OPINIóN | 18-07-2020 13:06

26 años del atentado a la AMIA: no bombardeen Buenos Aires

A casi tres décadas sin esclarecimiento del atentado, todo indica participación internacional, pero también una agobiante sensación de una mafia local ramificada a todos los niveles.

Durante años, muchos argentinos tuvimos la sensación de que aprendimos con sangre, que la política internacional no tiene un fuero contencioso administrativo, donde las disputas entre dos partes, se resuelven civilizadamente, con algún marco jurídico de por medio. Más cuando ellas involucran intereses difícilmente compatibles, donde participan contendientes con poderes desproporcionados. Escenarios de guerra asimétrica. Puntualmente, pensamos que los atentados a la embajada israelí en 1992 y a la Asociación Mutual Israelita Argentina AMIA en 1994, formaron parte de una trama donde nuestro país, por primera vez en su historia, entró como objetivo estratégico, en el marco de una contienda impulsada por organizaciones terroristas internacionales, con el objetivo de golpear a dos socios de Estados Unidos. Era la década del 90, los tiempos de las relaciones “con carnalidad”, Guido Di Tella dixit, del envío de fragatas a la Guerra del Golfo y un peso, un dólar.

“Se non è vero, è ben trovato”. “Si no es verdad, está bien concebida”, viejo proverbio italiano. Todo indicaba que esos terribles atentados, in memoriam a sus víctimas, fueron parte de esa urdimbre geopolítica. No obstante, casi tres décadas, sin esclarecimiento exhaustivo de ambos sucesos, deja muchas dudas flotando en el aire. Más aún, el informe publicado por la Unidad Especial de Investigación del Atentado a la AMIA, creada por la administración Macri en 2016 y disuelta en 2018, alude a “una red de promiscuidad de negocios ilícitos apenas ocultos”, “maniobras de encubrimiento”, “actuación del Estado argentino lejos de ser efectiva”, “tráfico de armas”, así como a la vinculación de esos ataques, con una serie de eventos de aquella época. Desde el crimen del Brigadier Echegoyen en 1990, la quiebra del BCCI en 1991, la voladura de la fábrica militar de Río Tercero en 1995, la aduana paralela y el accidente de un helicóptero del Ejército en el Campo de Polo en 1996, entre otros.

En definitiva, dentro del reporte de la Unidad AMIA conducida por el ex senador Mario Cimadevilla, no hay ningún elemento que acredite, en forma fehaciente, la factura material extranjera de los atentados. Al menos, en un pie de igualdad con los atentados a las Torres Gemelas, donde los registros de los aeropuertos, más algunas pistas locales, certificaron la identidad de cinco terroristas. Satam Al Suqami, Abdulaziz Alomari, Waleed Alsheri, Wail Alshehri y Mohamed Atta. Inclusive, ni siquiera resulta equiparable a ataques con modalidad coche bomba, como el World Trade Center en 1993, donde confirmaron la intervención de Mahmud Abouhalima, Ahmad Ajaj, Nidal Ayyad, Eyad Ismoil, Mohammad Salameh y Ramzi Yousef. Ello no le quita verosimilitud a las hipótesis de participación extranjera en los atentados argentinos, sea por parte  de grupos palestinos, expertos iraníes, libaneses o Hezbollah. Pero, de ser así, dentro de un rompecabezas con una conexión incierta entre las piezas.

Si quedan enormes interrogantes con la lectura del Informe Cimadevilla, el reciente documental sobre el fiscal especial de la causa AMIA, Alberto Nisman, no hace más que amplificarlos. En particular, la película realizada por Justin Webster para Netflix, tampoco deja en claro la autoría material de los atentados. Al día de hoy, lo más firme está referido a Hezbollah y la participación de parte de la cúpula iraní de la época, aún con pedido de captura internacional. De igual manera, la alusión a una tenebrosa red local de negocios delictivos, con conexiones profundas al máximo nivel del Estado y de sus fuerzas de seguridad. En ese aspecto, el clamor de no bombardear Buenos Aires, in honorem Charly García, todavía no encuentra destinatarios nítidos. Ahora bien, que el análisis político no sirva para encontrar a responsables materiales, no quiere decir que no sea de utilidad para identificar una trama de época posible. Por lo menos, con la seguridad que si no es cierta, esté bien pergeñada.

En primer término, si algo caracterizó a Argentina a lo largo del siglo XX, fue su ambigüedad y sus permanentes zigzags, con relación a los alineamientos políticos internacionales. Las divisiones internas explican, en gran medida, la postura de neutralidad sostenida por Hipólito Yrigoyen, in memoriam, durante la primera guerra mundial. De igual modo, la posición de la saga de presidentes inaugurada por Roberto Ortiz y clausurada por Edelmiro Farrell, respecto a la segunda gran contienda. La presión de la comunidad alemana e italiana en Argentina, las simpatías germanófilas y la presión británica por mantener el abastecimiento de alimentos por fuera de los fogonazos de la guerra, entre otros argumentos válidos. En cualquier caso, resulta útil rescatar que la tercera posición, sistematizada unos años después por Juan Domingo Perón, tiene cimientos históricos sólidos. Lo verdaderamente inédito, fue la adhesión de Carlos Menem al liderazgo de Estados Unidos, “con carnalidad”.

El amigo de mi enemigo es mi enemigo. Tenía profunda lógica, que un país que daba semejante paso en su política exterior, pasara para muchos países árabes a formar parte del Eje del Mal, compuesto por las potencias angloparlantes y uno de sus socios regionales predilectos, Israel. Ahora bien, a la hora de indagar acerca de la procedencia de los bombardeos sobre Buenos Aires, hay que partir de un principio básico de la petropolítica. Con el precio del barril de petróleo, la principal fuente de riqueza de Medio Oriente, en un nivel cercano a la crisis de 1973, U$S 20 versus U$S 17 actualizados, los enemigos de Estados Unidos, al igual que de los países con gran dependencia de los combustibles baratos, crecieron tan fácilmente en la región, como los hongos en condiciones ideales de alta humedad y temperatura. Como para armar una larga cola a lo largo del Río Nilo. En especial, ello vale para cualquiera de los países integrantes del podio petrolero mundial, Arabia Saudita, Irak, Irán y Emiratos Árabes.

Tal situación, no hace más que resaltar la falencia garrafal argentina, en cuanto a la prevención de amenazas esperadas. Más aún, dentro de un contexto geopolítico, tipificado por un mundo árabe sufriendo un ciclo bajista del petróleo que, ¡oh casualidad!, acabó con los atentados a las Torres Gemelas en 2001. Que Argentina no haya podido activar las alarmas de precaución oportunas e involucrado a los organismos correspondientes, deja a estos ataques en una nebulosa, donde todo es posible. Hezbollah, Irán, la mano de obra local, la pista siria, los intereses locales oscuros con ramificaciones al máximo nivel del Estado argentino, entre otras. Es la impresión que deja el Informe de la Unidad Especial AMIA. Lo que sí está más claro, es lo que revela el análisis político. Argentina adhirió a un juego político internacional, con tanta liviandad y desacierto como en el terreno económico. Petróleo barato activa máxima amenaza terrorista, para sus beneficiarios y aliados. ABC de la petropolítica.

(*) Daniel Montoya, Analista Político y Consultor Estratégico, @DanielMontoya_

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