Martes 2 de junio, 2020

OPINIóN | 19-05-2020 18:42

El mundial del Coronvirus

Además de provocar el agarrotamiento de la mayor parte de la economía del planeta, el coronavirus ha causado la suspensión o cancelación de un sinnúmero de torneos deportivos.

Además de provocar el agarrotamiento de la mayor parte de la economía del planeta, el coronavirus ha causado la suspensión o cancelación de un sinnúmero de torneos deportivos, entre ellos los Juegos Olímpicos que estaban por celebrarse dentro de poco en Tokio. Se han visto reemplazados por una competencia macabra en la que se mide el desempeño relativo de los gobiernos, según la cantidad de muertes atribuibles al patógeno. Como es natural, los distintos mandatarios esperan que no sólo sus homólogos de países rivales sino también sus adversarios internos se abstengan de aprovechar los números resultantes para debilitarlos. Felizmente para ellos, los resueltos a castigar al régimen chino por su aporte al desastre, la mayoría se ha resistido a la tentación de ensañarse con los gobiernos de los países más afectados, pero algunos no han podido con su genio.

Para satisfacción de Alberto Fernández, por ahora cuando menos la Argentina ocupa un lugar muy respetable en esta insólita liga internacional: ha tenido llamativamente menos contagiados y fallecimientos que Estados Unidos, el Reino Unido, Italia, España, Brasil y, desde luego, Suecia, país en que a su entender el Gobierno ha hecho todo mal por negarse a ordenar una cuarentena policial como la aplicada aquí.

Dijo Alberto: “Cuando a mí me dicen que siga el ejemplo de Suecia, que con 10 millones de habitantes cuentan más de 3.000 muertos, lo que me están proponiendo hacer nos hubiese llevado hoy a tener 13.700 muertos”. O sea, en su opinión la alternativa a un encierro rígido como el que ordenó al recibir noticias de que algo muy feo estaba gestándose en el exterior, es permitir que el virus perpetúe una matanza generalizada sin que tal enormidad tenga consecuencias económicas positivas, ya que conforme al Banco Central sueco el producto bruto podría caer hasta el nueve por ciento o más.

Sorprendido por la insinuación de que el gobierno que representa está tan obsesionado por el dinero que no le importa un bledo la muerte de miles de personas, el embajador Jan Anders Karlsson contestó al Presidente con sobriedad. Le informó que “la decisión de mantener abiertos sectores de la sociedad está basada en consideraciones de salud pública en lugar de intereses económicos”, y que “en esta situación, es difícil hacer comparaciones directas entre las medidas de contención que han adoptado diferentes países. Suecia tiene tasas de mortalidad por Covid-19 más altas que algunos otros países que han impuesto la cuarentena, y más bajas que otros que también han impuesto la cuarentena”.

La diferencia principal entre la cuarentena permisiva sueca y las versiones más duras adoptadas no sólo por Alberto sino también por los gobiernos de China, Italia, España, Francia, algunas jurisdicciones de Estados Unidos y, con variantes, el Reino Unido, es que las autoridades confían más en el buen sentido de los ciudadanos de lo que es habitual en las demás latitudes. Ha preferido aconsejarles mantener el “distanciamiento social” sin ir al extremo de encerrarlos forzosamente, bajo vigilancia policial, en sus viviendas, u obligarlos a conseguir permisos escritos para salir a la calle en busca de algo para comer.

Puede que medidas tan blandas parezcan absurdas a quienes viven en países de otras tradiciones en que se da por descontado que la población está conformada por sujetos irresponsables que, dejados libres, se dedicarían alegremente a esparcir el virus, pero a juicio de los dirigentes suecos son compatibles con la idiosincrasia de su propia sociedad que siempre se ha destacado por la voluntad mayoritaria de pensar en el bienestar del conjunto.

Sea como fuere, convendría recordar que estamos al comienzo de lo que amenaza con ser una experiencia muy larga. Puesto que el coronavirus no está por irse, tendremos que aprender a convivir con él aun cuando hacerlo significa prepararnos para enfrentar una sucesión de oleadas, cada una más letal que la anterior. Para más señas, el panorama podría cambiar en una cuestión de días. El que hace poco se hayan detectado nuevos brotes en China, Corea del Sur, Singapur, Japón y Alemania, países que han sido elogiados por el presunto éxito de su reacción inicial frente a la pandemia, tiene que motivar cautela. No hay ninguna garantía de que la Argentina salga bien de una ordalía que apenas ha comenzado; mal que le pese a Alberto, aún es prematuro cantar victoria.

