Domingo 26 de septiembre, 2021

OPINIóN | 03-08-2021 14:30

Cierre de listas: Políticos en busca de un lugar

La política es un deporte brutal, a menudo canallesco, ya que para muchos lo que está en juego es su propio futuro como integrante de una especie de asociación de ayuda mutua.

Aún más que en otras partes del mundo, aquí la política es un deporte brutal, a menudo canallesco, ya que para muchos lo que está en juego es su propio futuro como integrante de una especie de asociación de ayuda mutua que ha sabido protegerse mejor que cualquier otra entidad colectiva de los desastres que han provocado estragos al resto de la sociedad. Ni siquiera le ha perjudicado una pandemia devastadora en que han muerto más de cien mil personas, se han hundido miles de pymes dejando sin trabajo a una cantidad enorme de empleados y se ha desplomado la economía negra de que tantos dependen. Son calamidades que han llevado a la jibarización de los ingresos y los sueños de un segmento sustancial de la clase media y el abandono a su suerte de una generación de jóvenes justo cuando en el mundo está aumentando muchísimo el valor relativo de la educación. Hasta ahora, la gran mutual política ha permanecido alejada de tales desgracias. Hace veinte años, algunos fantaseaban con verla reemplazada por otra capaz de atenuar los problemas más urgentes del país, pero pronto se dieron cuenta de que la clase política existente tenía raíces más profundas de lo que les gustaba creer. Felizmente para ella, merced a la larguísima crisis socioeconómica son cada vez más los que, por motivos comprensibles, prefieren prolongar el statu quo a correr los riesgos que, temen, les supondría un esfuerzo decidido por reordenar el país. Entienden que, como dijo Confucio, es mejor enseñar a los pobres a pescar de lo que sería darles pescado, pero no pueden darse el lujo de pensar en el largo plazo.

Aunque el proceso electoral que acaba de entrar en una fase más intensa entraña riesgos para quienes viven de la política porque no es de su interés hablar con franqueza acerca de lo que tendrían que hacer para que sean menos alarmantes las perspectivas ante el país, pocos parecen preocupados por lo que podría suceder. La mayoría no cree en lo del “estallido social” inminente -lo que en vista de que muchos se habían acostumbrado a advertir sobre dicha posibilidad cuando la situación era menos grave es un tanto raro-, antes bien confían en que las vicisitudes de las internas de las distintas agrupaciones mantengan distraída a la población por un rato, lo que les permitiría dedicarse a asuntos que les parecen más importantes que el destino de un país que hace poco los mercados, respaldados por los gobiernos del mundo desarrollado, condenaron a vivir con lo suyo hasta nuevo aviso.Si bien sólo se trata de una etapa preparativa, ya que las auténticas elecciones están programadas para el 14 de noviembre, la que se inició la semana pasada con el cierre de listas para las PASO servirá para reducir el número de aspirantes a los cargos disponibles y también para medir el poder e influencia de quienes estarán en condiciones de repartirlos. No se trata de un detalle menor.

Abundan los hombres y mujeres cuya ubicación ideológica depende más de sus contactos personales que de sus hipotéticas convicciones y que operan en política por razones laborales. Por lo tanto, sorprendería que los enfrentamientos verbales apasionados que nos aguardan en las semanas próximas ayudaran a producir propuestas concretas del tipo que el país necesita. Para muchos será más que suficiente gritar “¡Macri!” o “¡populismo!” sin que se sientan obligados a arriesgarse diciendo otra cosa.

Como pudo preverse, los interesados en el armado de las distintas listas del Frente de Todos (o Todes) están procurando calcular cuántos incluidos se deben a las presiones de Cristina y cuántos a las de Alberto. Aunque no es del todo fácil averiguar los vínculos de cada uno, el consenso preliminar es que en el tira y afloja el presidente formal salió bastante bien, puesto que no se vio obligado a sacrificar a Santiago Cafiero que ciertos ultrakirchneristas querían tener como candidato en la provincia de Buenos Aires no porque lo consideraban capaz de conseguir un montón de votos adicionales sino porque esperaban colocar a uno de los suyos como Jefe de Gabinete, y aseguró que la cabeza de lista sería una presunta aliada suya, Victoria Tolosa Paz. Parecería que Cristina lo aceptó porque le permitiría culpar a Alberto en el caso de que el oficialismo hiciera una mala elección en el distrito hegemónico, lo que es factible. Al fin y al cabo, sería lógico que después de dos años extraordinariamente difíciles en que tanto el gobierno nacional como el provincial no han podido satisfacer las expectativas de su propio electorado, y ni hablar de las de quienes no los apoyaron en 2019, el oficialismo se viera abrumado por una avalancha de votos negativos, pero a juzgar por lo que nos dicen las encuestas, es poco probable que algo así ocurra. Sea como fuere, aunque habrá algunas internas en la coalición panperonista al procurar defenderse los asustados por los avances de La Cámpora, pocos creen que resulten estar tan agitadas como las de Juntos por el Cambio (o Juntos, a secas). A diferencia de Frente de Todos, que sólo ofrece más de lo mismo porque no le resultó nada fácil encontrar candidatos taquilleros nuevos, lo que de por sí nos dice mucho, la oposición ha incorporado a un personaje que, de tomarse en serio sus correligionarios, será el líder providencial que el país está esperando con impaciencia desde vaya a saber cuántos años.

