domingo, diciembre 8, 2019

OPINIóN | 30-11-2019 10:14

La grieta entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner

Él elige a los ministros (no a todos) y ella manda en el Congreso y la Justicia. Doble comando.

Mauricio Macri ya se ve como el jefe máximo de la oposición al gobierno de Alberto Fernández que pronto iniciará su tarea, pero lo más probable es que el puesto al que aspira sea ocupado por Cristina. Por mucho que lo nieguen el presidente electo y la vicepresidenta ídem, son tan grandes las diferencias que los separan que sería un auténtico milagro que el matrimonio de conveniencia que han celebrado durara más que un par de semanas. Como maniobra táctica fue genial al permitirles desalojar del poder a la gente de Cambiemos, pero como base de un gobierno más o menos estable, difícilmente podría ser más precario.

Desde hace meses, el presidente electo y la señora que en teoría será la encargada de tocar la campanilla del Senado y poco más están procurando ubicar a quienes suponen leales en lugares estratégicos. No se trata de un partido de ajedrez sino de go, un juego de origen chino que es mucho más complejo, en el que la prioridad consiste en conquistar territorio rodeando las piezas del rival.

Por ahora, parecería que Cristina está ganando. Con habilidad y cierta dosis de prepotencia, se las ha arreglado para mantener alejados de los puestos clave a aquellos gobernadores provinciales que a su modo responden a Alberto, está por fortalecerse mucho en el área de la Justicia y en el manejo de fondos que podrían repartirse a discreción. También ha aprovechado su poder de veto para dar bolilla negra a varios candidatos a encabezar el Ministerio de Economía o Hacienda. Presionado por ella, Alberto tuvo que tachar los nombres de Guillermo Nielsen y Martín Redrado de su lista.

Alberto está replegándose con una mezcla de estoicismo y malhumor. Sabe que al hacer concesiones a Cristina se priva de trozos de la autoridad que tanto necesitará y que brinda municiones a quienes lo toman por un títere, pero sería de suponer que confía en que, una vez sentado en el sillón presidencial, contará con el poder necesario para montar una contraofensiva que le sirva para obligar a los camporistas y sus amigos a por lo menos adoptar una actitud pasiva frente a sus intentos de enderezar una economía tambaleante. Mientras tanto, trata infructuosamente de convencer a los escépticos de que es inútil buscar diferencias entre sus propias ideas acerca de lo que hay que hacer y las de quien lo llevó a donde está.

Casi grita ¡soy Cristina!, pero muy pocos creen que, merced a la célebre reconciliación de 2017, se haya mutado en un servidor fiel de una lideresa política que hasta entonces había criticado con ferocidad descomunal, calificándola de psicótica, tozuda, caprichosa, terca, perseguidora de quienes piensan distinto (como él) y muchos epítetos denigratorios más. No extraña, pues, que haya quienes sospechan que su conversión a la causa de Cristina no fue más sincera que la de quien sería el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Enrique IV, en Canossa en 1077, un episodio del cual el alemán salió mejor parado que el papa Gregorio que lo había humillado ante los ojos asombrados de los potentados de aquella época. Algunos años después, cuando Gregorio moría en el exilio, entró triunfalmente en Roma donde fue debidamente coronado.

Sería lógico o, si se prefiere, humano que Alberto esperara emular a los que para alcanzar sus fines se han permitido humillar por personas coyunturalmente más poderosas. Que este sea el caso garantiza que hasta nuevo aviso el melodrama político nacional se verá dominado por las vicisitudes de la relación entre Cristina y Alberto. Son individuos muy distintos. También lo son los idearios que representan.

Los adherentes incondicionales de la ex presidenta a menudo dan la impresión de estar más interesados en una cruzada contra todo cuanto a su juicio sabe al orden “oligárquico” establecido que en gobernar el país con un mínimo de eficacia. Por su parte, Alberto siempre ha sido un pragmático movedizo que, a juzgar por lo que decía antes de reencontrarse con Cristina, preferiría que la Argentina se transformara en un “país normal”, uno más parecido a Dinamarca, digamos, que a Cuba o Venezuela. Será por tal motivo que a pesar de todo insiste en que las estadísticas producidas por el Indec tendrán que ser verosímiles. No es su intención reconstruir la realidad, que por desgracia no es algo inventado por una manada de gorilas maliciosos, para poner una versión mejorada al servicio del “relato” pintoresco confeccionado por Cristina y su corte de intelectuales afines. 

