edad cronológica parecía marcar el destino del organismo y las enfermedades asociadas al paso del tiempo aparecían como consecuencias naturales. Pero la longevidad saludable propone otra mirada. No se trata solamente de vivir más años, sino de llegar a ellos con autonomía, vitalidad y calidad de vida. Esa es la premisa sobre la que María Cecilia Ponce, Licenciada en Nutrición especializada en nutrigenética y longevidad saludable, construye “La edad que elegimos”, su nuevo libro publicado por Editorial El Ateneo.

La propuesta parte de una pregunta sencilla pero decisiva: ¿qué edad estamos construyendo con nuestras decisiones cotidianas? Ponce plantea que la alimentación, el movimiento, el descanso, el manejo del estrés y los vínculos forman parte de un mismo sistema. El objetivo no es perseguir una juventud permanente, sino comprender qué necesita el organismo para atravesar el tiempo en mejores condiciones. El libro tiene 144 páginas y propone una guía para trasladar el conocimiento científico a hábitos posibles y sostenibles.

La primera parte aborda qué significa vivir más y mejor. Allí diferencia la edad cronológica de la edad biológica y plantea una nueva manera de observar el envejecimiento. La segunda se interna en la biología del paso del tiempo, los cambios celulares y las llamadas marcas biológicas del envejecimiento, entre ellas tres procesos que ocupan un lugar central en la propuesta de Ponce: inflamación, estrés oxidativo y glicación. También analiza la relación entre genética y ambiente y el papel de la epigenética, es decir, la manera en que determinados factores del entorno pueden influir sobre la expresión de los genes.

Pero la nutrición también adquiere protagonismo. Para Ponce, comer no significa únicamente incorporar calorías, proteínas, grasas, vitaminas o minerales. El alimento también funciona como información. Determinados componentes pueden participar de mecanismos biológicos vinculados con el envejecimiento. Entre ellos aparecen los polifenoles, los epinutrientes, las sirtuinas y la restricción calórica, además del ayuno entendido como una pausa que puede formar parte de determinados patrones alimentarios. La autora propone, sin embargo, que estas herramientas sean comprendidas dentro de un contexto general de hábitos y no como fórmulas aisladas.

El cuidado del intestino ocupa otro capítulo fundamental. La microbiota intestinal, ese complejo ecosistema de microorganismos que convive con el organismo, interviene en procesos metabólicos y mantiene una relación estrecha con la salud. Ponce analiza su influencia sobre el metabolismo, la permeabilidad intestinal y la inflamación asociada al envejecimiento, y plantea la necesidad de nutrirla mediante una alimentación basada fundamentalmente en comida real.

La recomendación alimentaria apunta a reducir aquello que favorece la inflamación, la glicación y el estrés oxidativo. Ponce propone priorizar alimentos naturales y limitar los ultraprocesados, los excesos de azúcar y aquellos productos cuya composición favorece un patrón inflamatorio. En declaraciones recientes, explicó que para reducir la glicación resulta conveniente combinar proteínas, fibras y grasas en las comidas y caminar después de comer. Para modular la inflamación, señaló la importancia de incorporar fuentes de omega 3 y disminuir azúcares y ultraprocesados.

No se trata, por lo tanto, de construir una dieta restrictiva, sino de modificar la calidad de aquello que llega al plato. Frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado y lácteos forman parte de un patrón alimentario asociado con menor riesgo cardiovascular. Un estudio internacional que analizó datos de 245.000 personas en 80 países destacó precisamente esos grupos de alimentos como componentes de una alimentación saludable. En ese contexto, Ponce había advertido que una dieta rica en azúcares, pobre en fibras y cargada de productos industrializados puede favorecer procesos inflamatorios.

Pero “La edad que elegimos” no convierte a la nutrición en una respuesta única. El cuarto bloque del libro incorpora fuerza y movimiento y presenta al músculo como un órgano determinante para la longevidad, por su relación con el metabolismo y también con la función cerebral. Después llegan los ritmos biológicos, el sueño y el estrés. No dormir adecuadamente puede alterar las hormonas que regulan el apetito y la saciedad, mientras que el estrés sostenido puede modificar el metabolismo y dificultar una adecuada regulación de la alimentación.

La mirada se completa con aquello que suele quedar fuera de las dietas. Los vínculos, las emociones y los pensamientos. La autora propone entender que el cuerpo no funciona separado de la vida cotidiana. El descanso, la actividad física, la alimentación, el entorno emocional y las relaciones sociales interactúan permanentemente.

La intención es que la longevidad deje de ser una preocupación reservada para la vejez y se convierta en una construcción diaria. Ponce, que cuenta con más de veinte años de experiencia clínica y dirige el Diplomado Universitario en Longevidad Saludable y Calidad de Vida de la UBA, sostiene un enfoque que combina nutrición personalizada, prevención y conocimiento científico.

En definitiva, “La edad que elegimos” no promete detener el tiempo. Propone aprender a acompañarlo. La edad cronológica seguirá avanzando, pero la calidad de esos años también estará determinada por aquello que se come, la forma en que se descansa, cuánto se mueve el cuerpo y cómo se construyen los vínculos. La longevidad, en esta perspectiva, comienza mucho antes de que aparezca la palabra vejez: empieza cada día, en las decisiones que pueden cuidar el cuerpo que vendrá.

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