Saturday 20 de April, 2024

OPINIóN | 06-03-2024 15:47

El regreso triunfal de Donald Trump

Para los muchos que lo odian, Donald Trump encarna el mal absoluto. Cuando Joe Biden lo derrotó en las elecciones presidenciales de 2020, tales personajes festejaron lo que creían que fue su muerte política pero, para su desconcierto, el “hombre naranja” al que tanto admira Javier Milei no se dejó enterrar.

Para los muchos que lo odian, Donald Trump encarna el mal absoluto. Lo ven como un ser diabólico. Cuando Joe Biden lo derrotó en las elecciones presidenciales de 2020, tales personajes festejaron lo que creían que fue su muerte política pero, para su desconcierto, el “hombre naranja” al que tanto admira Javier Milei no se dejó enterrar.

Desde entonces, todos los intentos de sepultarlo definitivamente han fracasado. Lejos de perjudicarlo, las casi cien causas penales, algunas muy escabrosas, que enfrenta han servido para fortalecerlo. Tampoco penetran su armadura los explosivos misiles retóricos que todos los días disparan contra él los medios de difusión considerados más prestigiosos como el New York Times, el Washington Post y docenas de canales televisivos. Antes bien, lo ayudan. Lo mismo que Milei, Trump ha sabido hacer de la hostilidad de quienes lo aborrecen un bien político sumamente valioso.

 

Así pues, siempre y cuando no ocurra nada imprevisto en los meses próximos, el magnate pronto tendrá asegurada la candidatura republicana. Según las encuestas de opinión, en las elecciones de noviembre estará en condiciones de superar al eventual representante demócrata, sea éste Biden, la actual vicepresidenta Kamala Harris, u otro personaje que en opinión de los operadores más influyentes del partido sería menos vulnerable que el anciano balbuceante que figura como “el hombre más poderoso del mundo” y una mujer que claramente no está a la altura de la posición que ocupa.

La probabilidad de que Trump regrese a la Casa Blanca a comienzos del año que viene está motivando pánico en Europa. Hace poco, Trump les advirtió a los dirigentes políticos del bien llamado “viejo continente” que si no aportan lo debido a la OTAN, animaría a sus enemigos a “hacer lo que les dé la gana”. Acostumbrados como están a que Europa sea un protectorado norteamericano, a los integrantes de la elite gobernante no les gusta para nada la idea de que en adelante tengan que gastar muchísima plata en defensa. Aunque  en su conjunto sus países cuenten con recursos económicos más que suficientes como para dotarse de fuerzas armadas mucho mayores y mejor equipadas que las de Rusia o China, desde hace casi tres cuartos de siglo los europeos han preferido privilegiar los gastos sociales que, en términos políticos, les traen más beneficios, además de criticar a los norteamericanos que los protegen por sus supuestos instintos belicosos.

Los más preocupados por lo que está ocurriendo en Estados Unidos son los ucranianos. Sin la cuantiosa ayuda económica y armamentista norteamericana, que últimamente se ha visto interrumpida merced al obstruccionismo de legisladores republicanos fieles a Trump que quisieran que Biden se concentrara en la defensa de su propio país que, según ellos, está siendo invadido por hordas de inmigrantes clandestinos, Ucrania correría peligro de perder más territorio. Puede que se equivoquen quienes dicen que Trump es un títere manipulado por Vladimir Putin, pero no es ningún amigo de Volodymyr Zelensky que lo desairó al resistirse a colaborar cuando le pedía investigar las andanzas de Hunter Biden, el hijo problemático del presidente, que cobraba millones en Ucrania asesorando a empresarios del sector energético sin saber mucho del tema.

 

Siempre ha sido evidente que, para Trump, las relaciones personales importan mucho más que las cuestiones ideológicas o estratégicas. Así las cosas, a la larga podría ser ventajoso para Milei figurar como un miembro del grupo de líderes internacionales que lo respaldan aunque, claro está, en el mediano plazo entraña el riesgo de que su actitud enoje sobremanera a Biden y a quienes lo rodean. Con todo, si bien un dirigente más astuto se hubiera mantenido neutral hasta que las cosas se hayan aclarado, Milei nunca se ha destacado por su cautela o por su habilidad política. Antes bien, es un admirador sincero de Trump; lo toma por un aliado clave en la guerra santa que está librando contra “la casta” política y el “Estado profundo” que, a juicio de ambos, son los culpables principales de lo que no les gusta del mundo actual.

