OPINIóN | 14-11-2021 07:16

Frente a un futuro muy opaco

Los escenarios que preocupan al Gobiernos después de las elecciones. Cómo sigue la relación entre Cristina y Alberto.

Al reconciliarse, por decirlo de algún modo, con Alberto, un personaje que durante años la había criticado con crueldad sádica, tratándola como una enferma mental que vivía en un mundo propio, Cristina transformó la Argentina en el escenario de su psicodrama personal. Desde entonces, los interesados en lo que ocurre en el país han tenido que preguntarse qué es lo que más quiere la jefa en las sombras. No les ha sido fácil. A juzgar por la forma en que reaccionó frente al martillazo brutal que la gente le asestó al kirchnerismo el 12 de septiembre, es por lo menos concebible que Cristina haya decidido que sería mejor para ella que “el gobierno de Alberto” fracasara de manera realmente espectacular. También lo es que, luego de atribuir los estallidos sociales que provocará el previsible desastre socioeconómico a las maniobras de Juntos por el Cambio, como ya están haciendo los kirchneristas en un intento de amortiguar el impacto de la pueblada que en La Matanza siguió al asesinato de un quiosquero por un delincuente recién liberado, optara por trasladarse a otro país para frustrar a los muchos que quisieran verla entre rejas.

El que tanto dependa de lo que está pasando por la cabeza de una vicepresidenta hostigada por la Justicia es de por sí preocupante. No cabe duda de que la espesa nube de incertidumbre que cubre el país sería mucho menos oscura si pudiéramos saber qué están pensando quienes por ahora tienen acceso a las palancas del poder, pero las encíclicas de Cristina, que a menudo se expresa como la jefa de una oposición fantasmal, se prestan a interpretaciones diversas. En cuanto a Alberto, suele contradecirse dos o tres veces por día, pero sorprendería que nunca haya pensado en vengarse de Cristina culpándola por la debacle humillante que, de tener razón quienes están auscultando el estado anímico de la opinión pública, está por sufrir.  

Las preguntas abundan. ¿Se “radicalizarán” los dos aún más después de las elecciones? ¿Emprenderá el gobierno la madre de todos los ajustes porque no habrá platita?  ¿Se separarán? Nadie sabe las respuestas. Puede que ellos mismos estén tan desorientados como el que más. Para más señas, hay un peligroso vacío intelectual en la cima del poder; quienes hablan en nombre del gobierno procuran llenarlo insultando a los muchos que no los quieren, tratándolos como enemigos de la patria.

Con todo, si bien sería lógico que el electorado castigara al oficialismo con ferocidad redoblada por la conducta de sus representantes más conspicuos y por el deterioro muy rápido de las condiciones de vida de millones de hombres, mujeres y niños, todavía hay algunos que creen que los peronistas conseguirán limitar las pérdidas e incluso superar a Juntos por el Cambio en la Provincia de Buenos Aires, el distrito que a su entender forma parte de sus “conquistas” irrenunciables. Todo es posible, pero aun cuando se produjera el milagro soñado, cualquier mejora electoral sería atribuida a la voluntad de los gobernadores e intendentes pejotistas a reactivar la anticuada maquinaria que construyeron sus precursores y que los kirchneristas se habían propuesto reemplazar por otra de su propia factura. Y pase lo que pasare, muchos darán por descontado que Cristina ha perdido el carisma que, combinado con el cinismo de los deseosos de aprovecharlo, durante años le permitió dominar el escenario político nacional.  

Por desgracia, el presunto fin del ciclo desastroso protagonizado por la señora con la aquiescencia de buena parte de la población, ha coincidido con la entrada de la Argentina en una nueva fase de su ya casi centenaria crisis nacional, una que amenaza con ser llamativamente peor que todas las anteriores. Acaso lo único seguro es que, por algunos meses, tal vez años, el país no contará con un gobierno que sea capaz de administrarlo con el grado de racionalidad y realismo que tan desesperadamente necesitaría para salir del pozo en que ha caído.  

Ya es penosamente evidente que los kirchneristas y sus socios peronistas no están en condiciones de guiarlo por el desierto inhóspito que tendrá que atravesar antes de llegar a un destino soportable. También lo es que los líderes de Juntos por el Cambio aún no podrán hacerlo. Además de tener que respetar a rajatabla una Constitución que es exageradamente presidencialista y que en efecto obliga al gobierno actual, por inoperante que sea, a mantenerse en el poder hasta diciembre de 2023, no están preparados anímicamente para asumir la plena responsabilidad por el futuro próximo de un país que está en bancarrota, corre el riesgo de ser devastado pronto por otra marejada hiperinflacionaria y tiene zonas cada vez extensas que están infestadas por asesinos por lo común jóvenes que matan a sus víctimas sin remordimiento.  

