Lunes 26 de octubre, 2020

OPINIóN | 19-09-2020 13:32

Hacia la patria matancera

El avance bonaerense sobre el resto del país. Pauperización y conflictos sociales.

Cuando el peronismo creó el conurbano bonaerense, dio a luz a lo que, andando el tiempo, sería un monstruo omnívoro que, incapaz de generar bienes materiales o servicios en cantidades suficientes como para sostener a todos sus habitantes, no encontraría más alternativa que la de tomar del resto del país lo que precisan para sobrevivir. Fue de prever, pues, que al encogerse con rapidez alarmante la economía nacional a causa de una combinación fatal de temor a lo que podría hacer el kirchnerismo y una pandemia fuera de control, un gobierno conformado por peronistas intensificaría la transferencia de recursos desde la Capital Federal hacia la Provincia.

Instigado por Cristina Kirchner y Axel Kiciloff, Alberto Fernández ya había preparado el terreno para lo que pensaba en hacer al colmar de epítetos oprobiosos a los porteños, acusándolos de ser responsables de la pobreza de sus vecinos. Como el revolucionario galo Pierre-Joseph Proudhon, cree  - o dice creer, lo que por tratarse de Alberto no es lo mismo - que “la propiedad es robo”, de suerte que las carencias de algunos tienen forzosamente que deberse a la codicia de otros, en este caso, de los que los kirchneristas se han propuesto empobrecer en nombre de la equidad.

Se trata de una manera muy primitiva, preindustrial, de entender la realidad socioeconómica moderna, pero suministra a los disconformes con el mundo actual argumentos de apariencia ética para usar contra sus adversarios “burgueses”. Aunque sería difícil encontrar a personas con gustos más típicos de cierta subclase de la burguesía internacional que Cristina y Alberto, ni ellos ni sus partidarios parecen ser conscientes de que difícilmente podrían ser más hipócritas las actitudes que, para su propia satisfacción, asumen.

Para salvar a Kiciloff de la necesidad de ajustar las cuentas, Alberto, con la viva aprobación de la jefa, arrebató un trozo muy significativo de los recursos de la ciudad de Buenos Aires bajo el pretexto de que era terriblemente injusto que los porteños, más sus helechos y agapantos, disfrutaran de opulencia mientras que los bonaerenses son tan pobres que las autoridades provinciales ni siquiera pueden pagar como corresponde a los efectivos policiales.  De tal modo, castigó a Horacio Rodríguez Larreta por el crimen de medir mejor que él en las encuestas no sólo capitalinas sino también provinciales y, mientras tanto, distrajo por un rato breve la atención pública de la incapacidad de Kiciloff, cuya gestión no se caracteriza por la eficacia, para enterarse de lo que ocurría en las filas de la Policía Bonaerense cuyos integrantes cobraban salarios miserables.

Cristina y Alberto, más aquellos políticos que los acompañan en la campaña que están librando contra la clase media, pronto irán por más. Tienen en la mira Córdoba, donde el kirchnerismo es mal visto, y a buen seguro están pensando en lo que podrían sacar de otras partes de la Argentina productiva que, a pesar del estado nada feliz de la economía nacional, el año pasado quería que Mauricio Macri permaneciera en la Casa Rosada.  

Saben que el conurbano que les sirve de base electoral es insaciable pero que, a pesar de sus muchas deficiencias, está en condiciones de producir cantidades tan impresionantes de votos que ningún aspirante a la presidencia de la Nación puede darse el lujo de amenazar con llevar a cabo reformas que motivarían las protestas airadas de los muchos que se aferran al statu quo.  Temen que a menos que tengan mucho cuidado, podría ocurrirles lo mismo que al radical Fernando de la Rúa cuando grupos organizados de saqueadores sembraban el caos en toda el área metropolitana.

Además de frenar el desarrollo económico, el conurbano contribuye a la decadencia del país a través de la cultura política que se ha formado en los extensos barrios paupérrimos del lado más deprimido de lo que, ominosamente, se ha dado en llamar el AMBA, de tal modo insinuando que debería borrarse la Avenida General Paz como línea divisoria para que todo el aglomerado urbano sea tratado como una sola unidad administrativa. Aun cuando, luego de pensarlo, Cristina, Axel y sus adherentes, entre ellos el siempre servicial Alberto, no quieran que bajo su conducción la Argentina en su conjunto termine como La Matanza, están más que dispuestos a subordinar todo a los intereses de aquel monumento ruinoso al fracaso colectivo que es el distrito que, por sus dimensiones demográficas, es la segunda ciudad del país. Para ellos, La Matanza es la capital auténtica, el modelo cuyas prácticas políticas y sociales deberían ser adoptadas por los demás.