Definir es dividir. A pocos días del traspaso del poder, están por terminar los tiempos felices en que Alberto podía limitarse a pronunciar generalidades banales, a decir una cosa a empresarios o funcionarios internacionales y otra bastante diferente de la militancia, o sea, a quienes en su encarnación anterior llamaba “militontos de Cristina” que “se creen revolucionarios y son tristes repetidores de mentiras”.

Mal que le pese, tendrá que informar al mundo con mayor precisión lo que se propone hacer para impedir que la economía se desintegre por completo en la primera fase de su gestión. Algunos atribuyen la demora a nombrar a los responsables de pilotearla a su voluntad de asegurar que todos culpen a Macri por las tormentas que le aguardan, pero puede que sea porque no tiene ninguna idea de lo que más convendría hacer. El que antes de verse obligado a comprometerse con un curso determinado se haya reunido con ortodoxos y heterodoxos, monetaristas y adictos a la maquinita, es encomiable en principio, pero el suspenso así creado en torno a sus planes no lo ayudará cuando llegue la hora de comenzar a trabajar en serio.

¿Existe una estrategia que sea a la vez políticamente viable y económicamente factible? Desde la primera mitad del siglo pasado, todos los gobiernos, incluyendo el de Macri, se han imaginado capaces de idear una para entonces aplicarla. Todos han fracasado, algunos de manera apocalíptica. Si bien Alberto espera ser la excepción a esta regla deprimente, no hay ninguna garantía de que sus esfuerzos por alcanzar lo que sería el enésimo ejemplo del “gran acuerdo nacional” sean suficientes como para conservar la paz social en el caso de que opte por privilegiar lo económico, pero a menos que lo haga, correrá el riesgo de enfrentar un estallido cuando la luna de miel ya pertenezca a la historia. 

Gobernar la Argentina en las circunstancias actuales es tan difícil que hay que ser muy valiente, o muy iluso, para creerse en condiciones de hacerlo con éxito. ¿Habrá sido por tal razón, además de comprender que, para derrotar a las huestes enemigas, tendría que suplementar sus propios votos con los que aportaría un presunto moderado, que Cristina decidió conformarse por un rato con la vicepresidencia? Es por lo menos concebible que, lo mismo que cuatro años antes cuando el candidato del espacio que regenteaba era Daniel Scioli, previera que los primeros meses de la gestión de su reemplazante serían tan tumultuosos que el grueso de la población reclamaría que regresara. Con Macri en la Casa Rosada, las fantasías en tal sentido se hicieron más explícitas, pero de haber triunfado el motonauta, desde el punto de vista de los soldados de Cristina la situación no hubiera sido tan diferente.

La política no es una ciencia exacta. Los protagonistas son tan proclives como los demás mortales a dejarse influir por el amor o el odio que sienten hacia personas que no les gustan o hacia clases sociales enteras. Tales factores suelen influir tanto en su conducta como su formación ideológica o el hipotético deseo de ponerse al servicio del pueblo al que tantos aluden para justificar sus ambiciones.

Así las cosas, el panorama frente a la Argentina se aclararía mucho si fuera posible saber más de lo que está sucediendo en la cabeza de Cristina. ¿Realmente ha perdonado a Alberto por todos aquellos insultos que le dedicó cuando el consenso era que su momento de esplendor había pasado irremediablemente, o es que aún le guarda rencor y está aguardando con paciencia una oportunidad para desquitarse? ¿Le gustaría castigarlo por su insolencia? No es ningún secreto que Cristina nunca se haya destacado por su voluntad de pasar por alto lo hecho por quienes la han desairado. Aunque es posible que la señora sinceramente crea que en adelante Alberto le será fiel y que por lo tanto estará dispuesta a apoyarlo en los momentos ingratos que no tardarán en venir, es comprensible que muchos tengan sus dudas.

En cuanto a Alberto, a menos que haya experimentado una conversión casi religiosa en los años últimos, el “proyecto” con el que se siente identificado es incompatible con el de Cristina y los militantes de La Cámpora. Por mucho que se esfuerce, no le será dado elaborar una síntesis que aprueben tanto los peronistas “federales” que conforman su propia base, personas relativamente sobrias que a lo sumo quisieran modificar levemente el orden establecido para que funcionara mejor, como los que sueñan con cambios muchísimo más drásticos. Con todo, aun cuando lo lograra, sería muy poco probable que el resultado sirviera para atenuar los problemas socioeconómicos del país. A esta altura, debería ser evidente que hacerlo requeriría cambios que los moderados no se animan a considerar y que quienes no lo son, alentados por los disturbios que han proliferado últimamente en otras partes de América latina, estarían resueltos a frustrar por los medios que fueran.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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