Viernes 20 de mayo, 2022

OPINIóN | 03-02-2022 15:33

El Gobierno, en guerra con la realidad

Las razones por las que Alberto Fernández hasta hace poco se ufanaba de no tener un plan económico. Cómo puede terminar la dura negociación con el FMI. El rol de Cristina y de Guzmán.

Adiferencia de los liberales, que por lo común prefieren dejar casi todo en manos del mercado por entender que es plenamente capaz de generar más riqueza que cualquier alternativa, los convencidos de que lo económico debería quedar firmemente subordinado a lo político suelen ser partidarios entusiastas de la planificación. Lo son en parte porque les gusta fantasear en torno del futuro que creen estar en vías de construir y también porque dan por descontado que una economía manejada por burócratas de opiniones progresistas será muchísimo más eficaz y socialmente más justa que una dominada por empresarios rapaces que sólo piensan en ganar dinero a costa de la gente honesta.

Sería de suponer, pues, que los kirchneristas, que a menudo se ven ubicados en una zona sui géneris de la izquierda, ya habrían confeccionado un plan por lo menos quinquenal que nos diría cómo se proponen transformar un país devastado por la pandemia macrista a la que aludió Cristina Fernández de Kirchner en la dínamo socialmente equitativa de sus sueños.

¿Tienen preparado un plan maestro que por razones tácticas se resisten a presentar en público? Desde luego que no. Por el contrario, con un grado de fervor digno del libertarios como los diputados Javier Milei y José Luis Espert, Alberto Fernández, Martín Guzmán y quienes los rodean se afirman horrorizados por la mera idea de que sea necesario que elaboren un plan “sólido”, “creíble” y “robusto” que serviría para aclarar lo que tienen en mente para los meses próximos, mientras que los “neoliberales” del Fondo Monetario Internacional y el Tesoro norteamericano, personajes que presuntamente son bastante escépticos cuando se trata de planes, siguen pidiéndoles redactar uno cuánto antes.

La negativa de miembros del gobierno encabezado por Alberto a comprometerse con un conjunto coherente de medidas económicas que los ayudaría a resolver los problemas nacionales más urgentes no puede atribuirse a los prejuicios de quienes confían en las bondades de la mano invisible del mercado. Se debe exclusivamente a la conciencia de que, dadas las circunstancias nada buenas en que se encuentra el país, cualquier plan más o menos realista resultaría ser sumamente impopular o, cuando menos, motivaría la indignación de grupos influyentes que están resueltos a aferrarse por los medios que fueran a los privilegios que han sabido acumular a través de los años. Aunque es evidente que tiene los días contados el “modelo” populista del que depende la maraña de intereses creados que está obstaculizando el desarrollo, muchos lucharán por defenderlo con la esperanza de que por lo menos ellos mismos logren conservar los beneficios a los cuales se han acostumbrado.

Alberto entiende que para seguir contando con el beneplácito de Cristina tendrá que desempeñarse como un tribuno de la plebe que pelea con valentía contra el Fondo porque, dice, los técnicos que asesoran a la búlgara Kristalina Georgieva quieren hacer sufrir al pueblo argentino sometiéndolo a un “ajuste”, lo que a su juicio es una pretensión criminal que no está dispuesto a tolerar. Es que Cristina y sus secuaces saben que les convendría asumir la postura de víctimas de fuerzas perversas relacionadas con el FMI, el imperialismo, el capitalismo, Mauricio Macri, la oligarquía y otros símbolos del mal. A veces, parecería que les asusta menos el peligro de que el país experimente un derrumbe aún peor que el de veinte años atrás que el eventual costo electoral que les supondría una política antiinflacionaria que consistiera en algo más que un intento vano de intimidar a los comerciantes para que vendan a pérdida. Demás está decir que desde su punto de vista es mucho mejor que la gente crea que su propio destino será determinado por el resultado de la gran batalla que supuestamente está librando el gobierno contra una multitud de enemigos siniestros, de lo que sería si empezara a preocuparse por las deficiencias manifiestas de la gestión gubernamental. ¿Habla en serio el Presidente cuando rabia en contra de los ajustes? Hay que dudarlo, ya que en el transcurso de su gestión el poder de compra de la mayoría de los habitantes del país, sobre todo aquel de los jubilados y quienes trabajan en el sector privado, sea en blanco o en negro, ha sido aplastado por un ajuste fenomenal.

