Martes 27 de octubre, 2020

OPINIóN | 17-09-2020 20:40

Mitología antiporteña como cuestión de Estado

Al erigir a Larreta como el líder de los opulentos, el Presidente acude a una simplificación de riesgo. ¿Puede darse el lujo de prescindir de los sectores medios?

Cada tanto, la feligresía nacional y popular la emprende contra los porteños, un colectivo que en su mayoría integra. Esa gente solvente, ventajera, egoísta, arrogante, egocéntrica; psicoanalizada y que se ufana de una ciudad salpicada de arquitectura neoclásica y aires europeos. Rasgos que desde el exterior suelen adjudicársele a la argentinidad en su conjunto, para incentivo de la brecha: están los que diferencian el resto del país genuino, solidario y trabajador, de esta hoguera de vanidades crecida al otro lado de la General Paz. Y también hay capitalinos convencidos de que siesta mata desarrollo, que sus impuestos financian provincias poco productivas y culpan al peronismo de las oleadas migratorias que trajeron provincianos a sus márgenes, como si el destierro hubiera sido una excursión sin boleto de vuelta.

La competencia, como la que divide a los norteños de distintas provincias, siempre dio lugar a chicanas. Y cuando se excedían de tono, venía la rectificación. Como el asco que Fito Páez -buen exponente del progresismo palermitano- le declaró a los porteños en el 2011 por el triunfo de Macri en la Capital. Pero la ruptura asumida como cuestión de Estado en los términos más ramplones, son una novedad de la Argentina crispada modelo 2020.

Alberto Fernández decidió adjudicarle a su adversario político Larreta todo el peso de la mitología antiporteña: lo consagró como el representante de los opulentos. Una simplificación de riesgo: además de instalar un nuevo desgarro social, se divorcia de esa porción considerable de votantes volátiles (no solo porteños) que lo hicieron Presidente y rechazan lo que el economista Eduardo Levy Yeyati identifica como un modelo de “pobreza inclusiva”: nadie se merece lo que tiene y hay que repartir hasta agotar el stock.

La ola de desprecios que inauguró la vergüenza presidencial por una ciudad tan opulenta que tiene el descaro de iluminar sus canteros, ya había tenido avanzadas contra los runners estúpidos, los tenistas individualistas, los chetos-mata-abuelos y los que emplean gente que exporta el virus al conurbano.

Deben creer que tocan alguna fibra íntima de sus votantes los gobernadores que acompañan la campaña: el pampeano Sergio Ziliotto dijo que “a la Argentina que trabaja le sobran porteños” y el puntano Rodríguez Saá, que “los porteños son terribles, insoportables y todas la saben lunga”, remató más tanguero que folk.

Del dilema profundo de un país cuyo federalismo es apenas simbólico, que nunca saldó la herida de su Aduana colonial y creció asimétricamente a través de todos los gobiernos, no se hacen cargo los frívolos duelos territoriales de la dirigencia. Demasiado pedirle a un entretenimiento tribunero.

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Alejandra Daiha

Alejandra Daiha

Jefa de Redacción y columnista de Radio Perfil.

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