Lunes 18 de enero, 2021

OPINIóN | 07-01-2021 11:30

Confirmado: Horacio Rodríguez Larreta es humano

Contagio, separación y pelea con el Gobierno. Cómo el jefe porteño pasó de funcionario gris a líder casi carismático.

Al siempre hiperquinético y metódico Horacio Rodríguez Larreta se lo solía comparar con una máquina. Una máquina de gestionar, por su capacidad de trabajo fulltime que permitió, por ejemplo, que Mauricio Macri hiciera la plancha y delegara todo en él mientras lo tuvo como mano derecha en la Ciudad. Una máquina de inaugurar y hacer obras proselitistas cuando al fin le tocó a HRL ponerse al frente de la jefatura del Gobierno porteño que heredó de su antiguo patrón. Una máquina de consensuar, evitar conflictos y aparecer siempre equidistante, sonriente y ajeno a las insensatas pasiones de la política cada vez que intentaban arrastrarlo al barro. En suma, un funcionario efectivo, cerebral y nada carismático. Casi un robot.

Sin embargo, ese robot siempre persiguió un sueño bien humano: ser Presidente algún día. Y en los últimos meses está demostrando una nueva faceta que echa por tierra el preconcepto que todos teníamos de él. Larreta es de carne de hueso. Vive y sufre como el resto de los mortales. Se enoja. Se separa. Hasta se contagia.

Vamos por partes. Su flamante diagnóstico positivo de Covid tras unos días de descanso en Cariló fue apenas la confirmación más reciente de que no se trata de un cyborg. Larreta acusó el impacto y sobrelleva la enfermedad lo mejor que puede en el aislamiento de su departamento de soltero. Si sale adelante, su lucha contra el virus le sumará la empatía de los votantes que hasta ahora sabían poco y nada de su historia personal. Lo último que habían escuchado es que acababa de separarse de su mujer de toda la vida, la wedding planner Bárbara Diez. Parecían la pareja perfecta, pero no: Horacio es humano, se equivoca y puede terminar solo como cualquiera. Punto a favor para los consultores de imagen que juran que esos detalles biográficos que captan a la platea hacen la diferencia entre un candidato ganador y uno del montón.

La tercera debilidad que lo humaniza y por ende lo enaltece es su enojo con el Gobierno. Antes, el presidente Alberto Fernández lo llamaba amigo y se sacaba fotos con él en cada nuevo anuncio de la cuarentena, una costumbre que lo ayudó a instalarse entre el público no porteño que no tenía demasiadas referencias suyas, pero a la vez le valió críticas desde los sectores más duros de la oposición que lo acusaron de colaboracionista o, en el mejor de los casos, de “rehén”. A tanto llegó el escarceo que los peronistas del Gobierno ya lo trataban, jocosamente, de “compañero”. Pero eso es pasado: la reciente pelea con la Casa Rosada por los fondos de coparticipación federal que le escamotearon a la Ciudad lo sublevó, lo animó a llevar el tema a la Justicia e hizo que aquel burócrata componedor que pactaba con el poder central se convirtiera en un líder encrespado.

Es un gesto que debe seguir practicando porque claramente no está en su ADN. Pero por algo se empieza.

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