Quienes han dominado el conurbano desde mediados del siglo pasado aprendieron hace décadas que, manejados con astucia, los desastres económicos pueden traerles grandes beneficios políticos. Lo hacen al convertir a los perjudicados por su ineptitud administrativa y miopía patológica en clientes dóciles que dependen de limosnas repartidas con cuentagotas por caciques que hablan como si el dinero saliera de sus propios bolsillos. Aunque es merced a la supuesta magnanimidad de generaciones de personajes de ideas y actitudes parecidas a las de los gobernantes actuales que millones de familias bonaerenses viven en la miseria, las víctimas no han dejado de respaldar electoralmente a los responsables de provocar tantas tragedias personales.

En la guerra contra los porteños, los paladines del modelo matancero juran estar luchando por la justicia social; sacan provecho de la presunta culpa por las desgracias ajenas de quienes más tienen. Sin equivocarse demasiado, entienden que el chantaje emotivo también puede funcionar en negociaciones con financistas de otras latitudes. Presionan a los acreedores y a los despreciados técnicos del FMI exhortándolos a sentir solidaridad para con los pobres del conurbano, lo que les permite conmover a los progres del mundo desarrollado para que apoyen sus esfuerzos para conseguir más préstamos blandos que, desde luego, se resistirán a devolver por completo ya que suponen que, defaults y renegociaciones mediante, a la larga podrán retener la mayor parte.  

Hasta ahora, la estrategia tradicional ha brindado los resultados previstos. A pesar de largos años de estancamiento atribuible en buena medida a la inercia congénita del conurbano, siguen en el poder los resueltos a frustrar todos los intentos por impulsar las ya casi míticas reformas estructurales de que hablan economistas denostados como ortodoxos. Así y todo, hay señales de que están acercándose al final del camino. Mal que les pese a los kirchneristas, los porteños pronto no estarán en condiciones de seguir subsidiando a sus vecinos bonaerenses. Tampoco querrán hacerlo “los ricos” de países prósperos devastados por la pandemia.

En una novela de Ernesto Hemingway, un personaje contestó a quien le preguntaba cómo se va a la quiebra diciendo que hay dos etapas; en la primera se va de a poco y en la final, de golpe. Bien, con el gradualismo, Macri se encargó de la fase gradualista de la caída en bancarrota del país, mientras que Alberto podría ser el protagonista de la segunda ya que, a pesar del arreglo reciente con un puñado de bonistas, la Argentina corre el riesgo de quedarse sin los fondos que el conurbano necesita. ¿Y entonces? Nadie sabe la respuesta a este interrogante nada agradable.

Cuando Alberto fue elegido presidente, muchos se preguntaban qué haría un populista como él para gobernar sin dinero. En aquella oportunidad, Alberto e integrantes de su equipo confiaban en que su mera presencia - mejor dicho, la ausencia de Macri -, sería suficiente como para reavivar una economía comatosa, pero ya antes de la llegada del coronavirus era evidente que no tenían la menor idea de lo que sería forzoso hacer. A más de un año del triunfo aplastante de los Fernández en las PASO y medio año desde el inicio de lo que sería la cuarentena más prolongada del planeta, todavía no se ha visto nada parecido a un programa de gobierno coherente, lo que puede entenderse; no es concebible uno que los millones que nunca estarán en condiciones de valerse por sí mismos estarían dispuestos a soportar.

Como no pudo ser de otra manera, el zarpazo contra la Capital Federal, más el odio aparente que sienten los próceres del populismo por la clase media y, lo que es más importante aún, por los valores que dicho sector encarna, ha ampliado mucho la “grieta” que mantiene dividida a la sociedad argentina. Para indignación de los presuntamente convencidos de que los porteños y otros de mentalidad similar son vagos que no producen nada y por lo tanto merecen ser despojados de lo que tienen, los malos de su película particular han comenzado a rebelarse. Además de ganar la calle, han logrado hacer de la bandera nacional un símbolo de la resistencia al kirchnerismo. En un intento desesperado por intimidarlos, Alberto y los militantes de la causa que ha abrazado les suplican mostrar más respeto por el coronavirus y advierten que, una vez terminada la cuarentena interminable, “la gente de bien” saldrá de sus refugios para retomar la calle, asestando así a los representantes del mal lo que espera sea un golpe inolvidable. Si bien es de prever que los kirchneristas procuren organizar epopeyas callejeras como las de antes, a esta altura parece poco probable que sus esfuerzos en tal sentido resulten ser tan exitosos como quisieran.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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