Jueves 29 de septiembre, 2022

OPINIóN | 27-01-2022 15:10

Las adicciones virtuales

La tecnología domina nuestros consumos, cuerpos e ideologías. Un análisis de la situación actual a partir de Freud y los principales filósofos del último siglo.

A la mañana nos levantamos y chequeamos de inmediato los mensajes del celular, seguramente alguna otra información no buscada se filtra y hace que nos detengamos incluso en algo poco interesante y que, sin embargo, nos captura. Luego la computadora, y así en más pasamos la mayoría del tiempo frente a la pantalla. Como si lo virtual ejerciese una suerte de atracción que va más allá de lo necesario, un imán poderoso que nos priva de la lectura, del encuentro con amigos, de todo aquello que podría sustraernos de su influencia. En decir, nos hemos transformados en adictos de lo virtual.

Tradicionalmente se consideró que el sujeto dirige su intencionalidad al campo de los objetos, en una suerte de direccionalidad que va desde el interior al exterior. El mundo permanece en su lugar como un afuera y es la conciencia la que se orienta a lo que habita en el mundo, así Jean Paul Sartre recuerda las palabras de Edmund Husserl: “la conciencia es conciencia de algo”. Jacques Lacan combate la concepción de que el sujeto tiene por delante un objeto al que apunta, ya que tal idea oculta que es el objeto mismo el que puede causar tal orientación allí donde el sujeto se cree dueño de la percepción. Así, las imágenes televisivas, el celular, la computadora captan nuestra mirada y si en algunos casos producen adicción, es porque allí el sujeto queda tomado al modo de lo que Baudelaire decía de su dependencia: “soy fumado por la pipa”. Se refería a la adicción al opio, poniendo el acento no tanto en su voluntad de ir hacia el opio sino en la manera en la que el opio lo tomaba a él.

Redes sociales

Anticipando el dominio que podía tener la técnica en nuestros días, Martin Heidegger escribió un trabajo llamado “Serenidad” (“Gelassenheit”) refiriéndose a un temple necesario para poder decir sí y no. Veía que se avecinaba una época caracterizada por la “huida del pensar” y sin rechazarla proponía un estar, pero también un retiro necesario. ¿Sería hoy posible ese movimiento que supone un margen de libertad frente a la técnica? ¿Acaso advertimos el influjo que tiene en nuestros cuerpos? Un psicoanalista llamado Víctor Tausk, discípulo de Freud, habló de la importancia de la “máquina de influencia” en las psicosis. Es que en estos cuadros los aparatos tecnológicos pueden ser vividos como capaces de alterar el cuerpo de los sujetos. Así, una paciente paranoica sentía que el televisor emitía imágenes y voces sarcásticas dirigidas a ella. Otro paciente decía que de la radio emanaban mensajes destinados a su persona e internet irradiaba luces que lo penetraban. Se dirá que se trata de una locura y esto es cierto, pero cabe encontrar que esa locura habla de la influencia, que sin llegar a este plano delirante, tiene el mundo virtual sobre nosotros y que es desapercibida. Freud utiliza la metáfora del cristal para explicar la diferencia entre neurosis y psicosis ya que cuando el cristal se rompe –la psicosis- lo hace siguiendo sus articulaciones normales. Su idea es que desde las desfiguraciones y exageraciones de lo patológico, se puede colegir la simplicidad aparente de lo normal. Tausk observa que, en la psicosis, los aparatos que ejercen influencia están íntimamente relacionados con el cuerpo del paciente, y que la dimensión exterior-interior se esfuma.

Heidegger

Sin ir a esos extremos patológicos, cabe reflexionar en la manera en la que nombramos los cuerpos: cuando se quiere dar cuenta de un gran estado de excitabilidad se dice que alguien está “eléctrico” aludiendo así a un cuerpo que ya no semeja lo humano, también cuando se alude a un máximo rendimiento se dice de alguien que es “una máquina” , un “avión” o “ un motor”. Ponerse en carrera es tener “pilas” y ponérselas, la demanda dirigida a aquel que “se cuelga”, como se dice de la computadora. “Bajar un cambio” es un dicho corriente de alguien que está muy acelerado como un motor, “desacelera” va en la misma dirección. “Repone el motor” es una frase empleada como consejo de descanso y “es hora de que arranques” cuando se descansa demasiado. Los alimentos de consumo y los medicamentos vitamínicos no acentúan tanto el bienestar sino la potencia en términos de energía. Detengamos en los mensajes publicitarios, en las ofertas de consumo, en el marketing de nuestros días, para observar de qué manera todo está orientado, no tanto a vivir mejor sino a hacerlo más intensamente. Paul Virilio nos muestra que ello equivale a tratar lo viviente como motor, máquina de acelerar constantemente. El poder tecnológico afecta la manera de vivir el cuerpo y la psicosis, bajo la forma delirante, así como los prejuicios precientíficos hablan de esa afectación. Ciertos aborígenes también captan -aún de manera supersticiosa- el poder tecnológico cuando se niegan a ser fotografiados ya que la cámara no solo toma la imagen, sino que arrebata el alma.