Desde el punto de vista de los progresistas que están esforzándose por hacer de la virtual hegemonía cultural de la que han disfrutado en los años últimos la base de un nuevo orden político, Trump y Milei, además del brasileño Jair Bolsonaro, la italiana Giorgia Meloni, el neerlandés Geert Wilders, el húngaro Viktor Orbán y la francesa Marine Le Pen, pertenecen a un movimiento derechista que, para su alarma, está ganando terreno en la mayoría de los países occidentales. Aunque algunos lo califican de “fascista”, es claramente distinto del conformado por bandas de matones uniformados que, un siglo atrás, glorificaban la violencia y soñaban con someter a otros pueblos.

En el fondo, es más defensivo que ofensivo. Lo que comparten Trump y los europeos es el temor a que las sociedades en que se formaron se vean destruidas por una marejada irrefrenable de inmigrantes de cultura muy distinta que no aspiran a integrarse sino a participar de la abundancia material existente sin aportarle nada.

La irrupción de esta “nueva derecha” se vio facilitada por la captura de las organizaciones de izquierda por intelectuales burgueses que no tardaron en desplazar a los miembros de la clase obrera que antes habían desempeñado papeles significantes en las más representativas. Puesto que las elites culturales comprometidas con el progresismo “woke” que dominan el discurso público no tratan de ocultar el desprecio que sienten por quienes no han sabido adaptarse a los cambios económicos recientes que, si bien han beneficiado enormemente a algunos pocos, han perjudicado a centenares de millones, además de mofarse de su apego a los símbolos patrios locales y su oposición a la llegada masiva de extranjeros que a menudo les son hostiles, no es del todo sorprendente que en todas partes aquellos políticos que dicen simpatizar con los que están perdiendo terreno hayan comenzado a prosperar.

 

Trump es en buena medida el producto de sus enemigos más viscerales, personajes arrogantes a los que les cuesta entender que, en una sociedad democrática, conviene tomar en cuenta los sentimientos mayoritarios. En Estados Unidos, sectores muy importantes de la población, en especial los afectados por la desindustrialización que ha privado de empleos antes adecuadamente remunerados a muchísimos que habían trabajado en fábricas y oficinas, se sienten indebidamente rezagados y por lo tanto están dispuestos a respaldar a uno de los escasos dirigentes políticos que parece compartir el rencor que sienten y que no vacila en decirlo de manera contundente.

Es muy fácil criticar a los “nuevos derechistas” por oponerse a la política de fronteras abiertas impulsada por progresistas que reivindican el “multiculturalismo”, exaltando a todas las variantes salvo la occidental, y empresarios que quieren más mano de obra barata, pero en vista de las transformaciones demográficas que están en marcha es por lo menos comprensible que abunden los preocupados por las consecuencias previsibles de lo que está sucediendo. ¿Sería beneficioso para los franceses, suecos, alemanes y otros que sus países pronto formen parte del mundo musulmán?  Es un interrogante que muchos están planteándose, de ahí el avance rápido de partidos que quisieran frenar cuanto antes la inmigración procedente del Oriente Medio y África.

En Estados Unidos, la situación es un tanto distinta, ya que las diferencias culturales entre los habitantes actuales de dicho país y los “sin papeles” que están entrando distan de ser tan grandes, pero las dificultades de todo tipo que está provocando el ingreso torrencial no sólo de latinoamericanos sino también de personas de otro origen son sumamente graves.

 

Se estima que el año pasado casi tres millones de personas lograron cruzar una frontera débilmente defendida. Hasta que los gobernadores de estados como Texas comenzaron a enviar a los recién llegados a ciudades administradas por demócratas, como Nueva York y Chicago, voceros del gobierno federal intentaban minimizar el impacto del fenómeno, atribuyendo el malestar al “racismo” sureño, pero entonces cambiaron de opinión. Un tanto tardíamente, los demócratas se dieron cuenta de que Trump podría aprovechar la crisis inmigratoria para regresar triunfalmente a la presidencia, pero así y todo siguen vacilando en tomar medidas capaces de ralentizar el ingreso de extranjeros que, en muchos casos, de por vida dependerán del gasto público.

Si bien Milei se ha convertido en uno de los líderes más rutilantes de esta “nueva derecha”, ni los problemas que enfrenta ni las soluciones que propone se asemejan a los que obsesionan a sus presuntos correligionarios. Aunque la Argentina sigue atrayendo a inmigrantes, no se trata de personas de formación cultural radicalmente ajena a la de la mayoría abrumadora de sus habitantes actuales. Asimismo, a pesar de los esfuerzos kirchneristas por importar novedades “woke” como el llamado lenguaje inclusivo, a muy pocos les interesa la feroz “guerra cultural” que está librándose en Estados Unidos, Europa y Australia. Acaso lo único que Milei tiene en común con sus supuestos aliados ideológicos es la voluntad de embestir contra el statu quo, ya que el orden que éstos quisieran instalar se parece más al propuesto por los kirchneristas y sus amigos que al reivindicado con tanta pasión por el anarco-capitalista.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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