Jueves 25 de febrero, 2021

OPINIóN | 29-04-2020 16:02

Los daños colaterales de la pandemia

Los líderes de los diversos países están preguntándose cuánto tendrían que sacrificar para frenar al Covid-19. ¿Si para aplacarlo hay que entregarle la economía y los derechos civiles, dejaría de amenazarnos?

Desde que Covid-19 salió de la ciudad china de Wuhan para emprender la colonización del resto del planeta, los líderes de los diversos países están preguntándose cuánto tendrían que sacrificar para frenar su marcha triunfal. ¿Si para aplacarlo hay que entregarle la economía y los derechos civiles, dejaría de amenazarnos? Por un rato, parecería que casi todos, con el apoyo mayoritario, sí creían que sería mejor que el género humano se resignara a un futuro acaso largo de pobreza generalizada, convulsiones sociales y autoritarismo extremo a cambio de algunos meses más de seguridad relativa, pero últimamente se han producido brotes de rebelión contra aquel consenso aparente.

En distintas partes de Estados Unidos s, la India, los suburbios “multiculturales” de París y otros lugares están proliferando las protestas públicas, algunas violentas, contra el acorralamiento forzoso, mientras que, de manera menos combativa, en casi todos los países, incluyendo la Argentina, hay cada vez más individuos sueltos que procuran burlarse de las nuevas normas.

Aunque tales manifestaciones de repudio siguen siendo minoritarias, sorprendería que las actitudes así reflejadas no terminaran imponiéndose. Al prolongarse los encierros, los costos económicos del experimento al que el mundo se ha sometido siguen aumentando a un ritmo alarmante. ¿Y los costos sociales y políticos? Puede que se justifique la falta de fe de los gobiernos en el buen sentido de los ciudadanos, pero cuando los tratan como infradotados incapaces de cuidarse por sí mismos, están socavando las bases de la convivencia democrática que en última instancia depende del respeto mutuo.

Es este el planteo del gobierno sueco que, para indignación de vecinos que, en algunos casos, han caído en la tentación de festejar el incremento de la cantidad de fallecidos registrados en el país disidente, insiste en limitarse a pedirle a la gente tomar en serio lo del “distanciamiento social”, de tal modo informándole que cada uno es responsable de su propio destino y de aquel de los demás. Confía en que, a la larga, la estrategia así supuesta resulta ser más eficaz que la adoptada por otros países que en el corto plazo podrían sufrir menos contagios y muertes pero que, a pesar de tales éxitos pasajeros, enfrentarán nuevas olas de la pandemia antes de que un porcentaje suficiente de la población haya adquirido la inmunidad soñada

Según algunos, el modelo sueco puede ser válido para países con un grado alto de cohesión social pero no funcionaría en otros que están acostumbrados a oscilar entre la anarquía y el autoritarismo en los que se supone que la alternativa a la mano dura policial sería el caos. A juicio de Alberto Fernández y de la mayoría que aprueba su manejo de la crisis, la Argentina se encuentra en dicha categoría, pero así y todo al gobierno le está resultando difícil disciplinar a la sociedad, de ahí el relajamiento gradual, en parte espontáneo, de una cuarentena que es bastante rigurosa en algunos distritos pero no en otros que, según los epistemólogos, son mucho más vulnerables debido al hacinamiento y el estado lamentable de la infraestructura básica.

El motivo es sencillo: los que dependen de la economía informal necesitan acerarse a otros para conseguir lo necesario para vivir. Temen más al hambre que al virus. De intentar el Gobierno a obligarlos a quedarse en casa, se rebelarían por razones muy similares a las reivindicadas por aquellos norteamericanos que ya se han visto privados de sus empleos y saben que podrían perder mucho más.

Tanto al gobierno nacional como al porteño les gustaría aplicar un encierro selectivo para impedir que el virus llegue al grupo que a su entender es el más vulnerable, el conformado por quienes tienen más de setenta años, pero pronto se dio cuenta de que no les convino ser tan explícitos. Si bien es verdad que los ancianos están entre las víctimas mortales predilectas de Covid-19, también lo son de un sinfín de otros males, entre ellos los agravados por el sedentarismo que el presidente y el alcalde quisieran alentar; de aplicarse, en términos de vidas “protegidas” la medida que han propuesto podría resultar contraproducente

Asimismo, conforme a las estadísticas disponibles, los obesos corren tantos riesgos como los ancianos. ¿Se les ocurriría prohibir salir de sus domicilios sin permiso a quienes llevan algunos kilos de más? Si Horacio Rodríguez Larreta y Alberto Fernández realmente estuvieran interesados en cuidar a “los abuelos” porteños, les aconsejarían caminar lo más que puedan por las calles y parques de la ciudad; para muchos, mantenerse enclaustrados entre cuatro paredes hasta nuevo aviso equivaldría a una sentencia de muerte.