En definitiva, los aparatos tienen incidencia en nosotros sin que podamos advertirlo como sí lo perciben, aunque de manera delirante, los psicóticos y los sujetos de otras culturas particularmente en el siglo XXI. Actualmente sigue vigente la idea que concibe la cámara como aparato diabólico, en algunas zonas indígenas como la de Altos de Chiapas, México. Pero sin ir a otras culturas ni cuadros psicopatológicos una anécdota será más que ilustrativa de la influencia tecnológica en nuestras vidas: Alphonse Allais, escritor y humorista francés, cuenta que un amigo lo invita a su casa para que descubra su nueva adquisición: el teléfono. El amigo le explica lo que es un teléfono, el maravilloso instrumento que es: “Basta que suene el timbre, puedo inmediatamente responderle”. A lo cual Allais replica: “¡Qué horror, respondes como un criado!”. ¡En su humor destacaba la pérdida de libertad que conllevaba ese invento tan maravilloso! Paradójicamente, los sujetos contemporáneos consideran que son absolutamente libres, empresarios de sí mismos, exentos de condicionamientos

Agamben se refiere a una paulatina destrucción de la experiencia con el desarrollo tecnológico. Una visita a un museo o a un lugar de peregrinaje turístico es instructiva. La aplastante mayoría de la humanidad hoy se niega a hacer la experiencia de ello: prefiere que la experiencia la haga la máquina fotográfica. Pero la novedad es que actualmente los instrumentos no son tan externos al sujeto como otrora, sino cada vez más incorporados a su cuerpo que pasa a tener sus características.

El amor amenazado

Una mujer conoce a un hombre con quien comienza a salir, la relación prospera al punto de imaginar una vida en común. Un día se produce un malentendido y surge una discusión ocasionada por diferentes puntos de vista respecto a ese proyecto, nada insalvable, solo una divergencia. Se despiden y él llega a su casa. Con avidez inspecciona una por una las fotos de Facebook y sin que exista ninguna evidencia, comienza a sospechar de una relación de ella con un ex novio. En su desvelo se dirige a WhatsApp para detectar con angustia que la mujer lo usó pasada la trasnoche. Ya casi tiene la certeza de un engaño, ahora basta tomar su celular para, al revisar las llamadas y los contactos, encontrar la pista que falta. Aquella “revelación digital” instaurará el eje de la desconfianza en el vínculo, ya no se profundizará sobre la diferencia puesta en juego en ese diálogo y en esas palabras: el celular, el ordenador tomarán su relevo. Este ejemplo se extiende -aún con sus variantes- en muchos casos en los que en lugar del “malentendido” entre los sexos se impone el “sobrentendido” digital. ¡Y cuántas rupturas se producen!

Byung-Chul Han

Los rasgos paranoicos de determinados sujetos se acentúan en el “panóptico digital” sin que necesariamente sea la paranoia su estructura. Byung-Chul Han dice que la transparencia es un estado en el que se intenta eliminar todo no saber y donde ella domina es que ha desaparecido la confianza. Así, en lugar de “la transparencia produce confianza” debería decirse: “la transparencia deshace la confianza”. En efecto, la exigencia de translucidez se hace oír precisamente cuando se esfuma la creencia y cuando la diferencia entre los sujetos es vivida como oposición. La sociedad de la transparencia es la sociedad de la desconfianza y de la sospecha que, a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control. Byung-Chul Han deduce que tal imperativo de visibilidad indica que el fundamento moral de la comunidad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez más su significación. En lugar de la resquebradiza instancia moral, se introduce la transparencia como un nuevo mandato social. No obstante, la transparencia no es propia del ser humano, solo la máquina es transparente. Tenemos siempre puntos de opacidad pues el inconsciente sigue siendo un misterio para nosotros mismos. Vale aquí recordar el interés de Lacan por Oriente, donde la estética consiste en el enigma de los claroscuros producido por el juego sutil de las modulaciones de la sombra, a diferencia de Occidente donde el aliado de la belleza ha sido siempre la luz.

