Viernes 27 de mayo, 2022

OPINIóN | 30-09-2020 15:38

Meritocracia y carencias

Una mirada distinta sobre el debate del momento: cómo la pobreza infantil afecta el desarrollo de las personas. Las soluciones.

Ciertas discusiones clarifican, otras oscurecen. La oportunidad, el contexto político, la complejidad del fenómeno, entre otros factores, influyen en cómo se posiciona un tema en el debate argumentativo. También existe una trampa desde el punto de vista psicológico que puede empantanar las discusiones públicas: es el llamado razonamiento políticamente motivado. Este mecanismo nos dice que cuando un tema se vuelve eje de una disputa política, ideológica o religiosa, y las posiciones sobre el tema se convierten en insignias que identifican a los bandos opuestos, luego el tratamiento de la información y el debate se procesan de un modo particular; cada grupo atiende a los argumentos que justifican su posición y descarta la información que la contradice. El resultado es la polarización de puntos de vista. En la Argentina, los debates sobre la cuarentena adoptaron este formato, defensores de la cuarentena versus anticuarentena, generalmente identificados con una posición política opuesta. El

reciente debate sobre la meritocracia atestigua el mismo sesgo. La polarización entre quienes ven en la meritocracia un espejismo que esconde las inequidades sociales y quienes ven en el ataque a la meritocracia un atentado a la idea de progreso social y un desaliento a la idea de esfuerzo individual, a favor del asistencialismo político estatal. ¿Qué podemos hacer frente a este dilema? Lo primero que debemos hacer es preguntarnos si la discusión es útil en este contexto, más allá de sus derivaciones filosóficas y morales, con las cuales podemos identificarnos más o menos, según el caso. Y junto con ello, preguntarnos también si existe una forma de plantear el mismo problema de manera diferente.

En este sentido, desde el punto de vista científico, existen pocas dudas de que los resultados en la vida de una persona en términos de nivel educativo alcanzado, empleabilidad, ingresos económicos y calidad de vida están fuertemente condicionados por el punto de partida socioeconómico.

Los problemas nutricionales en la infancia, junto con otros factores de riesgo que se presentan en conjunto en condiciones de pobreza, como la falta de cuidados básicos de la salud, el estrés crónico y niveles insuficientes de estimulación en el hogar, afectan el desarrollo físico, cognitivo y socio-emocional del niño, obstaculizando el despliegue de su potencial. Según las últimas estimaciones en el mundo, el número de niños menores de 5 años en riesgo de no alcanzar su potencial de desarrollo debido al retraso del crecimiento y la pobreza extrema en países de menores ingresos alcanzó los 249,4 millones (43% de los niños). En la Argentina, para tomar un solo indicador, un 30% de niños sufrían inseguridad alimentaria antes de la pandemia, según datos del Observatorio Social de la Deuda Social de la UCA. Estos datos pueden ser peores actualmente.

Los primeros años de vida constituyen un período crítico para construir una base sólida para el desarrollo futuro. En condiciones de pobreza, la construcción de esa base se ve seriamente amenazada. Desde el punto de vista cognitivo, el contexto socioeconómico desventajoso se ha asociado con un peor rendimiento en diferentes tipos de habilidades lingüísticas, funciones ejecutivas y memoria de trabajo. También se ha demostrado que el nivel socioeconómico es un factor importante para predecir quién, entre aquellos con habilidades de pre-alfabetización más pobres, tendrá dificultades ulteriores de lectura. Por otro lado, las diferencias de nivel socioeconómico impactan en el funcionamiento socioemocional. La pobreza se ha relacionado con una disminución en el bienestar psicológico de los niños y sus efectos pueden rastrearse hacia la adolescencia en forma de síntomas emocionales y dificultades en la autorregulación. Por supuesto, existen excepciones individuales, pero no se deben confundir con la norma.

Desde estos datos, la discusión sobre los méritos no puede obviar el punto de partida. Y desde este ángulo, pocas dudas pueden haber de que, no sólo el desarrollo individual, sino el desarrollo futuro de la sociedad en conjunto depende de subsanar el problema de la pobreza estructural. Lo que significa planes alimentarios, pero también educación alimentaria, programas tempranos de estimulación cognitiva y socioafectiva y mejor acceso a la educación.

La discusión sobre la meritocracia puede hacernos perder en los ribetes del debate argumentativo los aspectos centrales de la realidad. Cuando un debate oscurece, mejor cambiar de perspectiva y llamar a las cosas por su nombre.

 

* Director del Instituto de Neurociencias y Políticas Públicas de Fundación INECO.

por Fernando Torrente*

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