Como muchos ya han subrayado, a menos que muy pronto se produzca una vacuna eficaz, lo que según los especialistas en la materia es poco probable, o el virus mute de manera benigna hasta que resulte ser menos peligroso que sus parientes que causan la gripe estacional, apenas hemos corrido los primeros cien metros de un maratón, de suerte que es peor que inútil suponer definitivas las posiciones actuales de los participantes.

Mientras que algunos gobiernos se concentran en el número de muertos, los que más han sumado, como el norteamericano y el británico, se defienden diciendo que la tasa de mortalidad en sus países respectivos es inferior a la de Bélgica, Italia y España. Los belgas insisten en que su país ostenta una tasa tan alta porque son más escrupulosos que sus vecinos e incluyen a muchos que en otras latitudes hubieran pasado inadvertidos. ¿Tienen razón? Puede que nunca sepamos la respuesta. Por su parte, los norteamericanos creen injusto que se compare lo que ha ocurrido en su país, de 330 millones de habitantes, con otros que tienen cinco o seis veces menos.

También hay diferencias en los criterios que se usan para determinar las causas de muerte; puede ser engañoso imputar al Cóvid-19 el deceso de un enfermo que ya estaba a punto de morir. Asimismo, hay que preguntarse si corresponde incluir en el total final a quienes mueren de otro mal que no fue tratado porque es tan grande el temor al contagio que no se animaron a dejarse internar o porque los médicos estaban demasiado ocupados con el coronavirus como para prestarles la debida atención. De todos modos, hasta que se hayan testeado poblaciones enteras, no habrá manera de averiguar el total de contagiados asintomáticos que, se supone, es muy superior a los más de cuatro millones de infectados reconocidos por la Organización Mundial de Salud.

Son tantos los factores en juego que pasarán varios años hasta que se pueda llegar a conclusiones definitivas acerca de lo que deberían haber hecho los diversos gobiernos al enterarse del poder destructivo del virus recién identificado. Hay cepas diferentes, algunas más mortales que otras. ¿Será por tal razón que el norte desarrollado de Italia ha sido golpeado mucho más cruelmente que el sur atrasado, o la depauperada Grecia? No cabe duda de que el envejecimiento de los países europeos y la proliferación de geriátricos han incidido en el tendal de muertos, pero parecería que ha sido menos afectado el Japón, donde la proporción de ancianos es todavía mayor

¿Incide el clima? Es en cierto modo lógico que las grandes ciudades globalizadas como Nueva York, Londres, París y Milán, hayan sufrido mucho, pero a pesar de que los servicios médicos son precarios, hay menos fatalidades en otras ciudades igualmente pobladas en zonas más cálidas. También hay diferencias notables entre la tasa de mortalidad de los distintos grupos étnicos que no pueden ser imputados al nivel económico, el hacinamiento o el racismo.

Todo sería mucho más sencillo si sólo fuera cuestión de un grave problema sanitario, parecido, aunque peor, a los planteados por otros virus como el de la gripe porcina de 2009 que afectó principalmente a quienes tenían menos de 65 años y que, según algunos estudios, causó la muerte de casi 600.000 personas; quince veces más que las contabilizadas por la OMS. Sin embargo, el impacto del coronavirus ha sido incomparablemente mayor que aquel de cualquiera de sus antecesores modernos, ya que no bien salió de China, se consolidó el consenso casi universal (el presidente brasileño Jair Bolsonaro sigue siendo una excepción) de que los gobiernos tendrían que subordinar absolutamente todo lo demás a la lucha por impedir su difusión.

La actitud a favor de la vida puede aplaudirse, pero no tardará en llegar la hora de pagar los costos colosales del esfuerzo mancomunado por demorar lo más posible la propagación de Cóvid-19. Ya parece evidente que los más perjudicados serán los que menos tienen; aquellos países que carecen de capacidad productiva o recursos financieros y aquellos hombres y mujeres que ni siquiera pueden soñar con el “trabajo a distancia” que está poniéndose de moda.

Para ellos, el futuro acaba de hacerse mucho más sombrío de lo que era hace apenas un par de meses. Últimamente, se ha hablado mucho de un mundo que, gracias al coronavirus, será más solidario que el de ayer, pero a juzgar por lo que ya está ocurriendo, el que nos aguarda será mucho más mezquino. Aun cuando los gobiernos de los países más prósperos quisieran ayudar a los demás, hasta nuevo aviso no tendrán más opción que la de dar prioridad a sus propios intereses nacionales, mientras que los incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias en que el “distanciamiento social” hará más frías que antes las relaciones entre las personas, tendrán que resignarse a vivir de subsidios, en el caso de que los haya, lo que para muchos será muy pero muy humillante.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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