Junichiro Tanizaki desarrolla la idea medular del pensamiento oriental diciendo que allí la belleza se capta en la llama vacilante de una lámpara y no en su brillo, porque lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de contrastes. Así como en la oscuridad, una piedra fosforescente pierde toda su fascinante sensación de joya preciosa, ocurriría lo mismo si fuera expuesta a plena luz, entonces la belleza no tiene existencia si se suprimen los efectos de la sombra.

Evoquemos las palabras finales del “Prólogo” que Friedrich Nietzsche para la segunda edición de “La gaya ciencia”: “Ya no creemos que la verdad siga siendo verdad cuando se le descorren los velos; hemos vivido suficiente como para creer en esto. Hoy consideramos como un asunto de decencia el no querer verlo todo desnudo, no querer estar presente en todas partes, no querer entenderlo ni ‘saberlo’ todo…. Se debería respetar más el 'pudor' con que la naturaleza se ha ocultado detrás de enigmas e inseguridades multicolores. ¿Es tal vez la verdad una mujer que tiene razones para no dejar ver sus razones?”.

¿Patriarcado o virus digital?

Sabemos que nuestra libertad está restringida desde que nacemos, no elegimos a nuestros padres ni nuestro código genético, ni el día de nuestra muerte, ni las múltiples contingencias de nuestro destino. Sin embargo, hoy más que nunca se reivindica una libertad sin ambages, fuera de cualquier tipo de condicionamiento, exenta de influencias, ignorante de sus límites, excluida de sus marcas. Pero además se circunscribe la elección al plano consciente, negando como ella puede estar determinada e incluso comandada por razones desconocidas.

Muchos estudios dedicados al género dan lugar a ideas tales como la de una elección exenta de todo tipo de determinación, contrapuesta a un esencialismo como destino inevitable. Pero tanto en un caso como en otro como otro se rechazan otras constelaciones. Así, el “yo elijo” o “yo soy así desde que nací” niegan la urdimbre del inconsciente, así como la complejidad de la vida, la contingencia de los encuentros; en fin, la historia y sus avatares.

Innovación digital

Pero ese tipo de libertad no se circunscribe a las temáticas de género -que según veremos, tampoco todas ellas caen en esa reducción- sino que parece ser la marca de esta época: la de un individualismo donde se rechaza la incidencia de una dimensión que lo trascienda. El derecho se yergue como el valor yoico supremo en desmedro de la obligación y no es casual ya que el derecho es individualista mientras que la obligación incluye al otro y supera el “sí mismo”. Apología del yo y uso indiscriminado de derechos parecen ser signos distintivos de la época, en definitiva, la antítesis del sujeto del inconsciente.

Si el llamado a la libertad ha tenido históricamente un sentido vinculado con las reivindicaciones sociales que sobrepasan a los sujetos, hoy muchas parecen ceñirse al individuo y a sus goces.

El término “deconstrucción” se ha levantado como bandera de movimientos que quieren disolver los conceptos adosados a las biparticiones hombre-mujer. Consignas tales como “deconstruir al varón”, “deconstruir al patriarcado”,” deconstruir el género”; son de uso corriente. Sin embargo, su empleo es mucho más abarcativo y alcanza lo relativo a la moral, a las costumbres, a los ideales, al lenguaje y hasta al género humano, como si se tratase de un ideal ilimitado.

Jacques Derrida elaboró el concepto “deconstrucción” apoyándose en Heidegger y en su exégesis del ser, para utilizar un método en el que se fragmentan textos y se encuentran márgenes antes desechadas por los discursos hegemónicos. Claro que para estos filósofos no se trata tanto de “trans” como más allá, sino de “tras” como “ver a través de”, hallar en suma lo encubierto que no solo se olvida, sino que se ha olvidado que se olvida. Fue el mismo Derrida quien advirtió sobre el peligro del uso abusivo que estaba teniendo la palabra, uso que la hacía equivalente a “destrucción” y que se alejaba del sentido que él le había otorgado.