La única persona que podría desatar el perverso nudo gordiano constitucional que está estorbando la evolución política del país es Alberto, pero a juzgar por su desempeño desde que Cristina lo invitó a ser un presidente vicario a cambio de su obsecuencia, el presidente titular carece de la voluntad y la visión que precisaría para romper con un statu quo institucional ruinoso, algo que podría intentar hacer liberándose de la tutela caprichosa de su madrina y aceptando subordinarse plenamente al Congreso. Sería un “golpe blando” pero ofrecería una salida del brete en que la Argentina se encuentra, lo que sería mejor que resignarse a la catástrofe hacia la cual está deslizándose bajo la conducción de una minoría política autoritaria de ideas extravagantes.

Hace seis años, Cristina, con la ayuda valiosa de quien era su asesor económico favorito, Axel Kiciloff, armaba una bomba económica programada para estallar cuando su sucesor, fuera Mauricio Macri o Daniel Scioli, estuviera en la Casa Rosada; creía que serviría para desatar una rebelión popular que forzaría al intruso a huir en helicóptero. Macri supo demorar la explosión, pero no logró hacer mucho más, de ahí el regreso triunfal de los kirchneristas que casi enseguida se encontraron frente a un panorama parecido a aquel de cuatro años antes sin que se les ocurriera hacer nada más que culpar a Macri por no haber solucionado todos los muchos problemas que ellos mismos le habían entregado.

Pues bien, ya en vísperas de las PASO, se pusieron a armar una nueva y más potente versión de la bomba original; la única diferencia es que con toda probabilidad estallará bien antes de que otros se hayan encargado del gobierno del país.

¿Por qué están comportándose de manera tan insensata? Una teoría es que muchos kirchneristas toman en serio sus propias fantasías “heterodoxas”;  se imaginan capaces de enseñarle al mundo que una economía nac&pop puede funcionar mucho mejor que las de los países desarrollados. De tal modo, “los pibes para la revolución” vencerían al “capitalismo liberal” de los “oligarcas”. Es delirante, pero los hay que toman tales idioteces en serio.

Otra posibilidad es que los kirchneristas más fanatizados prefieran el caos “épico” al orden “burgués” que se da en países aburridos como Suiza por suponerse en condiciones de aprovecharlo para sumar aún más poder y, desde luego, dinero, ya que para mantenerse en el estilo al que está acostumbrada, Cristina precisará muchísimo más que los varios millones de pesos mensuales de sus jubilaciones de privilegio y por lo tanto quiere restaurar el sistema que la beneficiaba antes de ponerse en marcha el lawfare. El apoyo entusiasta brindado por los kirchneristas a los regímenes violentos de déspotas como el venezolano Nicolás Maduro y el nicaragüense Daniel Ortega nos dice todo cuanto necesitamos saber acerca de lo que estarían dispuestos a hacer para reprimir la oposición en circunstancias extremas.

Es revelador el fastidio rencoroso que sienten Alberto y otros por la negativa de los cordobeses a sumarse al kirchnerismo. Para ellos, significa que, lo mismo que los porteños, los cordobeses no son argentinos auténticos sino habitantes de un enclave foráneo que, a pesar de los esfuerzos patrióticos del gobierno nacional, se resiste a “integrarse” al país real que, en su opinión, es el que gira en torno al depauperado conurbano bonaerense.

Por desgracia, se trata de algo más que un prejuicio folklórico del tipo que es común en todos los países del mundo. Toda la estrategia del gobierno de los Fernández se basa en la noción de que hay que poner las partes más productivas de la comunidad nacional al servicio de aquellas que viven de subsidios, de ahí el crecimiento constante de un absurdamente sobredimensionado sector estatal que ya ha asfixiado al resto del país, además del desprecio oficial por el valor del mérito y por lo tanto de la cultura del trabajo.  De continuar por dos años más el proceso que han puesto en marcha, los kirchneristas lograrán hacer de la Argentina una tierra baldía inmensa en que una multitud de famélicos procure sobrevivir mendigando limosnas de los punteros políticos más cercanos. Si bien hay buenos motivos para creer que la mayoría preferiría un futuro muy distinto del planteado por los pensadores kirchneristas, impedir que estos se salgan con la suya no será del todo fácil.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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