Lo que no quiere Alberto es que el ajuste que está en marcha sea achacado a su propia crueldad o la de un funcionario con nombre y apellido, como sucedía cuando se suponía que los tarifazos energéticos que tanto incidieron en la imagen del gobierno de Mauricio Macri fueron obra exclusiva de Juan José Aranguren. En tal caso, se vería obligado a echar al culpable. En cambio, cree que si continúa llevándolo a cabo el mercado mediante el aumento constante del impuesto inflacionario impulsado por la emisión monetaria, el colapso de partes del “aparato productivo” y, para colmo, una sequía brutal que duró lo suficiente como para privar al país de muchos millones de dólares, podría insistir en que todo lo malo ha ocurrido a pesar de sus esfuerzos heroicos por impedirlo.

Oponerse a un “ajuste” determinado puede ser razonable; oponerse por principio a todos, como a juzgar por sus palabras quisieran hacer los kirchneristas, es insensato; equivale a prohibir por decreto que los autos que circulan en el país tengan frenos. Mal que le pese a Alberto, no se trata de elegir entre el tan temido ajuste por un lado y el crecimiento libre de estorbos por el otro sino de optar entre un intento por mantener a raya el caos financiero y resignarse a que el mercado se encargue de resolver los problemas más significantes, como en efecto hizo en 2002. ¿Están en lo cierto los que suponen que los kirchneristas se imaginan más capaces que sus adversarios de aprovechar una nueva y con toda probabilidad traumática etapa de la inacabable crisis nacional? La verdad es que no hay motivos para creer que la mayoría de los habitantes del país estaría dispuesta a exculparlos por la debacle económica resultante. Antes bien, la achacarán a su ineptitud combinada con una afición malsana por teorías descabelladas y, desde luego, a la corrupción que, además de privar al Estado de grandes cantidades de dinero, incide en todas las decisiones importantes porque los ladrones tienen forzosamente que cerrar filas por miedo a que algunos se conviertan en buchones.

Asimismo, si bien hay minorías organizadas proclives a la violencia que podrían defender a Cristina contra quienes la creen responsable de la catástrofe socioeconómica en que millones de personas están atrapadas, para imponerse tendrían que desmantelar el sistema democrático imperante, lo que no les sería del todo fácil. Es lo que los más preocupados están tratando de hacer al organizar, con la aprobación de aquel jurista célebre Alberto, manifestaciones callejeras contra la Corte Suprema, lo que, desde el punto de vista de cleptócratas que reivindican el saqueo sistemático del dinero público, puede considerarse perfectamente lógico.

Sea como fuere, es comprensible que la vicepresidenta se sienta un tanto nerviosa frente a lo que está ocurriendo, y lo que podría suceder si, como muchos temen, no hay ningún acuerdo con el FMI. En su caso particular, no es cuestión sólo del peligro de que por fin los pobres del conurbano tomen consciencia de las consecuencias nefastas que ha tenido para ellos el alocado voluntarismo económico que Cristina, con la ayuda de Axel Kiciloff y otros “heterodoxos”, instituyó en el transcurso de sus ocho años en la Casa Rosada, sino también de las causas de corrupción que se mantienen latentes y que, de modificarse levemente el clima político, podrían ponerla contra las cuerdas. Para ella, un período convulsivo acaso prolongado plantearía riesgos que serían decididamente mayores que los que enfrentarían Alberto, Guzmán y otros sin prontuarios delictivos que en otras partes del mundo serían más que suficientes como para asegurarles años entre rejas.

De todos modos, a esta altura es evidente que, tal y como está conformado el gobierno peronista, no está en condiciones de manejar con solvencia los desafíos ante el país. Aun cuando el “albertismo” sea sólo una fantasía alimentada por la ilusión de que un buen día el presidente podría volver a ser la persona que era antes de aceptar la oferta que le hizo Cristina, en el oficialismo todavía hay hombres y mujeres que quisieran actuar como si realmente fuera algo más que la marioneta dócil caricaturizada por los muchos que lo desprecian, pero hasta ahora no se ha animado a intentar liberarse de quienes están resueltos a estorbar su gestión. Es en buena medida merced a la debilidad personal de Alberto que, en todos los ministerios y secretarías, el poder está compartido por individuos de actitudes radicalmente distintas que procuran hacer tropezar a quienes en teoría son sus colegas. Por lo demás, grupos como La Cámpora se han adueñado de cajas que hay que llenar de plata aportada por los contribuyentes. El resultado es que coexisten dos o tres gobiernos de ideas y proyectos que son incompatibles, pero ninguno cuenta con el poder que necesitaría para asumir el mando, lo que hace de la Argentina un país acéfalo que corre peligro de terminar como otro Estado fallido.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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