La deconstrucción derridiana parte de un análisis detallado de los bordes discursivos para captar detalles invisibilizados hasta ese momento y, en definitiva, conmover la estructura predefinida y el significado absoluto que hegemoniza el logos Si bien muchos detractores y críticos de la corriente han afirmado que una de las consecuencias de una liberalización de las estructuras del contenido en su fondo y forma, generaría un relativismo del “todo vale”; el método tiene un carácter analítico que se enmarca en una aguda indagación del texto. Y no habrá que olvidar que este autor necesitó ubicar el límite de la deconstrucción en lo indeconstruible, por ejemplo, la justicia. La desconstrucción derridiana es un ejercicio de detectar lo "otro" en los discursos aparentemente homogéneos que se convierte en un verdadero procedimiento de las investigaciones literarias, antropológicas y estéticas. Transvaloración y deconstrucción tienen puntos de contacto lo que ha llevado a Richard McKay Rorty a considerar que fue Derrida quien logró realizar el sueño nietzscheano del filósofo-artista.

Por otra parte, ha sido el psicoanálisis el gran deconstructor de las ilusiones del yo y es por eso que Sigmund Freud afirma que ninguna afrenta ha sido más sentida para el narcisismo que aquella que le indica que no es amo en su propia casa. Sin embargo, se reivindica como bien supremo una libertad “yoica” sustraída de cualquier determinación que, por otra parte, es puesta en jaque por el control de los cuerpos, sabiamente anticipado por Michel Foucault al referirse a la biopolítica.

Gracias a la tecnología nuestros datos ya no son secretos y los microchips que últimamente se ha diseñado servirían para que, en el futuro, se pudiesen aún más detectar nuestros movimientos, como ya lo hacen los dispositivos de rastreo. Pero los mecanismos de coacción, no son vividos como tales por la misma ilusión de libertad, ausente en la época de Freud. Vivimos el traspaso de una sociedad disciplinaria en la que nació el psicoanálisis a una de control.

La deconstrucción ha tenido un perfil eminentemente político como rebelión frente a instancias que centralizando el poder excluyen la contradicción. ¿Se derrumba por ello el discurso hegemónico o adquiere nuevas formas menos visibles, pero no por ello menos determinantes? ¿Es que en nuestra actualidad tiene tanta vigencia el patriarcado o la tecnología en su relación con la biopolítica como gobierno de la vida? ¿Es acaso deconstruible la adhesión a los aparatos tecnológicos que cobran tanta supremacía en nuestra existencia? ¿Y la dominación que ejercen sobre los gustos, los consumos, los cuerpos, la manera de pensar, las ideologías, etc.?

Las guerras ya no serán tanto nucleares como digitales, tal como Assange lo ha puesto en evidencia, ya que el capitalismo ha sufrido un gran cambio. No se trata de la explotación del cuerpo por el trabajo generador de plusvalía, sino de la explotación de la mente. Las mega compañías privatizan lo que Marx denomina “bien común”, es así que la pandemia que hoy nos toca vivir no es solo viral sino digital. Así, por ejemplo, se reciben gran cantidad de consultas por la gran preocupación de los padres ante hijos que no dejan ni un minuto los celulares. Tal adhesión va desde un comportamiento adictivo vinculado con jueguitos y contacto con amigos, hasta intercambios con desconocidos con el riesgo consiguiente. Púberes cuya curiosidad y aislamiento -recrudecido por la pandemia y el confinamiento- los hizo entrar en páginas pornográficas comandadas por pedófilos, hábiles en captar la indefinición de esos años juveniles. Los padres angustiados por no poder operar, impotentes al fin ante esa invasión infernal. Es que las marcas históricas atribuidas antaño a la neurosis infantil y a los significantes del Otro parental son relevadas por los influjos digitales ¿Hijos del patriarcado o del virus digital? ¿Libertad?

 

-Silvia Ons es psicoanalista, miembro de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis). Autora de “Placer y bien. Platón, Aristóteles y Freud” (Biblos), “Amor, locura y violencia en el siglo XXI” (Paidós), El cuerpo pornográfico (Paidós) y “El movimiento trans entre el machismo y el feminismo” (Grama); entre otros.


 

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Silvia Ons

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Psicoanalista.

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