Domingo 19 de septiembre, 2021

OPINIóN | 05-12-2020 00:08

El fin de la (casi) saga maradoniana

La carrera fulgurante de Maradona dio esperanza a millones de pobres al mostrarles que uno de los suyos pudo erigirse en un ídolo mundial.

Recuerda Juan José Sebreli que al cumplir años Diego Armando Maradona en 1997, frente a su casa en Villa Devoto se tendió un pasacalle que rezaba: “El 30 de octubre de 1960 nació Dios”. Puede entenderse, pues, el impacto demoledor que tuvo lo que ocurrió el 25 del mes pasado en los creyentes del extraño culto que se formó en torno al futbolista. ¿Y en los demás? Parecería que aquel día todos los argentinos, y muchos que no lo son, también querían ser feligreses de la Santa Iglesia Maradoniana. Casi instantáneamente, se dio comienzo a una suerte de competencia entre quienes aspiraban a rendirle el homenaje más sentido.

Puede que en muchos casos lo que hacían o decían otros no incidiera en la actitud propia, pero hace apenas una semana una parte sustancial del país pareció entregarse a algo rayano con la histeria colectiva, acaso porque a causa de la larguísima pandemia quería internarse en una realidad distinta de la triste actualidad cotidiana, una en que las vicisitudes de un juego popular son de importancia suprema y lo demás es meramente anecdótico. En aquella realidad alternativa, Maradona sí era una especie de deidad.

Así pues, azuzados por los medios tanto tradicionales como sociales que los abrumaban con manifestaciones de dolor, sinceras o no, millones de personas se sintieron obligadas a hablar del genio sobrenatural de Maradona y agradecerle eternamente por “la alegría” –la palabra se repitió un sinnúmero de veces–, que les había proporcionado. De tal modo se produjo una obra colectiva que se vería legitimada por las tapas efusivas de muchos diarios extranjeros y que a buen seguro se sumará a “la leyenda” de un hombre que, como muchos señalaron, había encarnado las contradicciones, los esplendores breves y las miserias duraderas, del elusivo ser nacional.

Por supuesto que no es poca cosa el haber sido –a juicio de muchos presuntos expertos– el mejor de todos en lo que hoy en día es la actividad deportiva más popular del planeta. Sin embargo, las hazañas en la cancha del Diego, el número 10, como los goles antológicos contra los ingleses, sucedieron hace décadas, mientras que en los años siguientes se permitió una serie larga de excesos, algunos francamente vergonzosos, que harían de él una caricatura triste del atleta notable que por un rato breve había sido.

¿Deberíamos todos perdonarle al “ídolo” debilidades como su adicción a una variedad de drogas, su propensión notoria a maltratar a las mujeres, su voluntad de dejarse rodear por una caterva de oportunistas indeseables resueltos a aprovechar su fama y el muchísimo dinero que generaba, su materialismo flagrante? Parecería que sí. Aunque vivimos en una época en que la “desmitificación” de ídolos es una especialidad que muchos han encontrado muy lucrativa y supuestamente impera por doquier el principio de que ser “un genio” en algo no da a nadie el derecho a violar ninguna regla de conducta, en los días que siguieron al fallecimiento de Maradona pareció imponerse la idea de que sea impropio juzgar a un hombre tan dotado como si fuera una persona común. Los que, como los Pumas, por alguna razón reaccionaron con “tibieza” ante la muerte del gran héroe nacional, se vieron criticados con vehemencia por su insoportable impiedad.

Para sorpresa de nadie, el gobierno de Alberto Fernández, acompañado en esta ocasión por la “madre” Cristina que hasta entonces se había limitado a comunicarse por escrito con el presidente que ella misma había nominado, intentó apropiarse de la masiva ceremonia de adiós que se improvisaba en diversas zonas del país. Dirían los propagandistas que Alberto sólo quiso ponerse a la altura de las circunstancias decretando tres días de luto nacional y, con generosidad, prestándole a la familia de Maradona la Casa Rosada a fin de oficializar la emoción multitudinaria.

Sea como fuere, al Gobierno no le fue nada bien; como pudo preverse, el lado malo del Diego o, si se prefiere, del universo futbolero que, según parece, había dominado, le jugó en contra al irrumpir en lo que es en teoría el centro del poder del país una horda de barrabravas liderados por su jefe y quedar excluidos muchísimos peregrinos: para que todos pudieran desfilar decorosamente por la Casa Rosada convertida en capilla ardiente, hubiera sido necesario mantenerla abierta por lo menos diez días.