Gracias al ejemplo brindado por la férrea dictadura china y la prédica de la Organización Mundial de Salud, buena parte del género humano ha pasado más de un mes en cuarentena. Hasta ahora, los resultados no han sido promisorios. A cambio de ralentizar la propagación de Covid-19, las economías más productivas están desmantelándose, centenares de millones de personas han perdido sus fuentes de ingresos, los costos psicológicos de los encierros están haciéndose preocupantes y en muchos lugares hasta hablar del valor de la libertad personal es considerado reprensible, para no decir subversivo.

¿Cuántas vidas han sido “salvadas” merced a las medidas tomadas? Aunque los hay que nos regalan con números astronómicos, nadie tiene la menor idea. ¿Cuántas serán sesgadas por los colapsos económicos y por enfermedades no relacionadas con el coronavirus que los hospitales, y los pacientes mismos, no quieren ver tratados porque dan prioridad a la pandemia? Nadie sabe tampoco, pero no extrañaría que se tratara de una cantidad muchas veces mayor; según la ONU, en los meses próximos, centenares de millones de personas más sufrirán hambrunas severas.

Así pues, es legítimo prever que la reacción de tantos gobiernos frente al peligro genuino planteado por Covid19 tenga consecuencias que sean decididamente peores que las provocadas por el virus mismo. No habrá exagerado NOTICIAS la semana pasada cuando, basándose en un informe elaborado por Ezequiel Huergo, advirtió que los daños colaterales podrían incluir la vida de 50.000 argentinos. En otras partes del mundo, donde los servicios médicos son más precarios que los nuestros, las cifras serían todavía más escalofriantes.

Aun cuando estén en lo cierto, quienes acusan a Donald Trump de estar más interesado en sus propias perspectivas electorales que en la salud de sus compatriotas, sus enemigos tendrían razones de sobra para compartir su deseo de que la economía gigantesca de su país emerja cuanto antes del coma en que ha caído; con cada día que pase sin despertarse, morirán prematuramente centenares, quizás miles, de norteamericanos por causas desvinculadas con el virus asesino, como en efecto sucedió en los años que siguieron a la debacle financiera de 2008.

Concentrarse exclusivamente en “la guerra” que la humanidad está librando contra Covid-19 simplifica muchas cosas, pero por antipático que a algunos les parezca, los dirigentes políticos tienen que prestar atención a una multitud de variantes, de las que las económicas son las más evidentes. Ya sabemos que errores a primera vista anecdóticos cometidos años atrás pueden ocasionar dificultades insuperables en el presente. Aquel default soberano de fines de 2001 que el Congreso celebró como una gran hazaña patriótica ha hecho mucho más problemática la eventual recuperación cuando la Argentina haya entrado en una fase menos agitada de la versión local de la batalla mundial contra la pandemia. El pánico es siempre un mal consejero; nunca hay que olvidar que decisiones apuradas, del tipo que todos los gobiernos propenden a tomar en circunstancias confusas, podrían incidir de manera muy negativa en el futuro del país.

Por casualidad o por karma, la renegociación de una parte de la deuda externa ha coincidido con el desplome de la economía mundial que está en vías de argentinizarse. No se sabe si el desconcierto universal ayudará a Martín Guzmán o si, por el contrario, hará inaceptable la oferta “agresiva” que ha hecho a los bonistas. El ministro y su jefe, Alberto, claramente creen que los favorecerá, ya que en una época como la actual los inversores deberían entender que les sería mejor conformarse con algunos mendrugos que abandonar la esperanza de cobrar un solo centavo.

Veremos. Hay optimistas que dicen que en adelante el mundo, aleccionado por el virus, se hará más solidario. Hablan de docenas de planes Marshall, de la condonación de deudas y muchas otras cosas buenas, lo cual suena espléndido pero que, por desgracia, parece harto improbable. A juzgar por la conducta de virtualmente todos los gobiernos a partir del inicio de la invasión viral, el mundo que nos aguarda será más egoísta, más nacionalista que el de ayer. Lejos de colaborar, los gobiernos de países que se imaginaban amigos, como Francia, Italia y Alemania, hicieron cuanto pudieron para acaparar los insumos médicos que necesitaban, prohibiendo su exportación a vecinos más afectados. Aunque luego de algunas semanas asumirían posturas menos beligerantes, ya habían hecho lo bastante como para poner en peligro la mismísima Unión Europea, lo que no hace pensar que, una vez atenuado el miedo, los países avanzados se movilizarán para socorrer a los pobres.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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