Por fortuna, el así elegido no tiene mucho en común con el norteamericano Donald Trump o el brasileño Jair Bolsonaro que, para estupor de quienes los habían tomado por pesos livianos, irrumpieron con fuerza para modificar drásticamente el panorama de sus países respectivos. Antes bien, el perfil que ostenta se parece en cierto modo a aquel del presidente francés Emmanuel Macron, un tecnócrata convencido de su propia superioridad intelectual que, a pesar de sus vínculos con los líderes de los partidos establecidos, logró brindar la impresión de representar algo diferente en un país cuyos habitantes son tan proclives como los argentinos a pensar mal de la dirigencia política permanente. Los radicales, hartos de dejarse manipular por la gente del Pro de Mauricio Macri, apuestan a que Facundo Manes les permita recuperar el lugar en el sol que ocupaban en los tiempos de Raúl Alfonsín. Para el neurólogo, que es coautor de un libro titulado, un tanto enigmáticamente, “Ser humanos”, como si los ejemplares actuales de la especie no se encontraran a su altura, se trata de un planteo razonable; ya se ha anotado para la carrera presidencial de 2023 y se afirma resuelto, la tecnología digital mediante, a modernizar el país a rajatabla. Por ser portador de un mensaje tan ambicioso, no se propone perder el tiempo siguiendo el “cursus honorum” tradicional. Para acercarse a su objetivo, Manes tendrá que cerrarle el paso a Horacio Rodríguez Larreta, que, huelga decirlo, no ha hecho ningún secreto de su deseo de ser el candidato de una oposición unida en 2023, además, claro está, de derrotar a los peronistas que a buen seguro intentarán frenarlo bien antes de que se haya erigido en un presidenciable convincente. A Manes, pues, le es necesario ganar la interna que disputará con Diego Santilli, un político experimentado que confía en imponerse en el conurbano bonaerense, donde las ideas del científico multidiplomado podrían parecer excesivamente recónditas para el grueso del electorado. Por cierto, no hay ninguna garantía de que, para los millones de personas de educación deficiente que habitan las zonas más deprimidas de la provincia, resulte ser atrapante el relato según el cual Manes logró superar la presunta desventaja de haberse criado en Salto, una localidad pequeña, para transformarse en lo que es.Aunque es de suponer que Manes, a pesar de su propensión de tratar a sus adversarios como si fueran estudiantes atrasados, y Santilli, quisieran que los intercambios de opiniones que protagonicen sean menos tabernarios que la mayoría de los “debates” políticos que se difunden por televisión, también les será preciso superar la tentación de procurar desprestigiar al adversario formulando acusaciones tremendas, inventando reuniones clandestinas con miembros de otros movimientos y todo lo demás. Asimismo, a ninguno le convendría minimizar el peligro de que los radicales, tan célebres ellos por su adicción a las “mañas”, se distancien tanto de sus socios del Pro que terminen dinamitando la coalición opositora, lo que sólo beneficiaría a los peronistas.

Si bien aquí es normal que un desafiante repudiado por una mayoría de los afiliados a la agrupación de la cual es un miembro opte por irse con sus amigos para hacer rancho aparte y fundar su propio partido, el que, la derrota que sufrió en 2019 no obstante, Juntos por el Cambio haya sido muy exitoso, reduce el riesgo de que la interna tenga consecuencias tan dramáticas. Sea como fuere, los simpatizantes de la oposición tendrán que rezar para que, a pesar de un comienzo nada auspicioso, el conflicto entre Manes y Santilli, el hombre de Rodríguez Larreta, resulte ser a un tiempo llamativamente civilizado y lo bastante atractivo como para merecer la participación emotiva de muchos independientes, de tal manera sumándolos a su propio electorado.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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