Como es natural, muchos admiradores frustrados del “astro” muerto se enfrentaron con la policía de la Ciudad, lo que suministró a los voceros gubernamentales, encabezados por el camporista Wado de Pedro y la antropóloga encargada de la seguridad nacional, Sabina Frederic, un pretexto para culpar a Horacio Rodríguez Larreta, y a través de él a los malditos porteños, por los desmanes que pronto se produjeron.

¿Y el distanciamiento social? Parecería que un gobierno que regularmente vilipendia a opositores que se manifiestan en público, tratándolos de irresponsables, cuando no de asesinos, y cuenta con el apoyo de mandatarios provinciales e incluso barriales que intentan cerrar a cal y canto sus feudos para que los que procuran entrar mueran en la frontera, confiaba en que el coronavirus declararía una tregua en homenaje al futbolista más célebre del mundo. Después de todo, era Dios.

Justo cuando pareció que estaba por restablecerse la versión más reciente de la normalidad, la sospecha de que debió haber hecho mucho más para postergar la muerte de su paciente Leopoldo Luque, el neurocirujano que había operado a Maradona por un hematoma subdural a comienzos de noviembre, hizo que el drama pudiera prolongarse un poco más. Con todo, aun cuando se restaure cierta calma luego de la despedida frenética del futbolista, no cabe duda de que la diegolatría, por llamarlo así, es un fenómeno que mantendrá ocupados por muchos años a sociólogos, psicólogos, ensayistas que quieren seguir las huellas de Sebreli, novelistas y otros exploradores de las profundidades del alma popular no sólo argentina sino también internacional, ya que en muchas partes del mundo, comenzando con Nápoles, los conmovidos por las pasiones deportivas lo recordarán con nostalgia.

El fútbol, y, si bien en menor grado, otras actividades como el rugby, el automovilismo, el ciclismo, el atletismo y el criquet –en países de la mancomunidad británica como India, Pakistán, Australia, Nueva Zelanda y muchas islas del Caribe, hay centenares de millones de aficionados–, es un gran negocio que llena los bolsillos no sólo a los deportistas de elite sino también de personajes ya muy ricos y a menudo de reputación dudosa que se vinculan con las competencias que, televisadas, son miradas por una proporción nada desdeñable de los habitantes de nuestro planeta.

Dejarse fascinar por el deporte no es exactamente nuevo, ya que en la Grecia antigua los atletas exitosos eran tan venerados como sus equivalentes actuales, de ahí las odas de Píndaro, el poeta lírico más célebre del mundo de hace dos milenios y medio, pero no cabe duda de que, gracias en buena medida al crecimiento explosivo de las comunicaciones electrónicas, la importancia relativa de la modalidad ha aumentado mucho en los años últimos.

¿Será porque el deporte, en especial el fútbol, que para algunos es tan sencillo que cualquier niño será capaz de entenderlo pero para otros puede ser tan intricado como el ajedrez, les ofrece a casi todos la oportunidad de salir de las rutinas a menudo aburridas de la vida diaria y entrar en otro mundo lleno de héroes que, semana tras semana, celebran triunfos épicos o sufren derrotas humillantes?

¿Hay una relación entre la salud anímica de una sociedad y la intensidad de las pasiones deportivas? Al fin y al cabo, en países –la Argentina es uno– en que los problemas de todo tipo son abrumadores, abundan los que brindan la impresión de sentirse más afectados por el simbolismo que atribuyen a las proezas de sus atletas favoritos que por cualquier otra cosa.

También influye la voluntad de personajes públicos de hacer pensar que comparten el sentir popular, sobre todo en ocasiones, como la actual, en que por algún motivo las presiones emotivas se hacen muy fuertes. Aquí escasean los políticos que no se enorgullecen en público de apoyar a alguno que otro club de fútbol. Lo toman por una señal de identidad que los ayuda a acercarse a la gente. Por cierto, la noción de que, cuando de Maradona se trata, no hay grieta que valga, habrá aportado a la unanimidad aparente del dolor motivado por una muerte que, en vista del estado pésimo de su salud, pudo haber ocurrido años antes.

Para algunos, la carrera fulgurante del muchacho de Villa Fiorito dio esperanza a millones de pobres al mostrarles que uno de los suyos pudo erigirse en un ídolo mundial cuyo apellido se haría sinónimo de la Argentina, pero la verdad es que, aun cuando sus años finales hubieran sido tan dignos como los de su rival, el brasileño Pelé, el ejemplo así brindado no les sería más útil que el del indigente que gana una lotería multimillonaria. Por desgracia, sólo una pequeñísima minoría tiene la posibilidad de destacarse en una actividad que es practicada por una multitud de personas a lo largo y lo ancho del planeta. Para los demás, es decir, para casi todos, no hay liberaciones milagrosas pero, siempre y cuando se esfuercen, podrían tener una vida acaso menos rutilante que la de Maradona pero mucho más satisfactoria.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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